El cementerio

EL CEMENTERIO

 

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Sófocles, Áyax.

Todavía era de noche. Acababa de aparcar en una calle en pendiente, junto a la muralla del convento de las monjas. Las farolas continuaban encendidas. Un halo de niebla las rodeaba dándoles un aspecto fantasmagórico. Hacía frío. Me abrigué bien calándome el gorro de lana y los guantes. Cogí la mochila con una linterna, la cámara y una botella de agua. Y comencé a caminar en busca de la casa de mi abuelo. Era ya la segunda o tercera vez que volvía al pueblo con una intención muy clara: dar con el cementerio. No recordaba su ubicación. Pero pensé que repitiendo aquel itinerario, de hacía unos cuarenta años o más, tal vez diera con él.

La solución más sencilla, desde luego, hubiera sido llegar al pueblo cuando las personas comenzaban a circular por las calles. Y preguntar a cualquiera. O mejor, suponiéndolo abierto, acercarme al Ayuntamiento y pedir información. Todo eso, no obstante, lo había descartado infinidad de veces: no me apetecía ni ver a nadie, ni ser visto por nadie. Típico del Mediterráneo, de Grecia, de Sicilia, de Roma y de algunos lugares más, mi familia se había descompuesto en mil pedazos: nadie se hablaba con nadie, y todos se odiaban por minucias y tonterías, por míseras herencias. Por eso mismo no me apetecía nada que alguien se me acercara para echarme en cara lo que dijo mi madre un día o lo que dejó de hacer mi padre otro día cualquiera de hacía más de medio siglo.

Las dos últimas veces recorrí todo el pueblo sin ver ni un alma. Sólo me llamó la atención una voz descompuesta, en otro tiempo me hubiera puesto los pelos de punta, llamando a un tal José. Era una voz desgarrada, lejana, entreverada de llantos. Nadie respondió a las angustiadas voces. Seguí caminando, bajo un cielo encapotado, impresionado, pero sin volver a oír los desgarrados llamamientos durante un tiempo. Quizás porque me alejé de ellos.

Pasé por todas las calles recorridas, una y otra vez, en mi lejana infancia. Vi también las dos escuelas. En ellas había aprendido a leer y a escribir, a sumar y a restar. La voz, cuando llegué a la plaza, sonó un vez más, y se apagó definitivamente. Y fue entonces, visto todo el pueblo, cuando se me ocurrió buscar el cementerio. Pero se estaba haciendo de día. Decidí marcharme apenas, en la lejanía, vi a un bulto dirigiéndose hacia la panadería recién abierta.

Otra de las finalidades de mis viajes era hacerme con un puñado de tierra de mi pueblo. Cuando mis padres me dijeron que nos íbamos a vivir a la ciudad, mi enfado fue monumental. Yo no quería marcharme; me tenía sin cuidado mi futuro, verme obligado toda la vida a trabajar en los bancales y cuidando vacas y cerdos. No le veía la gracia a convertirme en un chupatintas para huir de cabras y siegas. Allí, entre ellas, estaba mi escuela, mis maestros, mis amigos y mi tierra. Y sí, aquella nefasta tarde, cuando me dieron la malhadada noticia, salí de casa llorando, con una cajita de cartón, tiré las fichas y los dados encerrados en ella, y la llené con tierra de mi calle, la que pisaba todos los días nada más salir corriendo camino del colegio. La cajita se perdió en uno de los tantos traslados. Aunque siempre he pensado que alguien, por pura maldad o necedad, la tiró a la basura.

Ahora todo el pueblo estaba asfaltado. Aun cuando ya empezaba a clarear, antes de entrever al bulto camino de la panadería, me fui a la Torre del Molino, un lugar muy querido por mí, solitario. Y me traje un puñado de tierra cogido de la misma base de la Torre.

Fue un día, teniendo la cajita con la tierra delante de mí, cuando se me ocurrió hacer aquel triste recorrido en busca del cementerio. Para ello, por falta de memoria, necesitaba volver a la abandonada casa del abuelo. Mi abuelo había fallecido, de repente, en su vieja casa. Cuando lo sacaron, metido en un féretro, cuatro de sus nietos íbamos en cada esquina del mismo llevando un cirio encendido. En el pueblo se hizo un silencio tal como nunca lo he vuelto a oír. Se redoblaba el sonido de la fúnebre campana tocando a muertos.

En otro de mis viajes nocturnos, pese a la oscuridad, no me resultó difícil dar con la casa del abuelo. Hacía años que no pasaba por allí; pero la reconocí enseguida. Y desde su puerta comencé a caminar. Y sí, fui capaz de llegar hasta la iglesia donde se ofició una misa corpore insepulto. Pero a partir de allí sólo veía a mi padre y sus hermanos, puestos en fila india, apretando las manos de los vecinos que desfilaban frente a ellos. Luego cargaron el ataúd en un carro y emprendieron la marcha. Fui incapaz de determinar el itinerario. Y sin embargo, recordaba haber ido al cementerio, en esa ocasión, y en otras varias.

Me encaminé desanimado hacia el coche cuando, cosa rara, vi a un hombre mayor caminando en la oscuridad. Decidí arriesgarme y preguntarle. Su cara me sonaba. Si él me reconoció a mí, no dijo nada. Pero, eso sí, me dio unas indicaciones muy precisas para llegar al cementerio.

-Pero a estas horas -dijo- está cerrado. Si quieres entrar, tienes que pedir las llaves en el ayuntamiento. O a algún vecino.

-No, no hace falta. Me conformo con llegar a la puerta.

-Pues está un poquico lejos; pero puedes ir con el coche.

No quise coger el coche. Me apetecía caminar. Nos despedimos. Él se fue hacia la plaza y yo me dirigí hacia la salida del pueblo. Al principio caminé por la carretera. Luego me desvié a mano izquierda. Efectivamente allí había un cartel indicando el camino del cementerio. Es de tierra, sin asfaltar. No tardé mucho en llegar a la puerta. Efectivamente estaba cerrada. Una mediana cadena provista de un mediano candado impedía la entrada. Hay dos o tres cipreses esbeltos y tristes plantados sin orden ni concierto. A través de los barrotes de la puerta vi varios nichos y varias tumbas. No pude leer ningún nombre. Era lo que menos me importaba. Allí estaban enterrados algunos de mis familiares. No lo más allegados, si descontaba al abuelo. Me quedé junto a los cipreses unos minutos. Luego cogí un puñado de tierra depositándola en un par de pañuelos de papel. Cuando llegara a casa la pondría en una cajita. Volví al pueblo en busca del coche.

Años atrás, pensé en tanto caminaba, hubiera sido incapaz de realizar semejante trayecto, y más de noche. El miedo me lo hubiera impedido. De niño, de adolescente e incluso de joven fui muy miedoso. Me daban miedo la noche, las sombras, los susurros y todo cuanto me presentaba mi imaginación. Por no hablar de los muertos. Y sin embargo recordaba a mi abuelo, de cuerpo presente, puesto en el suelo, sobre una blanca sábana, amortajado, y en ningún momento me impresionó. Me quedé esperando que, de un momento a otro, se incorporara, me diera dinero y me mandara al estanco a comprarle un cuarterón de tabaco o piedras para el mechero. Pero no se movió. No dijo nada. Y nunca más lo volví a ver.

Me faltaban pocos metros para llegar al coche cuando me volví a encontrar con el señor que me indicara el camino del cementerio.

-¿Has dado con él? -me preguntó.

-Sí, pero estaba cerrado, tal como me ha dicho.

-Una pregunta -me dijo mirándome fijamente- ¿tú eres de aquí? Tu carica me resulta familiar.

-Sí, nací aquí -respondí de mala gana.

-Ya sé quién eres. No estaba equivocado antes cuando nos hemos visto. ¿Has oído una voz llamando a tu tío José?

-Sí, he oído una voz llamando a alguien; pero no sé de quién es.

-Tu tía, o una de tus tías, llamando a su marido fallecido no hace mucho. Está perdiendo la razón la pobre mujer.

Nos despedimos con un fuerte apretón de manos. Y sí, recordaba a mi tío José. De una vez. Una tarde. Me acerqué a él para pedirle dinero. Me dio dos reales, una pequeña moneda con un agujero en el centro. Y también recordaba a otro tío, primo de mi padre. Llevaba un lagarto muerto en la punta de un serrucho. Me lo enseñó. Muy cerca del desvío del cementerio. Había rezado ante su tumba pocas horas antes de salir del pueblo… Ahora, perdidos los miedos de la infancia, no pude ver la tumba de ninguno de los dos. Tampoco hacía falta. Aunque algún día iría al pueblo de día, y pediría las llaves para entrar al camposanto. Me apetecía, y mucho, ver la tumba del abuelo.

UNETE



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