Cronología desfasada

 

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Llamarlo afecto sería un error de lectura.

Se sentía más como un soporte vital.

Buscar nutrición en las grietas mínimas de claridad que la penumbra tolera:

una forma de supervivencia extraña.

Esa barra —madera y humo—

funcionaba como el tablado de un final

que no terminaba de cuajar.

Pero ya estaba presente.

A lo lejos, el disco soltó Cielo Rojo.

No era fondo.

Era aviso.

Algo no encajaba.

Pero el cuerpo reconoce antes que el juicio.

Como si identificara una historia

que no le tocaba vivir todavía,

aunque ya supiera sostenerla.

No hubo huida.

Ni ante la falta de gracia.

Ni por el estrépito ajeno.

Se quedó

incluso cuando surgió la primera fisura.

Permaneció.

Al mirar, no vio a un desconocido.

Reconoció una forma.

Los gestos.

La ocupación del vacío.

Esa afinación imprecisa

que también le pertenecía.

No se trataba de algo viejo.

Era un instrumento

que aún esperaba

la mano capaz de sostener su ritmo.

Y llegó la certeza:

no era el lugar.

No sin repetirse.

No sin convertirse

en algo que ya ocurría

en otro punto del tiempo.

El ritmo iba a mutar.

Deja que salga la luna.

Pero aquello no era de este momento.

Era una forma del futuro

goteando sobre el presente.

No todos los encuentros

coinciden en el tiempo.

La prisa no entiende de orquestas.

El alivio no admite matices.

Se es —

o se desfigura.

Yedra Cazar

UNETE



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