ANTÍGONA
ANTÍGONA
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Marco Tulio Cicerón, Sobre los deberes. -No te voy a descubrir nada nuevo si te digo que el teatro me gusta mucho -le dije a José Luis apenas nos sentarnos en un banquito del parque de María Luisa. -Lo sé, lo sé. La primera vez que viste una obra seria, así me lo contaste, fue poco después de regresar del viaje a Santiago de Compostela. Fuimos y volvimos en auto stop. Eran otros tiempos. -Así es. Pero ahora no voy al teatro por problemas con los oídos. Ni con audífonos ni sin ellos. Oigo muy mal. Lo mismo le sucedió a Jacinto Grau. -Soy consciente. A veces tengo que elevar la voz… -No. No se trata de elevar la voz sino de vocalizar. De hablar como se debe. Hay actores a quienes oigo y entiendo perfectamente, pero a otros, ni con trompetilla. -Pero música sí que puedes oír, ¿no? -Sí. Me pongo los auriculares y no tengo ningún problema. -Yo he sido más de la música que de teatro y de cine. -Sí. Lo sé. Y fue una pena no habernos reencontrado antes: me hubieras venido muy bien para poner la música a las obras teatrales. Monté algunas con los alumnos. -¿Las montabas con música? -En un principio no; pero conforme fueron pasando los años, iba añadiendo más y más detalles. No paraba de estudiar la historia del teatro. E iba incorporando, como podía y cuando podía, los nuevos conocimientos. Las tragedias griegas eran cantadas. A tanto no me atreví, pero… -¿Las montaste con alumnos, no? -Sí. Empecé con los de segundo, doce o trece años. Adapté para ellos algunas obras clásicas. Y terminé montando Edipo rey con los mayores, catorce, quince años. Colaboraron alumnos de otras clases; y, por fin, pude montar un coro como mandan los cánones: treinta personas. -Me hubiera gustado verlas. Ya te lo he dicho muchas veces: nos teníamos que haber reencontrado antes. O no haber perdido el contacto. Estuvimos muy poco hábiles. Pero todavía quedaba un poco de sol en las bardas. -Poco sol hubo, desde luego. Pero dejemos eso. -¿Y cómo te dio por montar obras de teatro en clase? -Quería enseñarles a los alumnos que nadie está en posesión de la verdad; todos tenemos nuestra parte de razón. Y se debe dejar hablar a todos para formarse una idea más o menos certera de las personas y sus opiniones. El teatro clásico, el griego sobre todo, me venía de maravilla para ese fin. -¿Y los alumnos entendían el mensaje? Es difícil a veces captar el sentido de las palabras de los personajes. Ha pasado tanto tiempo… -Montar la obra suponía explicarla en clase. Explicar el origen del teatro, el origen de las máscaras, de los coturnos. De todo cuanto iba aprendiendo. Hoy me doy cuenta de cuántas carencias tuve. -Hemos hecho cuanto hemos podido y más. Y no lo hemos hecho muy mal. Pero eso sí: todo es mejorable. -Desde luego. Adaptando obras para ellos, me enamoré de Antígona. Por cierto, otra de las causas de hacer teatro clásico es que podía meter a toda la clase en la obra: en el coro. -Una buena idea. ¿Y las máscaras? -Me ayudó la profesora de tecnología. Las hicieron los alumnos en su clase. Y quedaron muy bien, por cierto. Dejando esto de lado, mi interés se centraba en que llegaran a comprender a Antígona, a Edipo, y a toda su santa familia. -¿Lo hicieron? -No lo sé. Ahora bien, quien no la ha entendido han sido algunos directores teatrales chapuceros en busca de subvenciones… He visto varias antígonas, y, de verdad, algunas me pusieron los pelos de punta. En una de ellas, su suicidio consistía en subirse a un monte de cartón piedra, vestida solamente con una leve túnica roja. Un potente ventilador, escondido bajo la roca, se la quitaba y la dejaba en pelotas. Aplausos generales. Y repudio total por mi parte. El desnudo estaba de moda en aquella época. Pobre Antígona. Si era una niña... -Si el sabio no aplaude, mal; y si aplaude el necio, peor. -Pues eso. El otro montaje trató a Antígona como a una niña pija dispuesta a llamar la atención por encima de todo. -Y tú pusiste las cosas en su lugar. -Traté de hacerlo. En las clases comparé a Eteocles y a Polinices con Caín y Abel; pero, para mi sorpresa, los alumnos no sabían nada sobre estos personajes bíblicos. -El teatro te dio para mucho. -Sí. Para más de lo esperado. No hacía sino crear dudas y problemas. Tener razón ya no les resultaba tan fácil. -Tal vez la buena educación consista en eso. Un profesor de magisterio nos decía que en los diálogos de Platón, tras páginas y páginas en busca de una definición de la belleza, la virtud o lo que sea, esta siempre se queda en el aire. -Sí. Así es. Y eso trataba yo de hacérselo ver a los alumnos. Por ejemplo, cuando Edipo lanza la maldición a sus hijos, les dice que la ciudad de Tebas debe ser gobernada por ellos de forma alterna: un año Eteocles y otro Polinices. Cuando finaliza el año, Eteocles se niega a entregar el poder a su hermano, y este ataca la ciudad con un ejército prestado por su suegro. Los dos hermanos mueren el uno a manos del otro. ¿Quién es el malo de la película? Por recurrir a una terminología clásica. Para mí, en contra de casi todos, es Eteocles: se niega a cumplir el mandato paterno. No entrega el poder como estaba estipulado. -Pero, hombre, recurrir a la violencia… ¿No hubiera sido mejor renunciar al trono y marcharse a casita? -Sí. Yo también lo he pensado. Como dijo quien no quiso participar en la conjura en contra de Julio César, vale más una mala monarquía que una buena guerra civil. Pero, cosas de la época: Aquiles prefería una vida gloriosa y corta a una larga y anodina. Aquiles debe de estar disfrutando mucho de su gloria allá en el Hades. Menuda tontería. Y los hijos de Edipo decidieron matarse. -Eso creo yo. Otra necedad. -¿Te parece bien entonces afirmar que ni Eteocles ni Polínices tenían razón? Para mí el culpable fue Eteocles. ¿O acaso no es violencia no cumplir con lo ordenado por el padre y no querer compartir el poder con su hermano? -Sí. Es violencia. Visto así, tienes razón. -No, yo no, Antígona. Si Eteocles es digno de sepultura, y quedar insepulto para un griego era un terrible castigo, también el otro hermano es digno de los rituales y del enterramiento. Sin olvidar el mandato divino de no dejar insepultos los cadáveres. Y ahora viene el problema de la tiranía. Creonte, el nuevo rey de Tebas, que, además, es tío de ambos contendientes, y de Antígona y de su hermana Ismene, manda que el cadáver de Polinices quede insepulto por haber atacado a la ciudad. -¿Y qué consigue con semejante despropósito? -Esa fue la pregunta que me planteó una buena alumna. Y entonces en clase se montó la de dios es cristo: del supuesto castigo ejemplar se pasó a hablar de la pena de muerte, y ¡dios! aquello se me iba de las manos. -Debió de ser muy interesante. No se te dormiría ningún alumno en clase. -Uno protestó aduciendo, con toda la razón del mundo, que todo eso no iba para examen, ni se lo iban a pedir en la prueba de selectividad para acceder a la universidad. Y, por lo tanto, debíamos volver al redil. Sus padres, apoyando a su hijo, se quejaron a la dirección. -Los límites de la educación. Yo, con los niños pequeños, no tuve esos problemas. Lo mío, y me harté de discutirlo con mis compañeros, era la metodología a seguir. O los proyectos, nunca cumplidos porque cada uno tiraba para casa. Y todos tenían razón. Y las casa se quedó por barrer. ¿Quién no va a tener razón en esta vida? -Muchas personas. Creonte entre ellas. Creonte es un necio, y actúa como tal. ¿Qué sentido tiene dejar un cadáver insepulto para pasto de los perros y de los buitres? ¿No es una crueldad excesiva y sin sentido? -Y además nada higiénico. -Su mismo hijo, Hemón, prometido de Antígona, para más señas, le advierte en contra de su sentencia. Utiliza una imagen que se ha hecho famosa: cuando viene una riada, los grandes pinos son arrastrados por la corriente; en cambio, las cañas o los juncos se inclinan ante la fuerza de las aguas, y pasada la riada recuperan la esbeltez y siguen con vida. La flexibilidad. La defensa de Creonte ante su hijo es un tópico: ¿Cómo se atreve un muchacho imberbe a decirle a todo un rey cómo debe de actuar o gobernar? La razón no es cuestión de edad, replica Hemón. -Eso haría las delicias de los alumnos: ya tenían razones y palabras para oponerse a sus padres. -Sí. Máxime cuando les dije que Creonte no da su brazo a torcer y condena a muerte a Antígona. Pero no atreviéndose a derramar sangre, manda enterrarla viva en una caverna. Y allí se ahorca la muchacha, allí se suicida Hemón, su novio, y allí Creonte se da cuenta, tarde, como siempre, de las grandes necedades cometidas. ¿Qué te parece? -Que es tarde y deberías ir a comer algo. Y que todo esto se podía haber evitado. Pero entonces, no tendríamos tragedia. Ahora bien ¿ha servido para algo? -Tal vez para discusiones de eruditos -dije levantándome y comenzando a caminar en busca de un lugar donde yantar-. Por desgracia ni han cesado las guerras, ni van a cesar. Si algunos mandamases no fuesen tan burros, y supieran leer, deberían estudiar Antígona hasta sabérsela de memoria. ¿Tú crees? Ni aún así dejarían de ser como son. -Sí. Seguramente tienes razón. Nada de eso me impide amar a Antígona.1Marco Tulio Cicerón, Sobre los deberes, I, xxvi. Alianza Editorial, Madrid 2008. Traducción de José Guillén Cabañero.