IUSTITIA
IUSTITIA
. Y así es que las leyes en los pobres y flacos se ejecutan y por los grandes y poderosos comúnmente son quebrantadas1.
Erasmo de Rotterdam, Apotegmas de sabiduría antigua. Tras la semana que llevábamos, después de otro esperpento más, jurídico, mediático y político, imaginé que mi vecino de la puerta 33 me iba a hablar de él sin admitir ninguna de mis cortapisas o censuras. Tampoco me pareció oportuno privarlo de sus querencias. Al fin y al cabo, todos tenemos derecho a expresarnos y a contar nuestras preocupaciones. -Hoy -dijo apenas nos sentamos, y no me defraudó- no va a tener más remedio que escucharme por más que le moleste hablar de política y de políticos. Imagino que se habrá enterado usted de la imputación del ex presidente del gobierno, Zapatero, en una trama corrupta. -Como dijo un amigo mío -le repuse antes del primer trago de vino- oír a Mozart, a Beethoven o a Schubert requiere de preparación, buen gusto y de un buen reproductor de música; oír a cualquier papanatas, aunque no lo desee, lo hará en cualquier lugar y sin ningún esfuerzo. Lo mismo sucede con las noticias: allá donde va siempre hay alguien voceándolas. -Me gusta la metáfora -dijo elevando la copa de vino-. Evidentemente la música clásica exige una cierta concentración para disfrutar de ella. Y las noticias, tras oírlas, deberíamos meditarlas y repensarlas. Para algo existe el sentido crítico. -Y el libre albedrío, así que todo el mundo tiene el derecho a pensar o a no pensar. Que el pensamiento y el lenguaje nos diferencia de los animales, sí, y qué. Algunos quieren ser tan felices como los animales, y eso les lleva a no pensar. Cada uno es feliz a su manera. -¿No estará hablando en serio? Sinceramente me parece que su razonamiento es una burda excusa para no hablar de política… -Mire, querido amigo, la política en general, y la española en particular, me recuerdan, y mucho, a los establos de rey Augías. Estos estaban tan colmados de excrementos de animales y de inmundicias, que Heracles tuvo que desviar un río para poder adecentarlos. Aquí es tal la hediondez, y tan enormes las heces, que ni un par de potentes tsunamis van a terminar con tanta y tanta mugre de tantos años o siglos. -Tal vez un tsunami no lo logré; pero sí lo puede conseguir la acción ciudadana… -¿De verdad tiene usted esperanzas en semejante patraña? -No me explico -dijo muy en serio- cómo se puede dedicar a la enseñanza teniendo tan poca fe en la humanidad. -No sé qué tiene que ver una cosa con la otra. Pero, bien, me puede comparar usted con un fraile, o una monja, que procesó cuando tenía poco menos de dieciocho años en un convento de clausura, y ha perdido la fe al llegar a la cuarentena. ¿Adónde va ahora? O se dedica a limpiar pisos, o traga con el error de su fe perdida entre los muros del convento. -No me creo que usted se haya resignado. -No. Más bien he aceptado lo que hay: gracias a mi trabajo me mantengo en contacto con los libros. Tengo un sueldo decente. No dependo de nadie, y tengo tiempo libre para dedicarme a lo que me gusta. Es preferible aguantar a los alumnos. Al fin y al cabo -dije sonriendo con sarcasmo- si los apruebo a todos, no tengo problemas. Nadie protesta ni me busca las vueltas. -Vale, muy bien. Pero no podemos tragar, en esta vida, con los burdos trapicheos de unos políticos y jueces que se saltan las leyes a la torera, o las retuercen a su conveniencia. O con profesores que aprueban a todo el mundo... -Mire, señor mío -le repuse tras vaciar mi copa- a mí la política, y me va a perdonar por ello, siempre me ha parecido la creación más burda, sucia y deleznable hecha por el hombre. Bien es cierto: nos podemos remontar a los mitos, a Zeus, al diálogo de Platón, y demás2; pero no sirven de nada. El mejor político, dijo Aristóteles en algún momento, es aquel que más felices y buenos, virtuosos, hace a sus conciudadanos3. O les facilita los medios para que lo sean: salario digno, vivienda en condiciones, educación de calidad para sus hijos.. ¿Usted cree que los políticos actuales buscan eso o se proponen esa meta? ¿O que se lo ha propuesto algún legislador en esta vida y en algún país? -Algunos sí. Y esos, precisamente, son quienes terminan como está terminando el ex presidente Zapatero: atacado por todos, sin pruebas, pero con un claro deseo de derribar al gobierno actual, que no gusta ni a jueces ni a la derecha. Con la tardía venganza del presiente de EEUU: no olvide que Zapatero sacó a las tropas españolas de Irak. Y que el actual presidente, del mismo partido que el señor Zapatero, se ha negado a participar en la guerra de Irán, patrocinada por EEUU e Israel, o al revés, que tanto monta, monta tanto. -Si es cierto cuanto está diciendo usted, ¿cómo me pide que tenga confianza o fe en el género humano? Con un grupo de jueces, muy numeroso, actuando en la sombra, y unos zafios políticos apoyándolos, ¿qué quiere? Mire, a veces, he oído a algún representante político hablando por la tele. Y he comprendido enseguida que estaba mintiendo. ¿No lo sabe él? Por supuesto; lo sabe. Y agranda la mentira, y la sostiene aunque caigan chuzos de punta y ¿para qué? ¿Para llegar al poder y hacer más buenos y más virtuosos a los ciudadanos o para llenarse los bolsillos y dar rienda suelta a su vanidad? -Y para favorecer a los amiguetes. -Pues eso. Y llegados al poder, lo que dijo aquel: “justicia para todos, pero no para mi casa”. Antes, querido amigo, in illo tempore, se mataban entre padres e hijos por hacerse con el trono; el hermano asesinaba al hermano, y se deshacía de los hijos de este o de los bastardos, fueron un problema, dejados por su piadoso padre con sus amantes, o habidos con las múltiples concubinas del bien abastecido harén. Lo de las madrastras asesinando a sus hijastros, o intentándolo, ya se cuenta en un mito tan lejano como el de Hele y Frixo. -Todo lo que dice -apuntó llenando las copas de nuevo- me parece muy bien. Es conocimiento. Es historia. O mitos, lo que quiera. Pero lo que no puede ser es un freno o una excusa para no hacer nada, para quedarse de brazos cruzados ante todo cuanto está acaeciendo. -¿Y qué quiere que haga? No, no me voy a meter en ningún partido político. De eso puede estar bien seguro. Además, con todo cuanto han hecho los políticos, la gente los sigue votando… ¿Qué quiere? ¿Que los instruya? ¿Que los obligue a leer? Ya lo hago. ¿Y de qué sirve? Mire, en un descampado que tenemos cerca de aquí hace quince años, o más, pusieron un cartel anunciando la creación de un nuevo instituto. Algunos centros hay que se caen de puro viejos. -Sí, lo vi. Vi el cartel. Desapareció hace tiempo. Y el descampado sigue igual. Se gastaron ese dinero, y más, en montar un circuito de carreras de Fórmula 1. Y la seguridad social cada vez está peor. Y el sistema educativo... -¿Y qué? ¿Acaso la gente no sigue votando al mismo partido político? Ha vuelto a ganar las elecciones. Y en el descampado, ya sin el cartel, crecen hierbajos de todo tipo. Pues bien, tienen lo que buscan. Así que no me culpabilice a mí. -No, perdone; no es eso lo que he hecho. Y si lo he hecho, le ruego que me lo tome en cuenta. -Entiendo -dije bajando el tono de voz- que usted quiera cambiar las cosas, lo entiendo. Y a mí también me gustaría un cambio para bien. Pero eso, querido amigo, y perdone mi pesimismo, yo diría realismo, no se dará. Hay muchos intereses por el medio. Mucha gentuza que desea vivir a costa de los demás; y los demás no se enteran de nada, ni quieren enterarse de nada. Panem et circenses. O por modernizarnos una pizca, hamburguesas y mundiales de fútbol. Comienzo a pensar que tanto en Grecia como en Roma había mucho esclavo contento con llevar cepos y cadenas. A todo se acostumbra uno. Pero, claro, no se puede juzgar el pasado de acuerdo con el presente, ¿no le parece? -Sí, no me parece. Aunque oyéndolo a usted, no sé si era mejor lo anterior: aquello de envenenar al padre, a la madre, al hermano, o a toda la familia, con tal de hacerse con el trono. Veneno al alcance de cualquier bolsillo. -Comparados con aquellos, lo hacían sin tapujos, estos politicastros de ahora, jueces, periodistas y demás, dan un poco de pena y de grima: van en contra de todo para lograr una piscina en la sierra que apenas van a disfrutar durante unos pocos años. Eres mortal, muchacho. Conócete a ti mismo. Pulvis eris et in pulverem reverteris -Sí, pero mientras tanto que me quiten lo bailado. Entran en juego las diversas concepciones de la vida, y los diversos intereses: usted es feliz con libros en latín y en griego; y otros no se satisfacen ni con aviones privados. Amigo, roguemos por no caer en manos de la justicia. -Y por no tener cargos públicos ni de ningún tipo. Hasta los directores de los institutos están renunciado a sus puestos, dada la situación actual de la enseñanza. -Estamos apañados. Pero si nadie da la cara, esto se irá a paseo. Yo, querido amigo, seguiré yendo a votar. Ni todos los tiempos son uno, ni todos los políticos son iguales. -Yo también pasaré por las urnas. Pero si este mundo tiene que perecer, que perezca. Igual entonces huele a rosas y malvas, a buenas y bellas fragancias. Ya se lo he dicho: los establos de Augías se quedan en un pequeño pesebre comparado con este, ¿cómo decía usted? -Corralón lleno de sol. Lo anotó Valle-Inclán. -Un autor muy leído actualmente -dije vaciando mi copa y levantándome. -Sí. Tal como don Miguel de Cervantes y Saavedra. Me fui canturreando unos versos de Pisístrato: Como las nubes, nieves y granizos arrojan truenos, rayos y centellas, así en la ciudad de muchos poderosos caerá el ciego pueblo en servidumbre.1Erasmo de Rotterdam, Apotegmas de sabiduría antigua, p.175. Edhasa, Barcelona, 1998. Edición de Miguel Morey. No consta el nombre del traductor.2Véase Platón, Protágoras, 320a, 322c.3Aristóteles, Política, 12.