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Desperté.Y la primavera —esa intrusa sin alma—se atrevió a florecersobre los restos de una nocheque aún me habitaba.Qué obscena la luzcuando una no ha terminado de romperse.El aire tenía tu forma.No tu cuerpo —eso sería demasiado simple—sino tu ausencia organizada,tu manera precisade no estary sin embargo insistir.Pensé en México.Y no supe si era un lugaro una herida con coordenadas.Porque hay distanciasque no se recorren:se encarnan.Tú…tú eras la lucidez.Esa forma cruel de verdadque no se permite el delirio,que no se deja seducirpor la belleza de lo imposible.Yo no.Yo era la que imaginaba puentesdonde solo había vacío.La que llamaba destinoa lo que apenas era deseo.La que confundíala intensidadcon la permanencia.“De ilusión no se vive”, dijiste.Y algo en mí murió con elegancia.No hice ruido.No hice escena.Pero dentro…dentro se apagó una arquitectura entera.Porque yo sí sabía vivir de ilusión.Ahí respiraba.Ahí construía.Ahí te tenía.Y entonces entendí—con una claridad que me enferma—que hay amores verdaderosque no deben sobrevivir.No porque sean falsos,sino porque serían insoportablessi fueran reales.Como un fuegoque consumiría la casaantes de poder habitarla.Afuera,los árboles floreciendo.Adentro,yo aprendiendo a no hacerlo.Qué disciplina tan absurda:contener la vidapara no desbordar la pérdida.“Hermosa calamidad”, dijiste.Y yo quise ser solo hermosa.Pero ya era tarde.La calamidad ya sabía mi nombre.No te perdí.Te volví imposible.Te coloqué en ese sitio exactodonde duelessin permiso de existir.Y eso…eso es peor que la ausencia.Porque la ausencia descansa.Pero lo imposiblelate.Y no se va.Y yo…yo no fui hacia ti.No por falta de amor,sino por exceso de verdad.Me quedé conmigo.Con esta forma nueva de vacíoque no pide ser llenado,solo comprendido.Con esta resaca de concienciaque no embriaga,pero tampoco perdona.Ahora lo sé:no se vive de la ilusión.Pero hay ilusionesque son más habitablesque la realidad.Y aun así…me quedé del lado de la herida correcta.