EVOCACIONES
EVOCACIONES
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Segundo Serrano Poncela, El hombre de la cruz verde. -El otro día -dijo nada más llenar las copas y sentarse frente a mí- era tan mala la programación de todas las televisiones que puse en marcha el viejo lector de películas; gracias a él volví a ver una buena película. Le tengo un cariño especial. -Eso está bien. Yo también recurro a lecturas antiguas de vez en cuando. -Lo curioso del caso es que le dejé la película, hace de ello muchos años, a un conocido. Este tuvo la feliz ocurrencia de morirse antes de devolvérmela, y yo me quedé sin la película. -Dejar libros y discos siempre entraña un peligro: yo prefiero más regalar el libro que prestarlo. Por otra parte, hay gente que tiene a gala no gastarse dinero ni en libros ni en teatros. No comprenden, por supuesto, que el libro sea un instrumento de trabajo. ¿Prestaría un médico su jeringuilla o su bisturí o un herrero su yunque? -¿O Sancho su rucio? -añadió sonriendo-. Yo, desde luego, me arrepentí, y mucho, de haberle prestado la película a aquel conocido. Me costó horrores volver a hacerme con ella. Con las películas sucede lo mismo que ha comentado usted, de vez en cuando, con los libros: pasados unos años de su edición, no hay forma de volverlos a adquirir. Desaparecen de la circulación. -Afortunadamente, hoy en día tenemos internet y todas esas cosas, plataformas o como se llamen. Raro es no encontrar ahí algo de lo buscado. -Sí, tiene razón. Pues algunos años después de haberme hecho de nuevo con la película, la pude ver en un canal de la televisión. -Me está intrigando usted, ¿de qué película se trata? -De una de Ingmar Bergman, Fanny y Alexander. Ya me imagino que no la conocerá. -En este caso -dije sonriendo- se equivoca: la he visto. -¡No me diga! -exclamó sorprendido-. ¿Y le gustó? -Sí, me gustó. Me recodó, salva sea la distancia, a Luciano Samósata. Me pareció un hallazgo interesante esa mezcla de realismo, la vida familiar, con apariciones, “milagros” y otras situaciones nada cotidianas. Ya anunciadas desde las primeras tomas, cuando el niño, Alexander, ve a una estatua del salón moviendo un brazo. -Sí, es cierto. Yo, como le he dicho, le tengo un especial cariño a esa película. Además de parecerme una obra excelente. Fue la última que vio mi madre en el cine. La llevé yo. Yo ya la había visto. Me gustó mucho, y decidí llevarla a ella. Ahora me resulta imposible volver a verla sin sentir su presencia, tal como el niño siente la presencia de su padre tras la muerte de este. -A veces -le dije dándole la razón- la vida parece mágica, o tiene algún toque de magia. Menos mal, porque eso nos permite alejarnos del mundo real, tan ruin y mezquino la mayoría de las veces. -Eso defiende el padre de Alexander poco antes de morir en un pequeño discurso, tras una representación teatral si no recuerdo mal: en el teatro, su pequeño mundo, viene a decir, impera el cariño y el amor… Tan alejado de esta mísera cueva de víboras que es la política, y más, mucho más, la política española. Y ya sé que le molestan mis comentarios sobre estos asuntos, pero me ponen negro. Me dan asco. -Lo comprendo. Entre mis compañeros también los últimos hechos o novedades han sido motivo de varios comentarios, a cual de todos más duro y descarnado. -No es que la oposición de este país, la derecha y ultraderecha, para no andarnos con remilgos, sea una cueva de víboras, que lo es; encima, superando a las serpientes, son unos maleducados. Unos impresentables y unos necios: no tienen ni la más mínima cultura. Ni educación, repito. -Ni la más mínima empatía -añadí animándolo- ni, por supuesto, ni el más ligero toque de filantropía. Son un hatajo de hipócritas: dicen que levantan hospitales, seguramente para hacerse con alguna que otra mordida; y cuando hay, como ahora, un posible problema con un bicho, te sale un estúpido presidente autonómico con que no quiere saber nada de nadie, y se niega a que desembarquen en su ciudad a los infectados por si el barco lleva ratas nadadoras y contagian a sus vecinos. Eso es solidaridad. ¡Menuda gentuza! -Este pobre hombre en su juventud debió de ver, no creo que la leyera, Drácula o Nosferatu. Ante la llegada del barco con los infectados de ahora, el problema ratonil del buque del dormido conde de afilados colmillos se le vino a las mientes, y se asustó. O como dicen los periodistas de ahora, tan creativos, entró en pánico. Y encima, dejando a los vampiros de lado, muchos de estos nefastos políticos, en lugar de arrimar el hombro, aprovechan cualquier situación problemática, plagas o inundaciones, para achacársela al gobierno. Y eso que este no estaba de juerga ni despeinándose en un ventorro… Me recuerdan a Guille, el hermano de Mafalda, un niño de pocos años, que le pregunta a su hermana si también tiene la culpa el gobierno del calor del verano. -A mí me asusta que personajes tan burdos e ignorantes se hagan con el poder. ¿Qué van a hacer de bueno estos analfabetos maleducados? ¿Promover las Humanidades, el latín y el griego? No creo que les interese lo más mínimo ni a ellos ni a sus seguidores. Y como ejemplo de ignorancia supina y malintencionada, ¿Ha oído usted a esa lumbrera de músico, autor de Malinche, defendiendo a la necia presidenta de la comunidad autónoma de Madrid, la señora Ayuso, tras su viaje a México, donde reivindicó a Hernán Cortés, diciendo que quieran o no los mexicanos, sin Hernán Cortés, México no existiría? Y nosotros tampoco, zopenco, sin Julio César, Escipión y todas las animaladas que hicieron los romanos en Numancia y aledaños. Gracias a ellos hablamos un dialecto del latín. Caso contrario, utilizaríamos uno derivado del púnico. Pero eso no justifica los crímenes y abusos de Cortés, Escipión, Trump y Netanyahu, ni de cuantos generales y legionarios hay y han habido en este puñetero mundo. No lo justifica. De ningún modo. -O las fechorías cometidas por el Duque de Alba y sus tercios allá por el norte de Europa… Pero tiene razón, querido amigo, hablar de esto, y del nido de ignorantes, bestias y maleducados, que tenemos por políticos, es perder el tiempo. Volvamos, como quería el padre de Fanny y Alexander, a nuestro querido teatrito. -Volvamos. Pero déjeme decirle que se me ponen los pelos de punta oyendo hablar a estos tipos en cualquier sitio y lugar. Si son así de bestias y maleducados, ¿cómo son quienes les votan? Esta es una sociedad cada vez más maleducada e insolidaria. O al menos lo son, y mucho, sus representantes. Y sí, volvamos a nuestro pequeño mundo. Salgamos de los establos del rey Augías. Se levantó. Puso sobre la mesa la caja conteniendo el disco de la película. En la carátula aparecía la madre de los niños, y el título de la misma. -Me encantó llevar a mi madre al cine -dijo llenando las copas de nuevo y alargando la caja hacia mí-. Durante unas horas, la mujer se olvidó de su enfermedad, y disfrutó, disfrutó mucho: le encantó la película de Bergman. Ahora me es imposible verla sin sentir su presencia. El mundo de los fantasmas y aparecidos no es tan irreal como parece a primera vista. -Sí, tiene razón. Y Bergman es un maestro mostrándolo como algo cotidiano. Al menos a ojos del niño, de Alexander. -Una de las primeras obras de teatro que vi, tendría yo diecisiete o dieciocho años, fue Las moscas de Jean Paul Sartre. Creo. No recuerdo nada de la obra salvo que en un momento alguien dice que la soledad no existe. Me impresionó la aseveración, pues yo me encontraba muy solo. Como casi siempre. Pero no dejé de darle parte de razón: evidentemente siempre estaba hablando con alguien, siempre me acompañaba alguien, vivo o muerto. Y con el paso del tiempo esas compañías se han ido intensificando y acrecentando. -Y sin duda -dije tras apurar mi copa- las charlas con los muertos le será más grata que con los vivos. -Sí, pero es una trampa: a veces obligamos a aquellos a decir lo que nos resulta grato a nosotros. Otras veces, por el contrario, se rebelan. Y entonces surge la verdadera discusión… Si esta señora, la presidenta de la comunidad de Madrid, hubiera sido algo inteligente, y leída, ya en México hubiera ido a buscar la casa, los libros, las fotografías y los recuerdos de Juan Rulfo. Y hubiera procurado hablar con familiares, si los hay, de Elena Garro. Hay tantas personas interesantes... -Mi compañero de lengua y literatura es un enamorado de la obra de Juan Rulfo. -A mí se me mezcló con la película de Bergman. Cuando estuve hospitalizado, años después de la muerte de mi madre, sólo en la blanca habitación, sin poder levantarme, no hacía sino hablar con mi madre, pensar que también yo estaba muerto, como todo el pueblo descrito por Rulfo, y desear ver a la madre de Fanny y Alexander. No hace falta que le diga que me enamoré de ella. Así que allí tenía a un montón de fantasmas hablando conmigo y dándole la razón a Jean Paul Sartre: la soledad no existe. Además, estaba muy bien cuidado por médicos y enfermeras. Estos parecían vivos. Sin duda, lo estaban. -En aquella época -apunté- no nos conocíamos. Caso contrario hubiera ido a visitarlo. -Por mor de la madre de los niños me acordé de otra novela -siguió sin hacer caso de mi breve anotación- una de Bioy Casares, La invención de Morel… Morel se fuga de una prisión, se lo cuento como lo recuerdo, y en un lugar recóndito descubre una película que se repite sin cesar. Imágenes de varias personas paseando al aire libre. Se enamora de una mujer, y pone la máquina de filmar en marcha: logra, aun sabiendo que le va la vida en ello, introducirse en la película… Pasea con ella, la abraza… Eternamente, en tanto el Morel de carne y hueso fallece mientras vive su imagen. Así lo recuerdo. Tal vez tenga razón Juan Rulfo. Y todos estemos muertos. -Querido amigo -dije sirviendo las últimas gotas de vino- hablar con usted es hacer patente aquello de “lo único que sé es que no sé nada”. No he leído ninguna de las novelas mencionadas por usted. -Pues debería leerlas. Estoy seguro de que le gustarán. -No lo dudo. Esperemos que en el Hades nos dejen leer. -Y platicar. Entonces, querido amigo, vamos a disfrutar mucho. En compañía, además, de gente buena y amable. Me gustaría tanto hablar con Bergman, y con la madre de Fanny y Alexander. -Pues brindemos porque se cumplan sus deseos.. -Sea. Por ello. Pero que espere el Hades. Sin prisas. No nos atosigue.