Inocencia

INOCENCIA

 

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Sófocles, Edipo rey.

Serían las siete de la tarde cuando me llamó. Él tenía ganas de hablar. Y yo estaba cansado tras un día especialmente agotador. Bajé a su casa, pues, dispuesto a relajarme y a divertirme, si ello era posible. Dependería, por supuesto, de la cuestión o cuestiones que planteara; y mucho me temía que me tenía preparado algo un tanto sesudo. No me equivoqué.

-He estado pensando -me dijo mostrándome la botella de vino a fin de que le diera mi visto bueno- en la conversación del otro día.

-¿En la que hablamos de fútbol? -le pregunté irónicamente-. Está claro: fue penalti, y el árbitro se equivocó queriéndolo y deseándolo.

-¡Mire qué bien! -exclamó exultante en tanto llenaba las copas-. Siendo irónico ha planteado usted el problema que yo quería discutir esta tarde.

-Ilústreme, por favor -repliqué tras darle un buen toque a mi copa.

-¿Existe la inocencia? -me preguntó a bocajarro dejándome un tanto estupefacto.

-Sí. En los niños de pocos meses -contesté tras una breve reflexión.

-¿No entre la gente mayor?

-Lo dudo. Ahora bien, si vamos a discutir sobre la inocencia, pongámonos de acuerdo, primero, en el significado de esta palabra.

-Según he leído en el diccionario, me he estado preparando para la tenida de esta tarde, es la ausencia de culpa, y el deseo de no dañar a nadie.

-Pues entonces me atengo a lo dicho antes: la inocencia existe en los bebés y poco más.

-¿Y cuándo cree usted que un bebé deja de ser inocente? ¿En cuanto deja de tomar biberones?

-Creo, así a boleo, que se pierde la inocencia cuando una persona se percata de que es mejor decir lo que conviene, aun yendo en contra de su forma de ser y de pensar, y de la verdad.

-¿Aun cuando se comporte de tal forma por huir de la muerte?

-Entonces, ante un juez despiadado y cruel, eso no sería ausencia de inocencia sino inteligencia y deseos de sobrevivir. Hay situaciones y situaciones, señor mío.

-Sea como fuere, y según lo leído durante estos días, es muy difícil, por no decir imposible, ser inocente en esta vida, ¿no es así?

-Sí, así es. Y por eso mismo no creo que haya ningún inocente con vida. De haberlo no duraría ni cinco minutos en este mundo cruel.

-Era mi intención atacarlo en su terreno -dijo sonriendo-. He leído, buscando polemizar con usted, indagando sobre el vocablo inocente, que, en las tragedias griegas, el héroe es inocente de todo cuanto le sucede…

-Ya -lo interrumpí sabiendo cuando venía a continuación- y el ejemplo del cual se han servido, como siempre, es el de Edipo.

-Efectivamente -asintió llenando de nuevo las copas-. Edipo, dicen, trata de huir de su destino, pero este le sale al encuentro donde menos se lo espera, ¿no es así? Y se cumple la maldición sin tener él culpa de nada. Siendo totalmente inocente.

-Si a usted le dijeran -planteé animándome- que va a morir porque va a pisar una piel de plátano, se va a resbalar y va dar con su cabeza contra un escalón y se va descalabrar, ¿no evitaría todas las pieles de plátano aparecidas en su camino?

-Eso sería lo prudente. Y alejarse de las escaleras.

-Y si el oráculo le dice que va a matar a su padre, ¿no sería una buena idea no matar a nadie por si acaso?

-Sería lo más sensato.

-Pero en lugar de eso, Edipo decide cambiar de ciudad…

-¡Ah! Entonces, se olvidó de aquello de “tonto en su villa, tonto en Castilla”.

-Usted mismo.

-Aun así cuando Edipo mata al anciano montado en un carro, por un absurdo problema de preferencias en un camino, no sabe que es su padre. No se le puede culpar...

-Se le puede culpar de asesinato. Y lo otro, lo podía haber deducido por la edad del anciano. Además, como usted ha dicho, mata a un viejo, ¿Qué necesidad había? No veo la inocencia de Edipo por ninguna parte. Ni la de Layo, su padre al que sí, acaba de asesinar.

-Sobre Layo -me confesó- no he leído nada.

-Es otro que, también, se las da de inocente. Violó al hijo de su huésped. Y los dioses lo castigaron: lo conminaron a no tener hijos, pues su vástago lo mataría. Y él se hizo el loco, y tuvo un hijo. ¿Inocente? No, en absoluto. La prueba está en que abandonó al niño recién nacido en el sagrado bosque de Citerión. Para pasto de los animales salvajes. Hace falta ser bestia. Pero el niño se salvó.

-Es un tema clásico, ¿no? Hay infinidad de cuentos infantiles, o pretendidamente infantiles, en los que los niños son abandonados en un bosque y se salvan casi milagrosamente… ¿Blancanieves?

-No recuerdo muy bien el argumento de Blancanieves, pero sí, es un tema clásico, como casi toda la literatura griega.

-Y lo bueno de los clásicos es que nunca se agotan. No mueren. O dicho de otro modo: cada época ve en ellos aspectos o pasajes que a los anteriores les habían pasado desapercibidos, o no les habían despertado el suficiente interés.

-Son las limitaciones propias de cada uno, y de la época en la que se ha nacido. Eso mismo parece que anuncia la imposibilidad de llegar a comprenderlo todo. Aunque a veces nos hagamos una idea más o menos cabal.

-Sí, tiene razón. Parece, por ejemplo, que El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, en su época fue entendido como una novela de puro divertimento. No captaban toda la profundidad de los fracasos de don Quijote ni de las palabras de Sancho, quien, además, dista mucho de ser un bufón.

-Cuando leí esa novela -le dije llenando las copas de nuevo- me produjo una cierta tristeza. Aunque también me reí de buena gana con algunos pasajes.

-Normal. Cervantes, seguramente, los escribiría con esa intención. Y para algunos, esos capítulos alumbran a toda la obra.

-Otros vendrán que pongan en claro estos y demás pasajes, como sucede con las tragedias griegas. Ahora, y bendita sea la hora, hay muchas mujeres estudiando las tragedias griegas. Y ponen el acento en aquellos pasajes que, antes, no es que pasaran desapercibidos del todo, pero no ocupaban el lugar que les corresponde. Ellas los resaltan.

-Algo así sucede también con don Don Quijote: se ve ahora como un canto feminista la intervención de la pastora Marcela en el entierro de Grisóstomo, un mancebo enamorado de ella, y al que ella desdeña. Marcela quiere vivir libre; y nadie tiene derecho, por ser bella, a que le corresponda a su admiración. Pues si fuera fea tampoco tendría derecho a pedir a este o a aquel que la amaran2.

-Hoy en algunas tragedias, y merced a estas estudiosas, se pone el acento en la intervención de las mujeres. En lo que suponía para ellas la guerra, la toma de una ciudad: pasar de ser felices con sus maridos, o de ser reinas y princesas, a sufrir la violencia sexual de los vencedores y convertirse en sus esclavas y concubinas. Hay cosas mil veces peor que la muerte. Y no es que antes no se viera esto. ¿Quién no ha sentido pena leyendo el triste destino de Hécuba, Andrómaca o de Casandra? ¿O el brutal asesinato del niño Astianacte, hijo de Héctor y de Andrómaca?

-Vivir una guerra es lo peor que le puede suceder a una generación.

-Y no hablemos de inocentes. Todos calificamos a Neoptólemo, hijo de Aquiles, de bárbaro y asesino por arrojar al niño Astianacte, hijo de Héctor y Andrómaca, desde las murallas de Troya a fin de evitar la venganza de este el día de mañana. Y el otro día en un bombardeo sobre Irán, por parte de Estados Unidos, murieron alrededor de doscientas niñas en una escuela infantil. No obstante, tuvieron la suerte de morir sin ser violadas, como sí sucedió en Troya, en Vietnam y a saber en cuántos sitios más.

-Eso al parecer no preocupa a nadie: preocupa por el contrario, el cierre del estrecho de Ormuz, el quedarnos sin gasolina para el coche, y no poder desplazarnos para ver el partido de fútbol. Las pobres niñas deben de estar disfrutando del Paraíso Terrenal. ¿Quién se acuerda de ellas? Ganas me dan de gritar como aquella mujer de Luces de bohemia, a quien los guardias acaban de matar a su hijo, un niño de pocos años: “¡Maricas, cobardes! ¡El fuego del infierno os abrase las negras entrañas! ¡Maricas, cobardes!”3

-Pues recuérdelo y téngalo siempre presente: el olvido no tiene nada de inocente. Todo lo contrario: a veces es la forma de intentar eludir responsabilidades, o de ver si cuela. Y aquí ha colado. Pero ni Layo ni Edipo sufrían de alzheimer. Se provocaron una autoamnesia y les salió mal. La importancia de la memoria. Y de cambiar no de país, como hace Edipo, sino de forma de pensar: no mates a nadie, y, en consecuencia, no matarás a tu padre.

-Y no provoques guerras…

-Y si las provocas ten en tu poder televisiones y medios de engañar a la gente: con bobadas televisadas también se logra el olvido. Y a todos nos interesa olvidar para sentirnos buenas personas. Pero de inocentes no tenemos nada. Nada de nada. Se nos escapan los crímenes de guerra, y los míseros motivos de las mismas, porque no pensamos en ellos y nos despreocupamos. Y lo hacemos porque queremos y nos da la gana.

-¿Y qué podemos hacer?

-Y yo qué sé. Tal vez seguir hablando y bebiendo vino.

-Tal vez. Así , al menos, no le hacemos daño a nadie.

-Pues ya es algo. Y no es poco.

-Es poco. Pero menos da una piedra.

Y diciendo esto sirvió las últimas gotas de aquel excelente vino.

1Sófocles, Edipo Rey, v. 110. En Alianza Editorial, Madrid, 2017. Traducción de José Mª. Lucas de Dios.

2Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, primera parte, caps. XII-XIV,

3Ramón María del Valle-Inclán, Luces de bohemia, escena undécima.

UNETE



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