SUEÑOS IMPOSIBLES
SUEÑOS IMPOSIBLES
.
¿Qué es la vida? Una ilusión,una sombra, una ficción,y el mayor bien es pequeño;que toda la vida es sueño,y los sueños, sueños son. Calderón de la Barca, La vida es sueño. -¿No le parece a usted totalmente injusto que la vida se termine sin haber podido llevar a cabo el proyecto que se llevaba entre manos? -me preguntó sonriendo, tal vez disculpándose por volver, otra vez, sobre la idea de la muerte. Llevaba varias semanas obsesionado con ella. -¡Hombre! -exclamé-. Pues no sé qué decirle. Pero acusar a la muerte de injusta no me parece muy adecuado. Esta se presenta cuando se presenta, y no hay más. En la vida no hay sobra de lógica, por más empeño que pongamos en ello. -Sería un caos, desde luego -reflexionó en voz alta- si cada uno de nosotros tuviéramos la oportunidad de escoger el momento de nuestra muerte. Entonces seríamos todos inmortales, ¿no le parece? -dijo en tanto descorchaba la botella y llenaba las copas-. Nadie daría con el momento oportuno para despedirse de este mundo. -¿Usted cree? -pregunté yo a mi vez-. Aun cuando nos volviéramos inmortales a una buena edad, a los treinta años por ejemplo, ¿no sería desesperante estar toda la eternidad haciendo una y otra vez lo mismo? -Supongo que podríamos evolucionar, y con cada año tener nuevos proyectos, nuevas metas. -Es decir que usted pretende correr con el coche sin desgastar los neumáticos. Un imposible. La eterna juventud, ¿No es así? -Sí, algo así. -Estaría muy bien, desde luego, alcanzar la inmortalidad: desaparecería la medicina. Y las guerras: si no se puede morir, dado que somos inmortales, nadie nos puede matar. Por lo tanto, esto sería un infierno. O una feria donde todos nos golpeamos con globos o cachiporras de plástico sin hacernos ni la más leve herida. Y todo seguiría igual. O alguien, no le quepa duda, inventaría la forma de vencer y sojuzgar al prójimo. Tal como ahora y como siempre. -Quizás -redundó él en la idea- haciéndolo prisionero y encerrándolo en una mazmorra durante toda la eternidad. -Y entonces, señor mío, todos desearíamos la mortalidad. O cuanto menos, los prisioneros, ¿no cree usted? Buscarían el imposible suicidio desesperadamente. -¡Vaya! -exclamó con la botella de vino en el aire-. Esto me ha recordado un viejo sermón en una iglesia, tras unos obligatorios ejercicios espirituales… No recuerdo a santo de qué, un cura, debió de ser un intelectual, nos habló de las cosas que Dios, pese a su poder, no puede hacer: un círculo cuadrado o suicidarse… Me impresionó lo del suicidio. Lo convertí en un tema recurrente. -¿Y para qué iba a querer suicidarse? -recuerdo que me preguntó el profesor de filosofía riéndose un poco de mis preocupaciones-. Si es Dios puede hacer desaparecer aquello que le molesta o le causa problemas, ¿no te parece? Al fin y al cabo es más sencillo: puede convertir el agua en vino, y al malvado en un ser angelical. -Y al molesto tábano de agudo aguijón en una mariposa inofensiva -apostillé-. Y de esa forma -añadí cogiendo yo la botella de vino y llenando las copas- el susodicho profesor de filosofía terminó con sus dudas y preocupaciones. -Sí, ¿Qué le parece? -El apunte de su profesor de filosofía está muy bien: Dios termina con aquello molesto, y no necesita abrirse la venas, como Séneca, por ejemplo. -Pero eso no niega la principal: Dios no puede suicidarse. -¿Y eso tiene alguna importancia? -Ninguna, me parece -dijo tras unos segundos de sesuda reflexión. ¿Qué opina usted? -Con respecto a la inmortalidad, y terminar o no nuestros proyectos en este mundo, como ha planteado al principio, cada vez estoy más agradecido por ser un ente efímero, como decía Esquilo, y no inmortal. Prometeo era un titán e inmortal. Fue castigado por Zeus por, entre otras cosas, robar el fuego a los dioses y entregárselo a los hombres. Sujeto con cadenas a una roca del Cáucaso, durante toda la eternidad, y soportando al buitre que le comía el hígado. ¿No le parece una situación desesperante incluso durando unas pocas semanas solamente? -Zeus era un tanto rencoroso, ¿no? -Sí, lo es. Como todos aquellos que necesitan afianzar su poder. Es un tirano. Cuando su trono ya no corre peligro, permite a Heracles liberar al pobre Prometeo. Pero dejemos eso de lado. Volvamos a sus preocupaciones. Y desengáñese, querido amigo, la inmortalidad sí que sería un castigo, y no baladí. Como ha dicho usted, en las guerras ya no moriría nadie: se harían prisioneros. ¿Se imagina usted toda una eternidad encerrado en el fondo de una mina, como perecieron miles de griegos en Sicilia, o de un calabozo o refugio subterráneo? Sin contar con que algún celoso guardián no lo atormentara día y noche, como el tábano a la vaca. -Visto así… -Siempre se ha dicho que debemos estar agradecidos a Prometeo por habernos entregado el fuego, origen de todas las artes y técnicas. Pero también, y tal vez mucho más, por lograr que, siendo efímeros, no estemos todo el día recordando que tenemos que morir. Hizo que dejáramos de andar pensando en la muerte antes de tiempo. Por lo tanto, somos capaces de vivir sin tener presente, un día y otro día, la caducidad de nuestras vidas. Pero moriremos. Sin duda. No obstante, y como pretendía Prometeo, no debemos obsesionarnos por ello. -¡Ay, amigo! A veces no es tan fácil. -Por más vueltas que le dé, no se va a librar de ella. Ya llegará, olvídese y viva. -A veces tengo la impresión de ser una víctima de la educación recibida… No he conseguido desprenderme del todo de ella. En mi época parece que todo estaba dispuesto de forma y manera contraria a Prometeo: teníamos que recordar continuamente la muerte, la pena, el castigo; el cristianismo reinante en los años de mi juventud era todo menos una religión alegre. Todo estaba prohibido y todo era pecado. Ahora me da risa, pero poner a Simón el estilita como ejemplo… -Todas las religiones tiene su aquel. Lo mejor es vivir y dejar vivir. Recordando que somos efímeros, pero ni haciendo daño a nadie ni nada en demasía. Todo con regla y moderación. -Hablar con usted me reconforta. Echaré de menos, si ello es posible, estas charlas vespertinas. Pero también es cierto, y le doy la razón, de que tal vez sería excesivo tenerlas durante toda la eternidad. -Sí. Sería excesivo. Además, de vez en cuando viene bien un pequeño descanso en toda actividad, hasta en el ocio. Interpretó mis palabras como un cansancio y deseo de marcharme, pese a estar la botella de vino a medias; y antes de que pudiera abrir la boca de nuevo, llenó las copas, y me preguntó deseando retenerme un poco más: -¿Y si pudiera que le pediría usted a Prometeo ya que no es partidario de la inmortalidad? ¿La sabiduría tal vez? -No, ni se me ocurriría. ¿Para qué me serviría eso? Yo le pediría, si ello fuera posible, una máquina del tiempo. -Viajar al futuro. -No. Al pasado. Me encantaría entender y conocer el griego clásico tal y como conozco mi propia lengua. Y así, aparecer en Atenas, en las Grandes Dionisias, en el siglo V a.C. Y asistir durante todos los días de fiesta a las representaciones teatrales. Me encantaría ver representadas, en griego, las tragedias de Esquilo, de Sófocles… Y me encantaría hablar con una mujer griega, con una joven, y preguntarles qué opinan de Esquilo, de la defensa que hace de las mujeres en Las suplicantes… No sé. Y de algunas cosas más que se me ocurrirían. -Se lo iba a pasar usted de muerte. -Suponiendo que al estar en la Atenas del siglo V a.C., no hubiera cruzado yo el Leteo y me hubiese olvidado de quién soy y a dónde debo regresar. -Difícil me lo pones. ¿Tiene algún dios poder para eso? -No creo. Y como no me lo creo no me queda sino el estudio y la imaginación. -No es poco. No es poco. Lo otro no son sino sueños, y los sueños, como sabe, sueños son. -Sí. Pero qué bonito es soñar -dije apurando mi copa y las últimas gotas de vino de aquella memorable tarde-. Una maravilla. Un don digno de un dios bueno y poderoso.