Mosinecos

MOSINECOS

 

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-A veces -me dijo sonriendo de oreja a oreja- creo que nuestros absurdos políticos, y los de los aledaños, serían los humoristas más grandes del mundo si sus dichos fueran graciosos, claro. No lo son, pero lo intentan, lo intentan.

-A mí ni me parecen humoristas, ni me hacen reír; todo lo contrario. Siento pena, y no por ellos sino por quienes los siguen y jalean.

-Sí, tiene razón. Como diría Larra hablando de sus intervenciones en parlamentos y senados, “Es lástima, por otra parte, que estas anécdotas no tengan gracia, porque harían reír mucho.”2

-Ahora bien -le dije llenando las copas- tampoco entiendo esa manía suya de estar a toda hora dándole vueltas y más vueltas a los políticos y a sus burradas. Creo que, en esta vida, gracias a Dios, hay cosas mucho más interesantes. Los libros, por ejemplo.

-Ya sé que a usted le molesta esta manía mía por la política. Y tiene razón, lo reconozco; pues ha llegado un momento en en cual también a mí me cansa oír tanta simpleza, tanta bazofia; y corroborar la enorme falta de inteligencia, y de educación, de tamañas personas. O de algunas, mejor dicho. No lo entiendo; pero parece ser que cuanto más tradicionalistas, más maleducados.

-Leí el otro día en un periódico, en la sala de profesores, que había venido a España esa señora que entregó su premio Nobel de la Paz, nunca mejor otorgado, a quien de verdad se lo merecía, a míster Trump, el cual ordenó bombardear una escuela con no sé cuántas niñas. Ni la pizarra se salvó. Si eso no es buscar la paz, que venga Dios y lo vea.

-Lamentable.

-Sí, lamentable. Como fue lamentable, que no sé cuántos venezolanos acudieran a jalearla, a ella y a las derechas, que están a favor de expulsar a los emigrantes o a tratarlos como ciudadanos de segunda o tercera. Es de verdaderos necios. Y todo, además, aderezado, por supuesto, con proclamas racistas en contra de sus propios paisanos.

-Me recuerda lo de aquel emigrante que votó a favor de Trump, y cuando expulsaron a su mujer, emigrante también, pidió, como si ello fuera posible, que le devolvieran el voto.

-Mire, el otro día volvió a circular una carta en la que se nos advertía a los profesores que se están cuestionando el método pedagógico utilizado en las lenguas clásicas. Yo no sólo me quejaría de eso sino también de que cada vez se estudie menos el latín, el griego, la historia, la filosofía, etc.

-Sí, es una pena.

-Se deberían leer a los clásicos, y meditar sobre ellos. Nos evitaríamos algunos problemas. Lo sucedido con esas personas, quienes jalearon a esa señora del Nobel traspasado, me recordó a Plutarco, y nada me llamó la atención. Viene a decir, y cito de memoria, que moldear el carácter y corregir la naturaleza del pueblo requiere mucho tiempo y no es nada fácil”3. Lo cual supone que el pueblo es lo que es. Y eso que en aquella bendita época no había tele.

-Dejando a los políticos de lado, la verdad a mí me dio un poco de vergüenza ajena ver a miles de emigrados jalear a alguien que está en contra de la emigración. La explicación, para mí, era que estos, los jaleadores, habían conseguido colocarse, y no querían que viniera nadie más a empujarlos y, tal vez, a ser competencia. Lo mismo de siempre: el torturado se convierte en torturador. Véase cuanto está haciendo el pueblo escogido con Gaza y Palestina.

-El fiero egoísmo humano. Aderezado, además, y ahí verá la falta de razones de algunos energúmenos, con cantos racistas. Decía Plutarco que la franqueza debe tener seriedad y buenas maneras4. No la vi por ninguna parte. Vi, eso sí, mucho odio y mucho rencor. Lo utilizado cuando no hay razonamiento ni razones.

-Es una pena. No avanzamos: vamos en círculo.

-Estos días -dije llenando las copas- he estado releyendo, buscando noticias sobre las Amazonas, El viaje de los argonautas, de Apolonio de Rodas.

-Bueno -dijo sonriendo- al final, y no me molesta, no me malinterprete, ha conseguido llevar el ascua a su sardina.

-Hasta cierto punto. Pues releyendo unos pasajes del dichoso Viaje, leí, no los recordaba, la historia de un pueblo, los mosinecos. Me acordé de usted. Y a fin de informarle bien, consulté todos los libros que tengo por casa en busca de su veracidad. Y parece que sí, que existieron los mosinecos. Hasta lucharon con Mitrídates, rey del Ponto, contra la Roma de Sila.

-¿Y qué tienen que ver conmigo esos señores?

-Cuando leí su forma de actuar, me entró la risa tonta, e inmediatamente pensé que debería usted fundar un partido políticos que llevara ese nombre, Mosinecos o Mosinecos hispánicos, S. A. Con un emblema: algo, lo que le plazca a usted, pero dibujado cabeza abajo, pues los mosinecos, al decir de Apolonio, Heródoto y Jenofonte, hacían al aire libre todo cuanto nosotros hacemos en la intimidad, y viceversa. Por ejemplo, fornicaban en la calle a la vista de todos y etc.

-Sigo sin entender muy bien qué propone.

-Nada. No me propongo nada. Se lo cuento esto como anécdota, pues me percaté enseguida, pese a mi risa, de la necedad de mi propuesta: era como inventar la gaseosa.

-A ver si lo entiendo: quería fundar un partido político que tuviera por divisa hacerlo todo al revés.

-Sí, ese era el proyecto inicial.

-Pero eso -protestó en tanto volvía a llenar las copas- ya está inventado, señor mío.

-Lo sé, lo sé. Soy consciente de ello. Ya sé que si el partido A, en el poder, dice blanco, los del partido B, en la oposición, dicen negro, y los otros, de variados colores. El nombre de mosinecos, se me ocurrió entonces, sería aplicable tanto a unos como a otros, dependiendo de dónde se hallaran en un momento determinado.

-Además -añadió- yo ni voy a fundar ningún partido político, ni a meterme en ninguno. Me gusta conservar mi independencia, y no tener que tragar con cuanto diga o deje de decir el líder momentáneo de cualquier grupo. ¡Hasta ahí podíamos llegar!

-Pues me deja usted un tanto desamparado -le repliqué no sin humor-. Pretendía, a través de su digna persona, restablecer, en la medida de lo posible, lo estudios clásicos. Con lo de los mosinecos también se me ocurrió, estaba inspirado, crear otro partido político, de raigambre clásica, por supuesto, este se llamaría Las Grayas. En plural, sí.

-Y en femenino. Iba a tener muchos seguidores.

-No olvide que de todo hay en la viña del Señor.

-Como soy un ignorante -dijo fingiendo seriedad- imagino que va a ilustrarme, y a explicarme qué o quiénes son las Grayas.

-Son tres buenas mujeres que nacieron viejas. Jamás fueron jóvenes. Son las custodias de la Gorgona. Y tienen un solo ojo y un solo diente: los van pasando de unas a otras.

-Pues pobre Gorgona, ¿no? Tener de vigilantes a tres ancianas con un solo ojo no es de ser muy inteligente.

-Evidentemente: y ver la realidad, o lo que sea, con un solo ojo tampoco es de ser muy sabio que digamos.

-Ya. Empiezo a captar su idea. No está mal. Me gusta. Pero en ese momento los monisecos nos llevarían la contraria.

-Sí; pero no les cambie el nombre, por favor: no son los monisecos, nombre poético y evocativo de la Ley Seca, sino los mosinecos. Sí, estos buenos chicos nos llevarían la contraria y montarían otro partido llamado Argos Panoptes, Argos, que todo lo ve. Y el mundo, entonces, querría saber el porqué de estos nombres, lo cual supondría, déjeme que me ría un poco, el resurgir de los estudios clásicos.

-Bueno, a mí, por lo menos, me ha dado un buen repaso. Y se ha llevado el agua a su molino, como siempre.

-Y dígame, querido amigo, ¿no es esto más interesante que las barbaridades de unos políticos y las criminales estupideces de Trump? No le digo que no haya buenos políticos, los hay, y decentes, además. Pero oyendo a la inmensa mayoría… mejor corramos un tupido velo y volvamos a Grecia. Siempre Grecia. Regresemos a los estudios clásicos.

-No se haga ilusiones. A pocos, por no decir a nadie, les interesan esas disciplinas.

-Soy consciente de ello. Estoy predicando en el desierto. Pero, en serio, no saben cuánto se pierden no leyendo a Plutarco, Luciano, Apolonio, Heródoto, Homero… En fin, no lo canso.

-No me cansa, querido amigo. Y además, hay algo que me gustaría saber, y creo que ya se lo pregunté alguna vez, pero he olvidado la respuesta: ¿cómo le dio por estudiar clásicas en este mundo tan lleno de aparatos electrónicos?

-Un día, era yo un joven de pocos años, en una biblioteca descubrí un libro olvidado en una mesa. Estaba escrito en griego. Me lo explicó la bibliotecaria cuando vino a recogerlo. Era una antología. Por supuesto no entendí nada. Pero me enamoré de las letras, de las grafías.. ¡Me parecieron tan elegantes, tan bellas! Le pedí a la bibliotecaria que me dejara el libro un rato. Me lo dejó. Y copié letras y letras durante horas y horas. Y por ellas, y solo por ellas, estudié clásicas. Luego vendrían las grandes recompensas, cuando fui capaz de entender el significado de tan bellas grafías. Amigo mío, he sido un afortunado.

-Me alegra oírlo. Mucho. Brindemos por ello y acabemos con este vino. ¿Lo aguarían los mosinecos?

-A veces llevar la contraria a todo no es conveniente, bueno ni decente.

-En el caso de hoy sí lo ha sido. Mejor hablar de todos estos personajes que ha traído usted a colación que de quienes van por ahí gritando e insultando.

-Pues sea. Por los auténticos mosinecos y las Grayas de un único ojo. Lo de que tenían un solo diente no cuadra con algunos políticos: éstos tienen mandíbulas para devorar lo propio, lo ajeno y lo que no les pertenece.

-Pobres, nunca hallarán la paz. Ni en la muerte. Vagarán eternamente en busca de prebendas y chanchullos.

-Poca materia van a hallar en el Hades.

-Igual allí se dedican a trapichear con huesos humanos para hacer cocido. Todo podría suceder.

1 Erasmo de Rotterdam, Elogio de la locura, cap. XII. Espasa libros, S.A. Colección Austral, Barcelona 1999. Traducción de Pedro Voltes.

2 Mariano José de Larra, El duende y el librero.

3 Plutarco, Consejos políticos, 3B

4 Plutarco, Cómo distinguir a un adulador de un amigo, 26E y ss.

UNETE



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