¿Y dónde está el gobierno de Milei?

Ya ni siquiera se trata de Adorni y de los pedidos —desde opositores, ciudadanos comunes, periodistas, figuras públicas e incluso sectores propios— para que presente su DDJJ.

 

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Lo verdaderamente alarmante es que mientras las denuncias avanzan, las causas judiciales circulan y el país se hunde, el Gobierno parece haber decidido abandonar cualquier idea de gestion.

Porque hoy la Argentina tiene un oficialismo que funciona más como una pelea de consorcio con presupuesto estatal que como un gobierno.

Karina Milei enfrentada con Javier Milei y medio gabinete.

Bullrich especulando y amenazando a los hermanos Milei con romper el bloque.

Caputo cruzado con Menem y el Gordo Dan a la vez acusándolos de "mentir al presidente".

Javier Milei peleándose por redes sociales, entrevistas o posteos y Menem “sin querer queriendo” develando su juego virtual en redes; mientras la economía real se desmorona por abajo.

Todo reducido a operaciones, egos, internas, negocios en la política y la función pública y una administración improvisada donde nadie sabe quién manda, quién decide ni cuánto dura cada acuerdo con alguno de los hermanos.

Por ahora el límite parece la omerta' y complicidad en actos corruptos.

Un espectáculo grotesco que podría ser cómico si no fuera porque del otro lado hay millones de personas viendo cómo su vida se deteriora a una velocidad nunca antes vista.

Y mientras la gente deja medicamentos, baja comidas, abandona consumos básicos y se endeuda de un modo alarmante para sobrevivir, el Gobierno responde con anuncios desconectados de la realidad y propaganda económica repetida y que no guarda coherencia con la realidad de sus propios números.

Bajar retenciones cuando tienen caída en la recaudación y llevarlas a cero si ganan en 2027.

Mientras el mantra repetido para la sociedad, en medios amigos y streamings propios es:

Que “los salarios le ganan a la inflación”.

Que “la actividad rebota”.

Que “se vienen los mejores 18 meses de la historia”.

Que la inflación va camino a “0,... algo”.

La misma fantasía marketinera de siempre, pero ahora gritándola más fuerte y con trolls más caros.

Porque cuando uno deja redes, los actos militantes y los recortes de televisión, y mira la serie larga de los propios datos oficiales, la realidad aparece bastante menos épica y más dramática para la gente.

Entre enero de 2024 y abril de 2026, según el INDEC, los salarios registrados aumentaron 451,5%.

El IPC acumuló 479,1%.

Y el IPIM —que mide costos mayoristas reales— trepó 556,3%.

O sea:

los salarios perdieron contra la inflación más de 27 puntos,

y la economía productiva quedó directamente aplastada por los costos, con comercios que venden a consumidor final 76 puntos menos de lo que les subieron a ellos los productos e insumos.

Pero claro, para sostener el relato hace falta hacer alquimia estadística.

Entonces el Gobierno recorta períodos convenientes, toma ventanas de pocos meses, usa inflación núcleo, mezcla sectores con salarios dolarizados o privilegiados y arma promedios artificiales donde el petróleo, las finanzas o ciertos sectores jerárquicos maquillan la caída brutal del trabajador común.

Una manipulación bastante obscena para un espacio político que llegó prometiendo “decir la verdad aunque duela”.

Y aun así el problema más grave ni siquiera es el presente.

Es lo que todavía no explotó.

Porque la diferencia enorme mayor a 70 puntos entre el IPIM y el IPC muestra algo mucho más delicado: gran parte de la inflación sigue escondida y aún no pasó, porque de haberlo hecho los minoristas, no estarían vendiendo nada.

No desapareció.

No se solucionó.

No fue derrotada.

Simplemente todavía no terminó de trasladarse.

Muchas empresas absorbieron aumentos para no perder ventas en un mercado destruido. Comercios trabajando al límite. Industrias resignando márgenes y en muchos casos cerrando sus puertas. Empresas sosteniéndose con respiración asistida mientras el Gobierno celebra indicadores que no aplican a la realidad, son manipulados y sacados de contexto.

No controlaron la inflación.

Patearon parte de ella para adelante mientras con el ajuste destruían consumo, crédito, actividad y poder adquisitivo.

Y tarde o temprano, la economía termina exponiendo la realidad.

Siempre tanto en la economía financiera como en la productiva, se pueden tomar medidas o no hacer nada y dejar que todo se desarrolle solo, pero lo que no se puede, es evitar los resultados, de lo que se hizo mal o no se hizo

Porque los costos siguen subiendo.

Las reservas reales siguen siendo frágiles y en negativo como las dejó el gobierno anterior..

La deuda en dólares sigue ahí.

La deuda en pesos también.

Y la famosa confianza del mercado dura exactamente, hasta que dudan si se pueden enfrentar los vencimientos de verdad o no.

Mientras tanto, el Presidente sigue actuando más como panelista en una batalla cultural permanente, que como jefe de Estado de un país socialmente devastado.

Todo reducido a enemigos imaginarios, épicas adolescentes de redes y batallas culturales importadas, mientras la Argentina real se llena de trabajadores pobres, comercios vacíos y gente agotada psicológicamente.

Lo más impresionante no es solamente el nivel de desconexión.

Es la naturalidad con la que gran parte del sistema político, económico y mediático empieza a convivir con el deterioro social como si fuera un daño colateral aceptable para el cambio de modelo. Pero aún, como si esto se tratara de un modelo socio-económico, cuando es evidente, solo se están quitando derechos y beneficios a trabajadores, mientras se concentra cada vez más la riqueza.

Y ahí también entra la oposición que muchas veces parece más ocupada especulando con el próximo turno electoral que entendiendo la magnitud de lo que está pasando. Y el escenario que este gobierno va a dejar.

Porque cuando un país empieza a acostumbrarse a que millones vivan peor mientras desde el poder se festejan planillas de Excel, y la concentración económica cada vez tiene más y paga menos, el problema deja de ser solamente económico.

Empieza a ser político, humano, moral y de decencia.

Edición Yedith Cazarin Escritora

UNETE



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