. Provienen de una civilización milenaria que ha
sabido defender su territorio y su cultura. Sobre la base de inventos, batallas
y conquistas, China es uno de los países más complejos de explicar y más
enigmáticos para nuestra visión. Es una sociedad antigua en sus tradiciones
pero pragmática y moderna en sus decisiones, sobre todo en cuanto a la
economía: en las últimas tres décadas este país ha tenido un crecimiento
económico promedio del 10%, ha renovado su modelo de desarrollo y ha invadido
con sus productos de bajo precio a todo el mundo. El fenómeno chino es para
muchos un prodigio y para otros una amenaza para las frágiles economías que no
tienen posibilidad de resistir un nivel de competencia demasiado elevado.
Resulta muy
difícil lograr una explicación completa de este complejo país que tiene más de
1.300 millones de habitantes. Pero más allá de sus peculiaridades ancestrales,
el gigante asiático ha logrado un crecimiento económico sin precedentes que lo
ha llevado a superar a Japón y a ubicarse como la segunda potencia en generación
de riqueza, sólo por debajo de Estados Unidos. Los mercados entran en crisis,
las economías emergentes tienen altibajos, las potencias se debilitan, pero
China mantiene un paso tan firme que, como una ironía para los países pobres,
un incremento del PIB del 8.5% al año… ¡se considera una desaceleración!
Con casi 800
millones de personas en condiciones de trabajar, la mano de obra abundante y
barata es un recurso contra el que ningún país puede competir. A esto debemos
sumarle la verdadera devoción que tienen los chinos por el trabajo, que hace
que puedan dedicarle a cualquier oficio un promedio de tiempo superior a los
demás. Esto se refleja en el nivel de productividad más alto del mundo: el
volumen de producción en cualquier rubro industrial es sencillamente
incomparable.
Ropa, productos
electrónicos, juguetes y manufacturas diversas empezaron a invadir, a inicios
de los 90´, los mercados latinoamericanos, en los que aprovecharon una
convergencia de factores: los bajos costos de los productos chinos eran
demasiado atractivos para nuestras poblaciones empobrecidas y con grandes
carencias. Es así que se quedaron con más de la mitad del mercado de la ropa,
impusieron a la electrónica la etiqueta de “hecho en China” y desplazaron a
nuestros productos poco competitivos.
Un hecho
llamativo es el viraje que hicieron en su concepción de su modelo en los
últimos años: de una dependencia de las inversiones y las exportaciones, han
empezado a volcarse hacia el mercado interno, incentivando el consumo. Y aunque
todavía tienen al 60% de su población viviendo en zonas rurales, con 150
millones de personas que viven con un dólar al día, el tamaño del mercado
interno hace que sea mucho más atractivo que las exportaciones a países
relativamente pequeños.
Y detrás de
estos indicadores, hay una verdadera fábrica de generadores de riqueza. China
tiene niveles de exigencia muy altos en materia educativa, a tal punto que los
niños pueden pasar horas y horas estudiando, haciendo de la instrucción su
verdadero oficio. Hoy este país tiene 6 millones de graduados por año y empieza
a tener problemas para emplear a su gente, lo que genera una competencia feroz
y deriva en que cada profesional debe ser muy bueno para poder ocupar un puesto
de relevancia.
Aunque no
podemos ni siquiera aspirar a imitar el modelo chino (entre otras cosas porque
también implicaría adquirir muchos de sus males), hay elementos que podríamos
tomar para mejorar nuestras economías. Mientras en América Latina nos cuesta
hacer que un estudiante le dedique tiempo a la lectura de una novela o un libro
de ciencia, un chino estudia doce horas por día y sabe que su futuro depende de
la capacidad que tenga de sobresalir en la universidad.
Tenemos que
buscar elementos diferenciales en nuestra manera de encarar la economía. Hay
que mejorar la productividad y la calidad de mano obra para diferenciar nuestra
producción y poder basarnos en elementos competitivos distintos al volumen y el
precio. Apostar por la innovación y la calidad de lo que hacemos sería una buena
fórmula ante el avance de lo masivo y barato. Más que nunca, necesitamos
talento, visión, inteligencia y educación.