La geografía de lo imposible

 

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Desperté.

Y la primavera —esa intrusa sin alma—

se atrevió a florecer

sobre los restos de una noche

que aún me habitaba.

Qué obscena la luz

cuando una no ha terminado de romperse.

El aire tenía tu forma.

No tu cuerpo —eso sería demasiado simple—

sino tu ausencia organizada,

tu manera precisa

de no estar

y sin embargo insistir.

Pensé en México.

Y no supe si era un lugar

o una herida con coordenadas.

Porque hay distancias

que no se recorren:

se encarnan.

Tú…

tú eras la lucidez.

Esa forma cruel de verdad

que no se permite el delirio,

que no se deja seducir

por la belleza de lo imposible.

Yo no.

Yo era la que imaginaba puentes

donde solo había vacío.

La que llamaba destino

a lo que apenas era deseo.

La que confundía

la intensidad

con la permanencia.

“De ilusión no se vive”, dijiste.

Y algo en mí murió con elegancia.

No hice ruido.

No hice escena.

Pero dentro…

dentro se apagó una arquitectura entera.

Porque yo sí sabía vivir de ilusión.

Ahí respiraba.

Ahí construía.

Ahí te tenía.

Y entonces entendí

—con una claridad que me enferma—

que hay amores verdaderos

que no deben sobrevivir.

No porque sean falsos,

sino porque serían insoportables

si fueran reales.

Como un fuego

que consumiría la casa

antes de poder habitarla.

Afuera,

los árboles floreciendo.

Adentro,

yo aprendiendo a no hacerlo.

Qué disciplina tan absurda:

contener la vida

para no desbordar la pérdida.

“Hermosa calamidad”, dijiste.

Y yo quise ser solo hermosa.

Pero ya era tarde.

La calamidad ya sabía mi nombre.

No te perdí.

Te volví imposible.

Te coloqué en ese sitio exacto

donde dueles

sin permiso de existir.

Y eso…

eso es peor que la ausencia.

Porque la ausencia descansa.

Pero lo imposible

late.

Y no se va.

Y yo…

yo no fui hacia ti.

No por falta de amor,

sino por exceso de verdad.

Me quedé conmigo.

Con esta forma nueva de vacío

que no pide ser llenado,

solo comprendido.

Con esta resaca de conciencia

que no embriaga,

pero tampoco perdona.

Ahora lo sé:

no se vive de la ilusión.

Pero hay ilusiones

que son más habitables

que la realidad.

Y aun así…

me quedé del lado de la herida correcta.

UNETE



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