Puerto que resultó ser
Puerto que resultó ser
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Mencionas Veracruz como quien marca un punto en el mapa.Olvidas que no fue la línea de costa la que te llamó, sino un proceso más viejo — un aroma que ya flotaba, operando en ti mucho antes de pisar tierra.No fue él.El pan no carga con la culpa del hambre.Tampoco fue un accidente.Fue levadura.Hablamos de una fuerza sin nombre, terca, que ya inflaba la masa en la sombra de tu ánimo.Dices que recuerdas.Mientes.La escena no vuelve — es el cuerpo el que se pone a ejecutar la receta otra vez.Una mesa, la luz cayendo sobre el cristal, el ruido seco de la loza.No es memoria: es un bucle.¿Por qué te pesa tanto?Lo cocido no vuelve a ser crudo.Hay sabores que no permiten un segundo intento sin volverse una farsa.Aquí está la vieja exactitud: el paladar distingue, pero no manda.Te empeñas en buscar un culpable, como si el camarero tuviera que explicar el incendio de los fogones.Pero no.Él fue la excusa: un sitio libre, el reloj marcando la hora justa.Tú fuiste el horno.Y lo que pasó no le pertenece a quien llegó, sino a lo que ya te quemaba por dentro.Sabes bien dónde guardarlo.Pero insistes en el error de ponerlo fuera, cuando su lugar siempre estuvo en tus adentros.De ahí viene la molestia.No es la silla vacía, es no tener donde meter lo que todavía tiene gusto.Lo que llamas ausencia es solo un rastro: un olor que no se va, una cocina cerrada que sigue soltando calor.Mira tu pena con lupa.No es una pérdida.Es un cambio de estado.El trigo no deja de ser trigo por ser ahora pan.Y aquello que fue amor, aunque no se repita, no deja de ser cierto.Hay verdades que no aguantan sobre el mantel, pero sí en el recuerdo del sabor.Esa certeza, alma mía, no depende de nadie más.