Cara o Cruz

Hay momentos en la vida en los que uno cree haber llegado finalmente a un puerto seguro.

 

.
Después de años de tormentas, decepciones, silencios y batallas internas, aparece alguien, aparece un lugar, aparece una promesa disfrazada de oportunidad, y uno —cansado de cargar consigo mismo— decide apostar todo otra vez. No la mitad. No un intento tibio. Todo. Porque el ser humano, incluso después de haber sido golpeado muchas veces, conserva una extraña capacidad de creer. Y esa capacidad puede ser su mayor fortaleza… o la antesala de su próxima caída.

Con el tiempo, uno descubre que rehacer la vida no siempre significa reconstruirla; a veces significa desmontarla pieza por pieza para entender que muchas de las cosas que abrazábamos con fuerza jamás nos pertenecieron realmente. Hay etapas en las que entregamos tiempo, energía, emociones y sueños enteros creyendo que estamos construyendo un hogar emocional, una estabilidad o un nuevo comienzo, cuando en realidad solo estamos transitando un puente temporal que la vida colocó frente a nosotros para enseñarnos algo más profundo.

Y quizá eso sea una de las lecciones más difíciles de aceptar: entender que no todo lo que llega a nuestra vida está destinado a quedarse. Existen personas, lugares y experiencias que no llegan para convertirse en eternidad, sino para transformarnos. Algunas lo hacen acariciándonos el alma. Otras, rompiéndonos lentamente hasta obligarnos a despertar. Porque hay momentos en que el ser humano se esfuerza tanto por pertenecer, por sostener relaciones, proyectos o sueños, que termina olvidándose de sí mismo. Y no existe dolor más silencioso que el de sentir que uno empieza a desaparecer dentro de una vida que ya no le representa.

A veces, sin darnos cuenta, terminamos viviendo en espacios donde somos útiles, pero no valorados; presentes, pero no vistos; necesarios, pero no realmente importantes. Y es ahí donde la vida comienza a lanzar pequeñas señales que al inicio ignoramos: conversaciones incómodas, silencios extraños, sensaciones de vacío que aparecen incluso rodeados de gente. Hasta que un día entendemos que el alma llevaba tiempo tratando de decirnos algo que la costumbre no nos dejaba escuchar.

Anoche pensaba que la vida se parece demasiado a lanzar una moneda al aire. Uno la arroja con esperanza. La mira girar. La sigue con ansiedad. Durante unos segundos todo parece posible. Cara o cruz. Victoria o derrota. Amor o vacío. Permanecer o partir. Y mientras esa moneda gira, el corazón también gira con ella, suspendido en una incertidumbre insoportable. Porque en el fondo uno siempre espera que salga cara. Siempre cree que esta vez sí funcionará. Que esta vez el destino será amable. Pero no siempre ocurre.

A veces la moneda cae cruz.

Y no importa cuánto hayas deseado el resultado contrario. No importa cuánto te hayas esforzado, cuánto hayas cedido, cuánto hayas amado o cuánto hayas luchado por sostener aquello que se estaba rompiendo. La vida tiene una forma brutal y silenciosa de recordarte que no todo depende de ti. Hay fuerzas invisibles que reorganizan tu camino aunque te resistas. Como un río que, después de soportar demasiada corriente, termina desviando su curso. Lo que ayer parecía definitivo, hoy desaparece. Lo que creías eterno, mañana ya no existe. Y uno descubre entonces que vivir no es controlar el rumbo… sino aprender a sobrevivir a los cambios de dirección.

Con los años entendí que Dios no siempre responde con aquello que pedimos. A veces responde quitándonos lo que estábamos abrazando demasiado fuerte. Y duele. Claro que duele. Duele empezar otra vez cuando uno pensaba que ya había encontrado estabilidad. Duele aceptar que algunas ilusiones no alcanzaron. Duele mirar atrás y comprender que hubo batallas que se pelearon con el corazón completo… y aun así se perdieron. Pero quizá las peores tragedias no son las veces que la vida nos obliga a retroceder, sino aquellas en las que seguimos avanzando hacia lugares donde lentamente dejamos de ser nosotros mismos.

Porque existe algo peor que quedarse solo: perderse.

Y muchas veces el universo, Dios, el destino o como queramos llamarlo, destruye ciertos caminos no para castigarnos, sino para impedir que terminemos desapareciendo dentro de ellos. Hay despedidas que parecen fracasos hasta que pasa el tiempo y entendemos que eran rescates. Hay puertas que se cierran con violencia porque detrás de ellas ya no quedaba nada para nosotros. Y aunque el alma tarde en comprenderlo, la vida continúa moviéndonos, una y otra vez, como piezas diminutas dentro de un tablero inmenso que jamás terminaremos de entender.

Quizá por eso la madurez no consiste en ganar siempre, sino en aprender a levantarse sin odio después de haber perdido. En aceptar que la moneda seguirá girando mientras estemos vivos. Que habrá nuevas caras y nuevas cruces. Nuevas personas. Nuevas despedidas. Nuevos comienzos. Porque al final, toda existencia es un permanente reacomodo de certezas.

Y llegará un día —el último— en que ya no podremos mover ninguna ficha más. Ninguna decisión pendiente. Ningún regreso. Ningún nuevo intento. Ese será el día en que la moneda dejará de girar definitivamente.

Pero mientras siga en el aire… todavía hay vida. Y mientras haya vida, siempre existirá la posibilidad de volver a empezar.

UNETE



Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

  • linkedin facebook twitter
  • ©reeditor.com
  • Todos los derechos reservados
  • Avisos Legales