EL PEQUEÑO JARDÍN
EL PEQUEÑO JARDÍN
. Ni aun ese lo es del todo, sino el que después de poseído usa bien dél ¿Qué importa que sepas los chistes y los lugares si no tienes prudencia para acomodallos?
Francisco de Quevedo, El mundo por de dentro. No muy lejos de mi casa hay un pequeño jardín. Junto a un antiguo molino. Está muy bien cuidado, con una vegetación exuberante. Tiene dos lagos artificiales. Uno cuadrado, al final, junto a la pared que lo cierra, con una pequeña cascada, y otro a pocos metros de la puerta de entrada. Este está adornado con un flamenco de hierro junto a una breve masa de nenúfares. Por los caminos, de tierra, de vez en cuando cruza un hilillo de agua, no muy limpia, imitando a pequeños riachuelos. Por aquí y por allá, sobre la verde hierba, troncos horadados sirven de morada a diversos insectos. Palomas y garzas sobrevuelan su cielo. Hay muchos árboles y palmeras. Bancos de hierro, con respaldo, y de madera sin este aditamento. Por regla general, unos y otros, están vacíos. Pocas almas vivientes pasean por el parque. A menudo salgo de allí, tras haberlo recorrido varias veces, sin dar con más de dos o tres personas, con sus respectivos perros, o sin compañía. O con la inefable mujer, de mediana edad, corriendo y bufando con su coloreado y llamativo chándal. Una mañana me fue dado ver a otra abrazada a un árbol y con cara de éxtasis. Estaba abstraída. No dijo nada. Ni sonrió. Cosa rara, pues allí, en el jardín, nos saludamos todos. Me llamó mucho la atención los “buenos días” de unos, o la sonrisa de la otra. En la capital, a dos pasos de distancia, lo normal, lo educado, lo humano, es que nadie conteste cuando se le desean unas buenas noches o unos buenos días. El pequeño jardín es una excepción, un remanso de paz y tranquilidad en todos los sentidos. Suelo entrar en cuanto lo abren, a las 7.30 de la mañana. Para llegar a él tengo que pasar por delante del cementerio municipal, cerrado a tales horas. También paso, aunque lo puedo evitar yendo por la parte trasera, por delante del cementerio británico. Una alta verja de color verde impide acceder a la gótica puerta de entrada. Dos falsas torres de color marfil la enmarcan. Cadenas y candados oxidados anuncian que rara vez se abre. A través de la verja se ven varias cruces de cemento un tanto ladeadas. El cementerio no es muy grande. Me llamó la atención que, hasta en la muerte, católicos y anglicanos estén separados, a pocos metros de distancia, no obstante. Tal vez en el más allá no se diferencien los unos de los otros. Aunque según cuentan, Dios distingue a los cátaros de quienes no lo son. Yo les alabo el gusto a los británicos por hacerse enterrar en tierra. No me gustan los nichos. Ni las lápidas. Descubrí una en un contenedor, a pocos pasos de la puerta del pequeño jardín. Los amigos del difunto habían hecho grabar sobre ella una estúpida necedad: “Como tú no puedes venir a donde estamos nosotros, nosotros iremos a donde estás tú”. Sí, todos iremos a donde está él, quienquiera que sea o haya sido. Dejo a mi derecha un palmeral, con un camino privado, y accedo, ya, al parque. Aquella mañana, excepcional, me había dormido. Llegué un poco tarde. Lo hice cargado con la cámara y diversos objetivos. Dispuesto a fotografiar todo cuanto me había llamado la atención. Estaba empeñado en retratar a una asustadiza garza cuando una niña y su madre llamaron mi atención. La niña iba montada sobre un pequeño patinete. Tocada con un infantil casco de un rojo brillante. Y no sé si por probar su resistencia, o la de su madre, se empeñó en pasar por un charco no pequeño, cruzado por varios surcos. La madre intentó detenerla. Demasiado tarde. No llegó a caerse, pero patinete y zapatillas acabaron hundiéndose en el barro y tomando una buena porción de él. Antes de que la madre dijera o hiciera nada, la niña llegó corriendo a mi altura, abandonado el patinete, y se abrazó a mi cintura. -¡Pero, bueno! -chilló la madre de lejos. -Defiéndeme -se encomendó a mí como si yo fuera un caballero andante. -Perdónela -dijo la madre en tanto intentaba separarla de mí. -No se preocupe. No pasa nada. -Hazme una foto -dijo la niña mirándome y acariciando la cámara, aunque sin soltarme. -No puedo hacerlo -le expliqué-. Para eso me tiene que dar permiso tu mamá. -Quiero que salgan mis zapatillas llenas de barro -ordenó ignorando mis argumentos. Ante su insistencia, la madre accedió a que la fotografiara. Me dio su dirección de correo electrónico para enviarle las fotos. Pues la niña exigió una de pie, otra sentada, otra en el charco y con su patinete. Y, a propuesta mía, la última, con su madre. Nos despedimos en la puerta del jardín. La niña iba delante corriendo con su patinete. Yo volví a entrar. -Vaya con las criaturas de hoy en día -me dijo un señor, tocado con un sombrero de ala ancha a los pocos minutos. Nos habíamos visto, y saludado, en varias ocasiones paseando por el jardín. -Me encanta -le dije- su espontaneidad. Luego, se pierde, una pena, y todo se vuelve remilgos cuando no hipocresía o indiferencia. -Viene usted muy a menudo por aquí, ¿verdad? Lo he visto en varias ocasiones. -Sí. Así es. Me encanta este jardín. Y lo limpio y aseado que lo tienen. -Hay un ejército de cuidadores. Pagados con dinero público. -Como debe ser. De otra forma no podríamos entrar aquí. Además, hay gente muy guarra. -Tiene razón. El otro día un amigo mío se quejaba porque, jubilado como está, ha tenido que pagar a Hacienda media pensión. Sin tener en cuenta lo que ya le habían descontado a lo largo del año. -De no ser así -insistí- no podríamos tener ni hospitales, ni carreteras ni otros muchos servicios. -Ni políticos corruptos. -Esos siempre los tendremos entre nosotros, paguemos o dejemos de pagar. No hay nada que hacer. -Una pena. No se ha encontrado ningún remedio contra ellos. A pesar de que Todas las cosas a ratos tienen su remedio cierto, para las pulgas el desierto, para los ratones los gatos. Contra los corruptos no vale nada: ni la pena de muerte, ni el destierro, ni nada de nada. Y, sin embargo, y pese a ellos, tenemos hospitales. Y jardines. -Sí. Menos mal. -El otro día -siguió explicándome llegando ya al final del jardín, a la pequeña cascada- tuve que ir a urgencias al hospital. ¿Sabe usted la cantidad de personas que había allí? Las salas de espera estaban llenas a rebosar. Y lo que decía usted: hace falta en ese lugar los cuidadores que tiene este parque. Hay gente muy maleducada. La cantidad de veces que, a través de la megafonía, tuvieron que pedir silencio. Una y otra vez. Sin cesar. Y allí los tenía a todos dándole al móvil. Contando cosas que a nadie le importaban lo más mínimo. -Es la pesadilla del siglo actual. Hace años, cuando una persona tenía que hablar por teléfono, se encerraba en una cabina, y nadie se enteraba de la conversación. Hoy en día todo el mundo habla delante de todo el mundo. ¿Para demostrar que no están solos? Es muy sospechoso. Mucho. -Tiene razón. Pese a todo, me atendieron muy bien en el hospital. Y no sé, así se lo dije a mi amigo, cuánto habrán costado las pruebas y análisis que me hicieron a mí. Sea cuanto fuere, doy por bien empleado el dinero que me ha reclamado Hacienda. Pese a los corruptos. -No le dé más vueltas. El más corrupto de todos, siguiendo la tradición familiar, ha sido el jefe del estado. Los periódicos, ante tanto robo y desfalco, mudos y sin decir nada. Y del rey abajo, todos o casi todos participando de la misma ceremonia. -Sí. Así es. Y lo dejo ya que no hago más que molestarle. Usted ha venido a hacer fotos -dijo señalando la cámara- y yo no hago más que distraerlo y darle cháchara. Me voy por este camino. Ya nos veremos otro día. Se fue, me quedé solo, y tras mirar otra vez las fotos de la niña del patinete lleno de barro, seguí retratando flores y plantas, en espera de alguna descuidada garza. No hubo suerte. Lo intenté varias y repetidas veces. Y, al final, fui a fotografiar la verja del cementerio británico. Esta, como es obvio, no se movió ni un ápice. No se puede fotografiar todo en esta vida. Siempre hay algo que se escapa.