LIBROS Y EDUCACIÓN
LIBROS Y EDUCACIÓN
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Luciano de Samósata, Contra un ignorante que compraba muchos libros. Aquel domingo decidí invitarlo a comer. Hacía buen tiempo: ni frío ni calor. En la ciudad se estaban celebrando unas ruidosas y concurridas fiestas, así que aproveché la ocasión para ir a un restaurante sito en la montaña, lugar preferido de un viejo amigo ya desaparecido. Al igual que cuando iba con él, estaba vacío. Pudimos hablar, en un comedor con amplios ventanales dando a unas ingentes montañas, sin ser molestados por estallidos de carcajadas ni impertinentes gritos de alegría. A lo largo del viaje fuimos haciendo comentarios sobre el paisaje. Ya en el comedor, con la botella de vino ante nosotros, comenzó la verdadera conversación. -He leído un par de noticias, en dos diarios distintos -comenzó-. Se dice en ellos que la mayoría de los libros, depositados en las estanterías y en las repletas mesas de la librerías como novedades, se van tal como entraron: no se venden -dijo en tanto esperábamos nos sirvieran el primer plato. -No me extraña -le contesté-. A mí me marea, cuando voy a la librería, ver tanta novedad, tanto y tanto libro. Y no sé porqué, además, cada vez son más voluminosos. -Sí, es verdad -asintió sonriendo y llenando las copas-. Se parecen mucho a esas series de televisión: las alargan tanto que, al final, pierden todo tipo de interés. Y nunca se sabe muy bien quién mata a quién y por qué lo hace. -En innumerables ocasiones le he recordado la máxima griega, siempre repetida por Calímaco de Cirene, μέγα βιβλίον μέγα κακόν. Un libro grande es un mal grande. -No le faltaba razón al tal Calímaco. A veces leyendo uno de estos librotes me da la impresión de ver al autor, sumergido bajo el agua, diciendo que es capaz de aguantar más y más sin respirar. Y al final quien no aguanta es el lector. Más de un libro he cerrado a mitad sin terminarlo, harto de leer tanta simpleza. ¿Le ha pasado a usted lo mismo? -No. Pero, claro, yo hago un tipo de lecturas distintas a las suyas. Usted lee mucha novela, y yo ninguna. Me alimento de libros de historia y de filología. Y también hay alguno farragoso, no se crea. -Sí, al final resultará aquello de en todas las casas se cuecen habas y en mi casa a calderadas. -Bueno -dije atacando ya el primer plato de aquella excelente comida- siempre nos queda el sentido crítico, y las críticas. -De su sentido crítico nada tengo que decir. Ahora bien, de las críticas y de los críticos… algunas son deleznables. Y muchos también. -Pues le recomiendo la vuelta a los clásicos: en ellos encontrará concisión, buen decir y ejemplos a seguir. Y de paso le recuerdo, y no lo olvide nunca, que el libro es un negocio como otro cualquiera. -Un insigne librero me dijo en cierta ocasión -apuntó dejando la cuchara a mitad de camino entre el plato y su boca- que el rugby es un deporte de bestias jugado por caballeros, y el libro es un negocio de caballeros llevado por bestias. -Muy ingenioso. Por mi parte le puedo decir que muchos libros de filología, importantes, no se traducen porque los íbamos a comprar tres o cuatro personas. Tan importante, pues, como estudiar latín y griego, es estudiar alemán, inglés y francés. La publicación de esos libros no es rentable. Debemos ir al original. -¿Lo es acaso la publicación de estos noveloncios que ocupan mesas y mesas en las librerías llenándose de polvo? Una vez tuve curiosidad, y le pregunté a una dependienta, tenía cierta confianza con ella, quién compraba tamaños librotes. Me confesó que nadie, o prácticamente nadie. -¿Y entonces por qué se publican? -No lo sé. Deberíamos hablar con algún editor. Pero está claro, por otra parte, que a estos mazacotes, no a todos, les hacen cierta publicidad. Eso supone más gasto, más dinero. ¿Y es rentable? -No tengo ni idea… -Luego, en esas mismas librerías, al cabo de un tiempo, te encuentras los mismos libros en la sección de rebajas o libros descatalogados. Por cinco euros te puedes llevar una colección completa. -No ha funcionado la crítica entonces. -Yo sí piqué en un par de ocasiones. Pero me ha sucedido con los libros lo mismo que me sucedió con el cine: cuando una película aparece anunciada, una y otra vez, en la televisión, puede estar seguro de que no vale nada. A veces en el móvil me llegan críticas de “el mejor western de todos los tiempos”, “la mejor película bélica jamás rodada”, “el romance de toda una época”, etc, etc. Paparruchas. Todo mentiras sobre películas infumables. -Imagino que les pagarán bien a esos críticos. Con lo cual se acrecentará el precio del libro. -No creo que les paguen muy bien. Al fin y al cabo cualquiera puede pergeñar las tonterías escritas por ellos: no hace falta saber mucho ni de cine ni de literatura, ni de nada. -Es es el problema: hablar de todo ignorando hasta el propio nombre. -Es lo mismo -dijo sonriendo tras haber probado las crujientes patatas acabadas de servir- que sucede con los políticos. Permítame hablar de ellos. -Adelante. No se prive. -Si las críticas de cine y literatura son pésimas, oiga usted a la oposición hablar en favor de la guerra, y verá la cantidad de necedades, estupideces y sin sentidos que son capaces de soltar en cinco segundos. Sin sonrojarse siquiera. -Me hace gracia -le respondí a fin de no ponerle cortapisas a su tema favorito- el que salga alguien, de un determinado partido, diga una memez, y a continuación salgan en tromba todos sus conmilitones soltando lo mismo, pero aumentado y corregido. ¿No hay sentido crítico en esos conventos? -No, no lo hay: funcionan por consignas. Y ya le hablé, hace algunos días, de la teoría de la estupidez de Bonhoeffer. Parece como si pertenecer a un partido político fuera pertenecer a una secta: todos repiten la estupidez del supuesto líder, el gran estúpido asentado en la cúspide. -Estamos apañados. -Miedo me da que estos mediocres lleguen al poder. No por lo que puedan hacer, que también, sino porque supone que millones de personas son tan necios y mediocres como ellos. -A mí -le dije intentando disimular mi poco interés por el asunto- es lo maleducados que son lo que me llama la atención. Y lo poco respetuosos. Y no le hablo de un militante cualquiera, sino de los jefes, o incluso del presidente de los Estados Unidos. Usa un lenguaje barriobajero, chulesco. Indigno. -Cuando yo era un niño -recordó con un toque de melancolía- mis padres, por Reyes, me regalaron un libro titulado Educación y mundología. Lo leí con verdadera pasión, se lo aseguro. Y traté de poner en práctica cuanto allí se decía. Al menos, algunas cosas: masticar con la boca cerrada, limpiarme los labios antes y después de beber, ceder el asiento a las personas mayores, taparme la boca al bostezar, no interrumpir a nadie mientras habla, etc, etc. Y no insultar a nadie, por supuesto. -Pues tal vez debería mirar si el libro ese todavía se publica; y, si es posible, hacérselo llegar a alguno de nuestros eximios políticos. -¿Para qué? No lo iban a leer. Pues leerlo y aplicarlo sería perder sus esencias. -¿Tan maleducados somos en este país si son esos quienes nos representan? -No sabría decirle. Eso, dado su trabajo, está usted en mejores condiciones para contestarlo. Le puedo contar que, un domingo, yendo con un primo mío y sus amigos, cuatro o cinco años mayores que yo, se rieron de mí por el dichoso libro. Ellos estaban ocupados con libros de sexualidad. Y, claro, aparecía yo con la educación y la mundología. Cosas de críos. ¿Qué le parece? -¿Qué quiere que le diga? Ya no le doy ninguna importancia, me he resignado ya; pero estoy harto de aguantar las puertas del ascensor abiertas, que entre un o una vecina, y sea incapaz ya no de dar las gracias, sino hasta de saludar. Parecemos animales. -En la finca tenemos unos cuantos. No se lo voy a negar. -¿Y en el país? Porque viendo y oyendo a algunos eximios políticos, apaga y vámonos. -Se lo diré cuando haya elecciones: si ganan unos estará claro; y si ganan los otros, no tanto. Y tras tan estupenda comida -me preguntó dejando la servilleta sobre la mesa y levantándose- ¿podríamos dar un breve paseo por estos magníficos campos? -Por supuesto. Después del café. Y sin más, tras pagar, salimos a un camino de tierra y comenzamos a caminar sin rumbo determinado. El campo era una pura fragancia.