ROBOS
ROBOS
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Mariano José de Larra, Un reo de muerte. -A mí -me dijo aquella tarde nada más saludarnos y tomarnos la primera copa de vino- me han robado una vez, y han intentado robarme en varias ocasiones. -Si no habla de los políticos, que son los grandes amigos de lo ajeno, sí, es cierto, hay bastantes desalmados por ahí. Roban en sesión continua. -Son minoría, creo. Pero, claro, se hacen de notar. Mucho. El mal siempre produce más ruido que el bien, que es, por el contrario, silencioso y algo asustadizo. -El otro día a una compañera le robaron el bolso en el autobús. Llegó al trabajo muy enfadada. Pidiendo para los ladrones la antigua pena de amputación de las dos manos para el primer robo, y la horca para el segundo. Estaba rabiando la buena mujer. -Yo no soy tan drástico. La verdad es que estos individuos que se dedican a estos hurtos me dan pena. Mucha pena. No se puede ser feliz causando daño a otras personas. Y sí, se reirán y alegrarán por sus hurtos, pero no dejo de pensar que es una alegría fingida, insana. Y que, además, ni les soluciona la vida, ni les lleva a ninguna parte como no sea al hospital o a la cárcel. -De todas formas -le dije- vaya con cuidado. A los ladrones no les soluciona la vida; pero a usted, o a quien sea, le pueden estropear el día cuando no unas vacaciones. No hace mucho un conocido estaba contando, en una reunión, que le robaron el coche en tanto visitaba las ruinas de Pompeya. Las vacaciones, alegres y divertidas cuando comenzaron, terminaron mal y con un enorme disgusto. Y un no pequeño dispendio. -No me extraña nada. Y tampoco me extrañaría nada que esa persona, a quien le robaron el coche, pidiera la pena de muerte para el ladrón o los ladrones. -Es comprensible. Pero esa petición, por desgracia, no iba a solucionar nada. Ni tampoco cortarles las manos o los pies o el cuello. No hay solución. -Entonces, ¿tenemos que convivir con ellos? -Evitándolos, por supuesto. No los estoy apoyando. No me malinterprete. Hay que ser prudente. -Y mal pensado. De haberlo sido yo, seguro no me hubieran robado. -¿Qué sucedió? -le pregunté en tanto llenaba las copas de nuevo. -Fue una mañana bien temprano. De un patio salió un fulano llamándome Juan Carlos, abrazándome y dándome un fuerte golpe en el pecho. Mi primera reacción fue darle un empujón. Lo tiré al suelo. Se asustó. Pero se levantó rápidamente y salió corriendo. Cuando me percaté de que me había arrancado del cuello la cadena con un anillo que había pertenecido a mi madre, ya era tarde… Lamenté la pérdida, me dio rabia, por supuesto; pero pensé que aquel pobre caco era un hombre verdaderamente desgraciado: ¿cuántos tirones como aquel debería dar para comer tres veces al día? -A lo mejor no se trata de comer… -Mejor me lo pone. Alguien un poco más espabilado que yo se podría haber percatado de la situación y haber soltado un par de guantazos o de puñetazos. Yo, desde luego, estoy avisado. No me volverá a pasar. No permitiré que nadie se me acerque. -Utilizarán otros métodos. Cambian a fin de no alertar a las víctimas. Así que vaya con ojo. -Lo hago: y no dejo, lo repito, que nadie se aproxime a mí. Y, además, llevo la cartera y las tarjetas en un bolsillo con doble cremallera. -Eso es lo que hizo un compañero mío de clásicas. Se fue a Nápoles con la idea de visitar el museo arqueológico. En la casa donde se hospedó le advirtieron de que no saliera a la calle con mochila. O, si la llevaba, que se la pusiera delante, no en la espalda. Hizo caso: sólo llevaba la cámara fotográfica, y siempre colgada del cuello y sujeta con una mano. La mochila se quedó en el dormitorio. -Sí, claro, eso está muy bien. Pero hay veces que es necesario llevar cosas… -Sí, por supuesto -dije viendo cómo llenaba las copas de nuevo-. El último día de estancia tuvo que salir con la mochila. Pero entonces las restricciones del avión, el no poder llevar una gran maleta, le vino de maravilla: se fue con una mochila de mediano tamaño. Y en ella embutió una mochila pequeña con la cámara, los cables para cargarla y un teleobjetivo. Tuvo la precaución de poner las cremalleras de ambas mochilas de espaldas una a la otra. De forma que podían abrir la primera, pero era imposible, a menos que sacaran la mochila de la cámara, abrir la segunda. Y para más inri, los bobalicones que intentaron robarle, lo hicieron cuando el sol les daba de espaldas. De forma que mi compañero pudo ver las sombras de estos necios manipulando la primera cremallera. No tuvo más que girarse: se llevaron las manos a los bolsillos y silbaron mirando al sol. No lo volvieron a intentar. -No hubiera estado de más un par de garrotazos bien soltados. -No llevaba garrote ni nada similar. -Y denunciarlos a la policía, sin duda, le hubiera valido de bien poco. -Seguramente hubiese sido una pérdida de tiempo. No se lo podía permitir. Iba camino del aeropuerto. Y ya sabe que allí hay que presentarse con tiempo de adelanto. Para subir a un avión hay que armarse de paciencia. -Es cierto -asintió sonriendo-. La primera vez que volé me acordé de mis viajes con mi abuelo del pueblo a la capital. El tren, echando carbonilla, pasaba a las seis de la mañana. Por regla general en la estación no había nadie. Mi abuelo sacaba los billetes, subíamos al tren, y al cabo de siete u ocho horas llegábamos a la capital. Y bajábamos del tren sin ninguna complicación. -Sí, ahora las cosas se han complicado un poco para la gente mayor. Y no se ofenda. -No lo hago. Tiene razón. Veo a la gente joven utilizando el móvil hasta para ir al baño. Y me asombra cómo se mueven con ese maravilloso artilugio. ¡Lo utilizan para todo! Ya nadie pregunta dónde está este edificio o aquella calle: sacan el móvil, y se presentan allí con una facilidad que maravilla. Y en él llevan los billetes, el pasaje, la cuenta corriente... -Sí -afirmé sirviendo más vino-. Es un instrumento maravilloso. Y todo el mundo lo lleva en el bolsillo, o en las manos, a fin de evitar robos. Aunque hoy en día no tiene mucho sentido robar un móvil. Cosa distinta es una cadena de oro. -Le daría para una cena y poco más. No era de mucho valor. Por eso no puedo evitar sentir pena por esas personas: arriesgarse por tan poca cosa. ¿Y qué hizo su amigo cuando intentaron robarle? -Nada. Detenerse, quitarse la mochila, cerrar la cremallera y seguir caminando hacia la parada del autobús que lo llevaría al aeropuerto. -A mí los aviones me dan pánico. -Hay más accidentes de tráfico que de aviación. -No, no lo digo por eso: me producen pánico las escaleras de acceso a la nave. Tan empinadas, tan estrechas… En realidad, a estas alturas de mi vida me dan pánico todo tipo de escaleras: siempre tengo la impresión de que me voy a caer. Y ya sabe que a uno, por regla general, le sucede aquello que teme. -Bueno, siempre le queda el tren para viajar. O el barco. -Sinceramente prefiero quedarme en casa. Como dice la Biblia hay un tiempo para reír y otro para llorar. Por la misma regla de tres, hay un tiempo para viajar y otro para reposar. Viajar es cosa de jóvenes. -En eso tiene razón. Contaba mi amigo que recorrer las calles de Nápoles era hacer lo que teme usted: subir y bajar escaleras. No le digo nada de cuando nos habló de las calles de Pompeya. Vino con los pies destrozados. Y quejándose de los precios de algunos restaurantes puestos en lugares estratégicos. -Tal y como se situaban los bandoleros antiguamente. Aunque estos, bares y restaurantes, no corren ningún riesgo, ni llevan encima ningún pistolón. -Los tiempos cambian que es una barbaridad. -Así es -asintió bebiéndose las últimas gotas de aquel excelente vino, pasado ya a mejor vida-. Todo cambia y todo permanece. Y yo ahora quiero permanecer en casa. Aquí no hay ni un escalón. Y el vino tiene el precio justo: no nos roban en la tienda. -Menos mal. Todo tiene su parte positiva.