HERMANOS
HERMANOS
. Cuando estuvieron en el campo, Caín se lanzó sobre su hermano Abel y lo mató. Yavé le preguntó a Caín: ¿Dónde está tu hermano? Y éste le respondió: no lo sé. ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?
Génesis, 4, 2 Mi querido vecino me comentó la noche anterior que, bien temprano, al día siguiente, debía ir al ambulatorio, a enfermería, a una revisión rutinaria. -Últimamente -me dijo antes de despedirnos- cuando voy a visitar a mi querida enfermera, una moza de voz recia y potente, siempre me vacuna contra algo, nuevo o viejo. Ya estoy preparado, por lo tanto. ¡Vacunas a mí! ¡A mí vacunas! -Pues menos mal que no es usted contrario a las vacunas. -En absoluto. Me encantaría, si ello fuera posible, dar con una muy potente contra la estupidez humana. -No pida imposibles. Así no lo defraudará nada ni nadie. -Tiene razón. Bajé a visitarlo por la tarde, esperando no recibir ninguna mala noticia. Me hice el ánimo cuando era la hora de un aperitivo para abrir el apetito. Previsor, ya tenía la botella de vino preparada y el plato con lonchas de jamón y queso. -Esto quiere decir -dije señalando el plato- que no le han prohibido nada los médicos. -No me lo han prohibido quizás porque ni lo he comentado. Además, todo va bien dada mi edad, edad en la cual ya no se pueden esperar grandes cosas. Un vaso de vino no le sienta mal a nadie. O, al menos, a mí. Y a usted tampoco. -No, no me sienta mal. Ergo, quando in taberna sumus… -¿Eso del Carmina Burana? -Sí, aunque a mí me gusta más la cita de beati hispani quibus vivere bibere est. Felices los hispanos para quienes vivir es beber. -No está mal. Pero ¿tanto bebían eran nuestros gloriosos antepasados? -No. No haga caso. Habladurías de los romanos. Pura envidia. -El otro día, viendo una serie americana de televisión, me acordé de usted por mor de los dichosos romanos. Un asesino a sueldo, conduciendo por una autovía, le explica a otro personaje que los orígenes de los romanos estaban en una loba. Por lo tanto nada bueno se podía esperar de ellos. Ferocidad si acaso. Y mucha. -Bueno, no deja de ser una simpleza simpática. Como la del vino. -Sí. Sin duda. No obstante, me llamó la atención de esa serie, titulada Fargo, la insistencia que se hace en las relaciones entre los hermanos. Nada ejemplares, por cierto. En las dos temporadas, vistas hasta ahora, siempre hay un Caín capaz de las ruindades más grandes en contra de su hermano Abel, quien tampoco está libre de culpa, ni mucho menos. -Es la historia de siempre: Caín y Abel, Rómulo y Remo, Eteocles y Polínices, los Ptolomeos, Cleopatra y compañía, y no sé cuántos más. -¿Y qué cree que nos quieren decir con esas historias? -Lo mismo de siempre: que el hombre es el animal más salvaje y sanguinario aparecido sobre la faz de la tierra. Nada nuevo bajo el sol. -¿No le parece desalentador que siempre estemos igual? -Depende de cómo se lo tome usted. No puede hacer nada para cambiar al hombre. Por lo tanto, súfralo, o apártese de él todo cuanto pueda. Sabio consejo de Marco Aurelio. -La soledad. -La soledad. ¿Acaso hay algo mejor? -¿No tiene usted amigos? -¿Es usted amigo mío? -Sí. -Pues entonces. -¿Y no hay más? -Alguno más anda desperdigado por ahí. -Le molesta el tema. Lo siento. -Mire -le dije tras vaciar mi copa de un trago- algunos grandes amigos ya no están… Le cuento. Estudiando los últimos cursos del bachillerato, conocí a una chica. Fue mi gran amiga. No he conocido a otra persona que me quisiera tanto como ella. Y lo pasé muy mal. -¿Y no hubo nada? Si no le molesta la pregunta. -No. No hubo nada. Yo era muy joven, como ella. Y, además, en aquellos años yo era muy tímido y bastante pavo. No hubo nada. Ella se casó con otro hombre, y a los tres o cuatro años murió de cáncer. -Vaya. Lo siento. -Su madre me llamó varias veces por teléfono. Quedamos en vernos. Me reprochó que no la llamara por haber fallecido su hija. Y me dijo, llorando, que si me hubiera casado con ella, ella no hubiera muerto de cáncer. Este, según su mentalidad, era producto de un pésimo matrimonio lleno de desprecios, malos gestos y peores hechos. Yo podía haber evitado todo eso. -Tuvo que ser duro para usted. -Lo fue. Mucho. Muchísimo. Y no se puede imaginar cuántas veces la echo de menos. La recuerdo todos los días. No he tenido otra amiga como ella, ni la tendré. -Eso no es razón para encerrarse. Además, no desespere. -No lo hago. -Claro, pensando en estas y otras cosas similares -dijo llenando las copas de nuevo- no consigo entender que el odio entre marido y mujer, o entre hermanos, alcance cotas tan elevadas. Se conocen de toda la vida... -Señor mío -argumenté sonriendo- las grandes tragedias siempre se dan entre familiares. Y sí, se conocen de toda la vida, y, tal vez, también se odien de toda la vida. -Sí. Tiene razón -dijo-. Cuántos hermanos han dejado de verse y hablarse por culpa de una mísera herencia. O esa es la excusa. La causa, me parece a mí, está los celos, las envidias, la miseria humana, el querer recoger sin haber sembrado... -Nada nuevo bajo el sol. Lo mejor es huir de la casa paterna cuanto antes. -¿Huyó usted de casa? -Yo no soy ni quiero ser modelo de nada. Ahora bien, no hay nada como una huida a tiempo. Y no esperar nada de nadie. Mire, ya que le gusta tanto el cine, le voy a contar una anécdota. Un cainismo muy propio de este país. El otro día, en una hora de asueto, sentado en un butacón de la biblioteca, leí uno de esos artículos que aparecen en el móvil de vez en cuando. Este era bueno. Lo leí de cabo a rabo. Ponía a caldo a los premios Goya de cine, aquí en nuestra querida tierra. Por haber ignorado, puro cainismo, a un director, Víctor Erice, y una, según el articulista, excelente película dirigida por él, Cerrar los ojos… -Sí, sí. Lo es -me interrumpió-. Es muy buena. Y se lo complemento yo, aunque no he leído dicho artículo: premiaron a una película, 20.000 clases de abejas, una película anodina, con poca miga, pero con un argumento de rabiosa actualidad, como diría algún periodista: el cambio de sexo, o el no estar de acuerdo con el sexo otorgado por su madre, los óvulos y el esperma, o por el azar. -Vaya por Dios. El otro día también me llegó a mí un libro sobre la sexualidad en Roma. En él también se habla, y mucho, de los tres o cuatro sexos habidos y por haber… De risa. Y al parecer muchos griegos y romanos estaban a favor del cambio de sexo, como el emperador Heliogábalo. Éste era un perfecto degenerado; pero ahora, merced a estas cosas, se está convirtiendo en el santo patrono de los transexuales o algo así. Vivir para ver. -Hasta la moralidad es relativa. Dios, ¿a dónde vamos a ir a parar? -preguntó no sin sorna. -Pues hasta donde los hermanos se matan entre sí por dos euros y medio viniendo de los mismos padres... Si nos fiamos de la mitología, Rómulo y Remo, como dice esa serie de la que habla usted, fueron amamantados por una loba, lo cual, si queremos, explica su ferocidad; pero no así Eteocles y Polínices… -Ni Caín ni Abel, ni Esaú ni Jacob, ni José y sus hermanos. ¿No reside todo en la ambición absurda y desmedida del hombre? ¿En su enorme estupidez? ¿Qué importan sus orígenes? ¿O de quién sean hijos? ¿Qué importa el sexo sea natural o artificial? -Nada o mucho. Según la importancia que se le quiera dar. -Efectivamente. Así es. Y eso explica que se otorguen los premios a una serie de obras que maldito el interés que tienen. Salvo tocar, superficialmente, claro está, asuntos de rabiosa actualidad. No interesan a muchos, por otra parte, pero están de moda. Eso, acompañado de una poca publicidad, puede convertir a estas películas en un buen capazo de euros. Ese es el buen argumento. La causa de todo. Y el poderoso caballero está por encima de estéticas y el buen hacer. No hay otra explicación. El dinero o la necedad. -La necedad siempre es muy interesada. Actúa como el tonto de mi pueblo. Este iba caminando por las calles y tirando piedras hacia arriba. Una de las piedras estuvo a punto de caerle en la cabeza. Se percató de ello exclamando: “¡Coño, a poco más yo solico me jodo!” Y nunca más. A partir de entonces, cuando lanzaba piedras, las tiraba hacia donde no estaba él. -Muy buena la anécdota. Brindemos por ella. -Y por las amistades que se fueron antes de tiempo. -Eso, y antes de marcharse, dígame: ¿Le apetece ver la película de Victor Erice esta noche? La tengo grabada. -Me apetece. Pero no haga nada: yo traigo la cena. -La película es larga. ¿A las nueve? -Aquí estaré. -Pues hasta luego. Y cuidado con los hermanos. -No se preocupe: estoy libre de semejante carga.