NOSTALGIA
NOSTALGIA
. Y cuanto más los quisimos, más sangre beben1.
Nikos Kazantzakis, Zorba el griego. -No creo -me dijo sentándose en un ángulo de la cama en tanto yo deshacía la maleta- que esa idea del alcalde de Sevilla vaya a prosperar. Me refiero a cobrar por visitar la plaza de España. -Te recuerdo, querido amigo, que no hace mucho nos cobraron a nosotros por pasar por un camino de montaña, con puentes colgantes; por ir a un lago de secano, con ninfas en minibikinis dando grititos cuando les salpicaba el agua; y a otro lleno de patos y musgo. En plena montaña. -Pero en dos de las ocasiones nos libramos de pagar -me repuso sonriendo. -Por madrugar una vez y por ser jubilados las otras. Ventajas de la sana vejez. Ahora bien, como sigan así, dentro de poco nos cobrarán hasta por respirar. Jubilados incluidos. Esto de viajar empieza a dar un poco de asco. Es como si el viajero llevara un cartel en las espaldas con una advertencia: “Estáfeme, por favor” o “Cóbreme por caminar y desgastar su asfalto”. -Nunca imaginé que cobraran por entrar a ver una catedral o una iglesia. Me molesta. Me molesta, en serio. Me molesta. No dejo de recordar la parábola de Jesús expulsando a los mercaderes del templo. Aunque la gente no entre allí a rezar. -Algún creyente queda. Tú ibas a misa estuviéramos donde estuviéramos. -¿Te molestó? Nunca te quejaste. Y te lo agradecí. Mucho. -No. No me molestó. Procuro ser tolerante con esas cosas. Me enfadé aquel día en Girona, eso sí, porque la misa terminó tarde, te empeñaste en salir de la ciudad, no encontramos ningún sitio donde comer; y yo, muy hambriento tras estar toda la mañana subiendo y bajando escaleras, me puse de malhumor. Me enfadé contigo. Lo siento. -No te preocupes. Olvidémoslo. -Olvidado está. -¿Y qué tal el viaje actual? -Muy bien. Muy divertido. -¿Has conocido a alguien en el tren? -No. Ni he conocido a nadie, ni he hablado con nadie. Esta vez he tenido suerte, y me han colocado al lado de la ventanilla. He podido ver el paisaje. E imaginar viajes y caminatas. -Aquello se terminó. Como todo en esta vida. -Sí. Pero lo pasamos muy bien. Incluso cuando no estabas... Se me ha quedado grabada en el alma aquella mañana de domingo en Sevilla. No viniste. Te aconsejaron no viajar... Salí del hotel muy pronto. Tenía una entrada para Itálica. Visita guiada. El hotel estaba muy lejos del centro, pero al lado de un hospital. Se buscó así para que te pudieran atender. -No era necesario. Debía ir a un centro específico. -Entonces no lo sabía… Salí muy pronto del hotel. No había nadie por las calles. Pese a mi sempiterno temor a perderme, di enseguida con la parada del autobús, y no tardé mucho en llegar al centro de la ciudad. -Me hubiera encantado acompañarte. No te lo voy a repetir. -Allá por donde iba no hacía sino dialogar contigo o con ella, o con Pilar, con mi primo... -Seguro que nos has atribuido parrafadas que ni se nos han pasado por la cabeza. -Sí. Es cierto -le confirmé sonriendo-. Y también recordé, durante aquel trayecto, algún chiste de los muchos que me contaste. Eran bastante malos. Al menos a mí no me hacían nada de gracia. -Yo tenía un profesor en magisterio que siempre nos decía lo mismo: “os voy a contar un chiste. Es muy malo, pero ilustra de maravilla cuanto estoy explicando”. -Bueno. Como dijo alguien, justificaciones las hay hasta para un crimen. O para cobrar entradas por acceder a una iglesia o a una plaza o por cruzar un paso de montaña. ¿Eso no lo hacía ya la vaquera de la Finojosa? -Sí. Y la vaquera aquella del Arcipreste. Y la nuestra ¿Te acuerdas de ella, de la moza, sentada bajo una una sombrilla, que nos cobró por pasar por aquel camino? Llevaba a un lago poblado de ninfas provincianas. Te faltó tiempo para apuntar su falta de gracia y salero. Te recordó a la fea vaquera del Arcipreste que le quiere cobrar en carne por pasarlo por un río a pie enjuto. -Sí. Me acuerdo. -No fuiste muy piadoso con tus comentarios. Te seguí la corriente, pero no me gustaron nada. -Me di cuenta. Supe que te estaba molestando con mis palabras. Pero me pudieron mis ganas de sarcasmos e ironías. -Te despachaste a gusto. Eso quedó claro. Y cambiando de tema, ¿Qué es lo que te ha hecho este viaje tan divertido? -Un libro. -Conociéndote, no sé cómo se me ha ocurrido preguntártelo. -Todos tenemos un día tonto. No seas muy duro contigo. -Vale. Gracias. Cuenta. -Sabes que me gustan mucho las tiendas sitas en los museos y lugares parejos. -Sí, lo sé. A veces pasabas tanto tiempo en las tiendas como en los susodichos museos. -No exageres. Pero vale, de acuerdo. En el de Mérida me compré un libro. Quería llevarme algún recuerdo tangible de la ciudad. Tenían poca cosa. Me llevé el susodicho libro. Lo he leído ahora, en este viaje. Y no he dejado de sonreír o de enfadarme en tanto lo hacía. No estoy de acuerdo con casi nada de cuanto dice su autor. Sobre todo con sus afirmaciones sobre Antígona2. Cuando vuelva a casa, volveré a leer el dichoso libro, y lo subrayaré todo. -Por lo menos te ha alegrado el viaje. -Sí. Es cierto. Me ha hecho gracia ver cómo forzaba las situaciones para llevar el agua a su molino. Tal vez eso lo hacemos todos, pero con un poco de gracia y de salero. Disimulando un poco. Este autor carece de esos aditamentos. Insiste por el contrario, a lo largo de las páginas, en la idea del pacto a fin de evitar la confrontación entre contrarios. Una cosa de rabiosa actualidad eso de los pactos. Ahora bien, no sé qué pacto iba a establecer Antígona con Creonte: ¿enterrar medio cuerpo de Polinices y dejar otro medio sin enterrar? Me parece un puro simplismo. ¿Dejar el cuerpo de su hermano sin enterrar? Es contrario a la ley divina, defendida por Antígona. ¿Enterrar el cuerpo? Eso lo pide Antígona desde el principio. El autor del libro no se enteró de nada, del fondo de la cuestión. De ahí sus afirmaciones tan simples cuando no anacrónicas, y mi risa. -¿En eso ha consistido la diversión? Bueno, es cierto -dijo sonriendo-. A veces, en clase o en el patio, yo me divertía mucho con los comentarios de los niños. Tenían su lógica. Como aquel que me dijo que yo no tenía mamá porque no venía a buscarme al cole. -Sí. Tiene su lógica. Ahora bien, como decía Plinio, y repitió Cervantes, no hay libro malo que no tenga algo bueno. Y este libro dedica un capítulo a la nostalgia. Me ha gustado dicho capítulo. Nostalgia es una palabra derivada del griego, y perdona por volver a sacarlo a colación. -No, no. Sigue. Explícalo. -Proviene, lo dice el autor de dicho libro, y es cierto, del griego νόστος (nóstos) y ἄλγος (álgos, "dolor"). Un neologismo inventado en 1678 por el médico Jean-Jacques Harder.3 Y esa nostalgia me ha traído de nuevo a Sevilla. -Lo pasaste muy bien en aquel primer viaje. Pese a mi ausencia. -Al menos estabas vivo. No así ellas… Se me ha quedado grabada la mañana del domingo cuando salí del hotel, muy lejos del centro, en busca del parada del autobús. No había nadie por las calles. Fue un trayecto nostálgico, triste. Con mi sempiterno miedo a perderme. Y no sé porqué esa mañana es la que se me aparece una y otra vez cuando rememoro mi estancia en Sevilla. -Bueno, también te acuerdas de Itálica. Y de la casa de Susana, la fembra fermosa. Iremos a Itálica, ¿no? -Sí. Iremos. Iremos. Y allí te recitaré el poema del emperador Adriano, animula blandula… Pero antes hemos de coger el autobús, ir a la puerta de aquel hotel, y hacer el recorrido de aquella mañana llena de nostalgia. -Nadie nos va a cobrar por eso -apuntó sonriendo. -No. Nadie nos va a cobrar por la nostalgia ni por salir a buscarla. Y es cierto, y volvemos al libro, lo que dijo Heráclito: nadie entra dos veces en el mismo río. Ni nadie tiene dos veces la misma nostalgia. Mi nostalgia ya no reside en la vuelta a Ítaca, a mi pueblo… En cada viaje hay una Ítaca nueva, distinta. Aunque ahora se repite una otra vez la misma: nostalgia de cuantos os habéis ido y ya no estáis aquí. Me habéis dejado tan solo que la nostalgia me matará. Ella, tú, mi primo, Pilar… Y también iremos a la calle Sierpes, llena de nostalgia. Allí hay una librería, levantada sobre antiguo teatro, donde casi me da el infarto: encontré un libro leído en la red, pero buscado, en papel, durante mucho tiempo. El autor de Sabiduria antigua… no lo conoce, y no está muy acertado cuando habla de los sofistas. Es un libro de Jacqueline de Romilly, Los grandes sofistas de la Atenas de Pericles. -Deberíamos salir a tomar algo -dijo José Luis intentando desviarme de mis obsesiones-. Y ver si la oficina aquella está abierta. Si es así, por favor, saca la entrada para Itálica. -Vamos a comprobarlo. Pero antes, mañana, iremos a aquel hotel a hacer la ruta de la nostalgia y de la melancolía… ¿Sabes? Hace años quise venir con ella. “En Sevilla no hay románico”, me dijo entonces justificando su negativa. “¿Y sabes por qué no hay románico? Porque estaban los moros”. Yo no desdeño a los moros; pero buscaba Itálica. Antes y ahora. Y jamás fui con ella a Itálica. Ni con Pilar, ni con mi primo, ni contigo. -Mañana iremos todos juntos. Oye, Itálica e Ítaca. Casi casi lo mismo. ¡Qué casualidad! -Imagínate la sorpresa de la señorita que me atendió cuando le pedí el horario de autobuses para ir a Ítaca. Por la cara que puso me percaté de mi error… Itálica, quería decir, perdón. Itálica, repetí para evitar más confusiones. Itálica. Itálica. 1.Nilos Kazantzakis, Zorba el griego. Ed. Acantilado. Barcelona, 2015. Traducción de Selma Ancira.2Antígona es hija de Edipo. Cuando regresa a Tebas, tras la muerte de su padre, se encuentra con la ciudad devastada por la guerra. Edipo dispuso, la maldición paterna, que cada año la ciudad fuera gobernada por cada uno de los hermanos, Eteocles y Polínices. Pero Eteocles se niega a entregar el poder al expirar su año, y su hermano, con un ejército, lo ataca. Ambos mueren el uno a manos del otro. Y el nuevo rey, Creonte, decreta que Polínices no sea enterrado. Un castigo terrible para un griego. Antígona se rebela contra dicha ley, que, por otra parte, es una ley natural. No escrita. Entierra a su hermano y es condenada a muerte. Encerrada en una gruta. Antecedente de Julieta.3Mauro Bonazzi, Sabiduría antigua para tiempos modernos. Madrid, 2020. Alianza editorial. Traducción de Carmen Sáez Díaz. El capítulo 2 es el dedicado a la nostalgia.