Subrayados

SUBRAYADOS

 

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Jordanes, Origen y gesta de los godos.

Temiendo molestarlo si bajaba a su casa, cansado de leer y traducir, me dediqué a arreglar algunas estanterías de mi habitación: consultando varios libros de aquí y de allá, los había amontonado, luego, de cualquier forma y manera. Una necedad, pues en caso de volver a necesitarlos, me sería costoso dar con ellos. Aproveché para catalogarlos en otro orden. Y en esas estaba cuando sonó el móvil. A esas horas, solo podía ser mi vecino. Sí, bajaría enseguida a charlar un rato con él. Los libros podían esperar.

-Hoy he tenido un día de vagancia total -me dijo con cara de circunstancias alargándome la botella y el sacacorchos para corroborarlo.

-¿Qué ha pasado? -le pregunté descorchándola.

-Desde que me he levantado esta mañana de la cama, tarde por cierto, ni he hecho nada ni tenía ganas de hacer nada. Aun así he leído un poco, muy poco; y he salido a caminar, pero he tenido que regresar con toda premura a los pocos pasos: no podía con mi alma. No sé si debido al cambio del tiempo, a la vejez, cada día más presente, o a todo junto y al mismo tiempo, pero he sido incapaz de hacer el más mínimo esfuerzo en todo el santo día.

-De vez en cuando va muy bien darle un descanso al cuerpo; dejarlo tumbado a la bartola -dije tras probar el vino.

-Mi madre siempre me decía que el cuerpo es muy señor: cuanto más le das, más quiere.

-Ya sabe lo que pienso yo al respecto, traducción del oráculo de Delfos: “Nada en demasía”.

-Eso me llevó a una pequeña discusión con la enfermera del ambulatorio: se empeña la buena mujer en que no permanezca sentado. Que me mueva. Y que tampoco esté de pie, pues es contraproducente para la lumbalgia. ¿Cómo leo entonces? ¿Como estudio? Ya sé que Proust escribía en la cama. Ignoro si eso será saludable, pero en la cama soy incapaz hasta de leer o de oír música.

-A mí -le dije llenando las copas- tampoco me gusta leer en la cama. Necesito una mesa, un lápiz, una libreta y varios artilugios más. Sin ellos parece que la lectura no es tal. Me gusta tomar notas y subrayar los libros.

-La primera vez que leí un libro subrayado, me molestó -dijo tras apurar su copa-. Me lo prestó un amigo. Me enfadó al principio. Luego me pareció interesante: era, merced a los subrayados, como hacer una doble lectura. Por una parte el texto en sí, y por otra los párrafos subrayados. ¿Por qué los había marcado así mi amigo? Había subrayados que, desde mi punto de vista, no tenían ningún sentido.

-Lo tendrían para él. Tal vez esos subrayados se relacionaban con otros subrayados de otros libros.

-Eso pensé en aquel momento. Aunque no había ninguna referencia a ningún libro o apunte.

-En mis subrayados sí que las hay: ya no confío tanto en la memoria como hace algún tiempo. A veces me cuesta mucho dar con una referencia o un historia vagamente recordada. Tomo nota de cuanto me interesa…

-La memoria no es muy de fiar -apostilló llenando las copas.

-Es cierto. Y lo malo es que, a menudo, cuando se recupera, no vale la pena nada de lo recuperado: se ha acrecentado en la cabeza lo semiolvidado; pero vueltos a la realidad, es una pantomima.

-La vida misma.

-Sí. El otro día estuve releyendo la historia de las Amazonas. Me encontré con un párrafo de Heródoto, subrayado, en el cual cuenta que los guerreros escitas estuvieron combatiendo durante mucho tiempo lejos de sus hogares. Sus mujeres acabaron conviviendo con los esclavos. Y cuando aquellos regresaron, estos salieron a hacerles frente2.

-¡Ay, las bonitas y agradables guerras! -exclamó sonriendo-. Yo también he visto alguna que otra película en la que el joven guerrero, que está derramando la sangre por su patria, recibe una carta de su mujer en la cual le comunica que está viviendo con su antiguo novio del instituto, y le pide el divorcio.

-Hay que cuidarse de las guerras. Pero, claro, quienes las declaran se quedan en casa con sus mujeres… El párrafo de Heródoto me hizo recordar la historia de Clitemnestra, Egisto y Agamenón. Los subrayados del libro de Heródoto remiten a varias historias similares o parecidas, igualmente subrayadas. Agamenón está ante los muros de Troya disfrutando de la guerra y de las esclavas capturadas. Su mujer Clitemnestra, mientras tanto, en Micenas, goza de las caricias de Egisto; y entre los dos matan a Agamenón cuando regresa este, triunfante, con más esclavas, Casandra entre ellas. Electra, la histérica hija de ambos, pone el grito en el cielo clamando venganza por la sangre derramada de su padre Agamenón. A la pobre Casandra ni la nombra. La historia de Casandra, subrayada, se mezcla con la de su cuñada Andrómaca. Igualmente destacada...

-El destino de las mujeres en la guerra.

-Peor que la muerte. Se me pone la piel de gallina cada vez que recuerdo a Andrómaca. Muerto su marido Héctor a manos de Aquiles, ante los muros de Troya, y asesinado su hijo Astianacte, por Neoptólemo, el hijo de Aquiles, quien lo lanza desde las murallas de la ciudad, es entregada a aquel como botín de guerra. Y como concubina del mismo, asesino de su pequeño hijo, concibe con él tres hijos más. ¿Qué sentiría la pobre Andrómaca ante tal cúmulo de desdichas? ¿Que sentiría en los brazos de su amo la vieja princesa de Troya recordando al llorado Héctor y al hijo de ambos? ¡Dios! Debió de ser terrible. ¿Se lo imagina?

-Esa es la parte de las guerras que pocas veces, por no decir ninguna, se nos ha contado.

-Salvo para exaltar la fidelidad de alguna mujer. Penélope en este caso. Ellos, igual que Heracles, volvían con concubinas, esclavas, a casa. Odiseo por el contrario, vuelve solo; pero de regreso a Ítaca, concibe a Telégono tras un año de convivencia con la maga Circe en su isla. Penélope mientras tanto se mantiene casta, con la virginidad floreciéndole de nuevo, rodeada de pretendientes en su propio palacio de Ítaca.

-Curioso.

-Y para que vea cómo avanza la sociedad, siglos más tarde, en una comedia de Aristófanes, Lisístrata, las mujeres ya no son infieles a los maridos, que están en guerra con los vecinos, sino que plantean una huelga sexual: nada de concederles sus favores cuando estos vuelvan de permiso, es un decir, de las trincheras. Y así, de de esta forma, con los rijosos maridos convertidos en castos angelitos a la fuerza, consiguen que se firme la paz.

-Hace años -apuntó llenando de nuevo las copas- que esa hambre se sacia con violaciones de todo tipo. Y tal vez es de lo que menos se habla en las guerras.

-Tiene razón. Ahora bien, hay un relato paralelo, pero inverso, es decir los hombres rechazando a sus mujeres, en El viaje de los Argonautas, de Apolonio de Rodas3. El motivo es porque los hombres, de regreso de la guerra, acompañados por sus concubinas, rechazaron a sus legítimas esposas. Estas tomaron venganza asesinando a sus maridos y a sus concubinas. Lo cual, al parecer, las convierte en cuasi amazonas, pues a partir de ese momento crearon una sociedad ginecocrática donde vivían, en la isla de Lemnos. Y tuvieron que requerir de amores a los argonautas, de paso hacia la Cólquide, en busca del Vellocino, para que la bella isla de Lemnos no quedara despoblada. ¿Qué le parece?

-Interesante.

-Además, tuvieron suerte de no tener a ninguna Electra por allí clamando venganza.

-Y dígame ¿por qué no escribe un tratado o algo similar contando estas cosas? -preguntó todo interesado.

-Porque no me apetece nada; y, además, no iba a servir de nada.

-No sea tan negativo.

-Es cierto. Por lo menos ha servido para subrayar la importancia de los subrayados, y para pasar una media hora agradable. Sin hablar de política, que es lo que tanto le gusta a usted.

-Tiene razón. Y sí, me hubiera gustado comentar algo sobre la guerra de Irán.

-¿Y qué quiere comentar? Ahí tiene a un paleto, el rey de los mediocres, junto con un asesino, lanzando bombas sobre un país que ningún daño le ha hecho. Y destruyendo montañas que la Naturaleza ha tardado siglos en crear.

-Sí, pero ese paleto mediocre es el presidente de uno de los países más poderosos del mundo. Y el otro...

-Y seguramente estará a la orden de muchos intereses. Lo mantendrán en el poder mientras les sea útil.

¿Usted cree? Lo ha votado mucha gente. Tan necios como él… Si, recuerdo las palabras de Pasolini: con la televisión en mis manos no me hace falta el ejército para dominar a un pueblo… Algo así creo que dijo.

-Pues no le de más vueltas. Y no olvide el sistema educativo y las personas que lo sustentan. ¿Y con todo esto, cree usted que alguien se va a detener a leer la historia de los escitas, de los godos, y aún de Agamenón y compañía cuando en la tele le ofrecen tantas gollerías y cosas sin sustancia que no exigen ningún esfuerzo? ¿Y cuando ya no se estudian tantas y tantas materias importantes? Historia, literatura, filosofía...

-Algo habrá que hacer al respecto.

-Sí, terminarnos este buen vino y descansar para mañana estar frescos y seguir subrayando libros.

-¿Nada más?

-¿Le parece poco? Leer a Homero o a Cervantes, como oír a Beethoven, exige una larga preparación, ¿o no? Hay que seguir preparándose para lo que venga. Si viene algo.

-Sí, tiene razón. Terminémonos el vino y mañana amanecerá Dios y medraremos todos. Esperemos.

1 Jordanes, Origen y gesta de los godos, Cap.XXXVI, 192. Cátedra letras universales, Madrid, 2001. Traducción de José María Sánchez Martín.

2 Heródoto, Historia, IV, 3

3 Apolonio de Rodas, Viaje de los argonautas, I, 605 y ss.

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