La Trampa de Querer Más

A medida que pasan los años, uno comienza a descubrir que la vida tiene formas muy extrañas de enseñarnos sus lecciones.

 

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Cuando somos jóvenes, solemos creer que la felicidad está en aquello que aún no tenemos. Pensamos que llegará cuando encontremos a la persona correcta, cuando tengamos una familia, cuando consigamos el trabajo soñado, cuando ganemos más dinero o cuando alcancemos ciertas metas que nos hemos impuesto. Vivimos mirando hacia adelante, convencidos de que la plenitud se encuentra unos pasos más allá del lugar donde estamos. Sin embargo, con el tiempo, la experiencia nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: ¿y si muchas de las cosas que hoy anhelamos ya las tuvimos alguna vez y simplemente no supimos reconocerlas?

Es una idea difícil de aceptar porque nos enfrenta a nuestra propia naturaleza. Nos cuesta admitir que aquello que hoy nos provoca nostalgia pudo haber estado alguna vez entre nuestras manos. Tal vez no era perfecto. Tal vez tenía defectos, problemas o limitaciones. Pero estaba ahí. Quizás tuvimos una familia unida y no valoramos suficientemente los momentos compartidos. Quizás tuvimos una relación sincera y dejamos que el orgullo, la rutina o las distracciones ocuparan el lugar que debía tener el amor. Quizás gozamos de tranquilidad en épocas donde creíamos que nuestra vida era aburrida. Quizás tuvimos salud y jamás pensamos que algún día la extrañaríamos. La realidad es que muchas veces Dios nos concede bendiciones tan cotidianas que terminamos acostumbrándonos a ellas, y cuando algo se vuelve cotidiano dejamos de verlo como un regalo.

El problema no es querer crecer. El problema nunca ha sido aspirar a más. El ser humano necesita sueños porque son los que lo impulsan a avanzar. Lo peligroso aparece cuando la ambición nos vuelve incapaces de apreciar aquello que ya hemos alcanzado. Porque existe una diferencia enorme entre construir sobre lo que tenemos y despreciarlo por considerar que no es suficiente. Muchas personas pasan la vida persiguiendo una versión idealizada de la felicidad sin darse cuenta de que, en esa búsqueda interminable, van dejando atrás pequeñas cosas que en realidad eran gigantescas. Lo paradójico es que casi siempre comprendemos su verdadero valor cuando ya no están. Cuando el silencio reemplaza una voz que nos acompañaba. Cuando una silla queda vacía en la mesa familiar. Cuando una llamada deja de llegar. Cuando una persona que estuvo años a nuestro lado se convierte únicamente en un recuerdo.

Quizás por eso la vida se parece tanto al trabajo de un agricultor. Las cosas verdaderamente importantes nunca llegan terminadas. Llegan en forma de semillas. Una amistad es una semilla. Una relación es una semilla. Un matrimonio es una semilla. Un emprendimiento es una semilla. Incluso nuestros propios sueños comienzan siendo semillas. Y las semillas tienen algo particular: son pequeñas, discretas y aparentemente insignificantes. Nadie se detiene a admirar una semilla porque todavía no muestra toda la grandeza que lleva dentro. Sin embargo, quien comprende el lenguaje de la naturaleza sabe que el potencial de una semilla es inmenso. Dentro de ella puede existir un árbol capaz de dar sombra durante generaciones. Dentro de ella puede existir un bosque entero.

Lo triste es que vivimos en una época que nos ha enseñado a valorar más los frutos que los procesos. Queremos resultados rápidos, emociones inmediatas y recompensas instantáneas. Nos hemos acostumbrado tanto a la velocidad que hemos olvidado la belleza de la paciencia. Queremos cosechar antes de sembrar, recoger antes de cuidar y disfrutar antes de construir. Por eso tantas veces abandonamos proyectos, relaciones y sueños cuando todavía se encuentran en su etapa más frágil. Olvidamos que las raíces crecen bajo tierra y que durante mucho tiempo parecen invisibles. Creemos que no está ocurriendo nada, cuando en realidad se está formando aquello que sostendrá todo lo que vendrá después.

Con los años he llegado a pensar que una de las mayores tragedias del ser humano no es perder lo que ama, sino no darse cuenta de que lo ama hasta que lo pierde. Hay personas que pasan décadas buscando exactamente aquello que alguna vez tuvieron y dejaron escapar. No porque fueran malas personas, sino porque estaban demasiado ocupadas mirando lo que les faltaba para apreciar lo que ya poseían. Y cuando finalmente lo entienden, descubren que el tiempo tiene una característica que nadie puede cambiar: siempre avanza hacia adelante. No existen caminos para regresar a determinados momentos. No hay manera de volver a ciertas conversaciones, a determinados abrazos o a algunas oportunidades que la vida nos ofreció una sola vez.

Por eso creo que la gratitud es una de las formas más profundas de inteligencia. No porque nos obligue a conformarnos, sino porque nos enseña a reconocer el valor de aquello que forma parte de nuestra vida mientras todavía podemos disfrutarlo. La gratitud nos recuerda que no todo lo importante es extraordinario, que muchas veces la felicidad habita en los detalles más simples y que las mayores riquezas rara vez se encuentran en una cuenta bancaria. A veces están sentadas junto a nosotros durante una cena cualquiera. A veces nos llaman para preguntarnos cómo estamos. A veces nos esperan en casa después de una jornada difícil. A veces simplemente caminan a nuestro lado sin hacer ruido.

Tal vez la verdadera sabiduría consista en aprender a cuidar mejor las semillas que Dios ha puesto en nuestras manos. Porque las semillas bien tratadas, protegidas de las tormentas y regadas con amor tienen la capacidad de transformarse en algo mucho más grande de lo que imaginamos. Y cuando finalmente dan fruto, comprendemos que la felicidad nunca estuvo tan lejos como creíamos. En realidad, estuvo siempre cerca, esperando que aprendiéramos a valorarla antes de que fuera demasiado tarde.

UNETE



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