La noche de las uvas

LA NOCHE DE LAS UVAS

 

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Luciano el Samósata, Historias verdaderas.

-Recuerdo -le conté a mi vecino cuando ya habían pasado las fiestas navideñas y en los contenedores no quedaban restos de embalajes, repletas bolsas de basura a sus pies, botellas y papeles de regalo junto con enormes cajas de cartón diseminadas por aquí y por allá-. Sí, recuerdo -repetí- que aquel viaje no fue muy afortunado.

-¡Ah, querido amigo! -exclamó mi vecino llenando las copas de vino- no todos los tiempos son uno.

-Pese a todo -reflexioné- tuvo sus cosas buenas. El camino, árido, de tierra, lleno de piedras sueltas, sin un árbol para cobijarse bajo su sombra, subía y subía sin cesar. A su alrededor, montes y más montes pelados. Ningún bancal, nada mostrando algún resto o inicio de civilización.

-Arriba del todo hay un restaurante -me dijo José Luis tratando de animarme-. Yo venía con los compañeros del colegio hace tiempo. Se come muy bien -añadió para levantarme los ánimos.

-Eso mantendría sus esperanzas -puntualizó mi vecino.

-No. No mantuvo nada. Estábamos haciendo aquella caminata, como todas, por vocación. Podíamos regresar en cuanto quisiéramos…

-En cuyo caso -me interrumpió sonriendo- el camino iría cuesta abajo, y sería más fácil de recorrer.

-Efectivamente. Pero éramos los dos bastante cabezones: cuando nos proponíamos llegar a algún sitio, salvo fuerza mayor, llegábamos. Y en el camino, dejando de lado su pronunciada pendiente, y sus piedras, no había más obstáculos. Seguimos caminando con la boca cerrada.

-¿Y llegaron al restaurante?

-Llegamos al restaurante. Se accedía a él, además, por una carretera asfaltada, en perpendicular a nuestro camino. Por eso estaba totalmente ocupado. Y el aparcamiento a rebosar de coches. No podíamos quedarnos a comer. Todas las mesas estaban reservadas. Como aún era pronto para la comida, nos sentamos en un rincón, nos tomamos una cerveza, descansamos un tiempo viendo el empinado camino a través de los amplios ventanales, y, poco después, iniciamos el regreso.

-La vuelta sería más agradable, ¿no?

-Sí. Lo fue. Pudimos ir el uno al lado del otro hablando. Fue entonces cuando José Luis me contó que una noche vieja, por la tarde, hizo ese mismo recorrido. Al regreso se encontró con un señor mayor sentado sobre una roca, con las dos manos sobre su curvo cayado.

-¿Qué hace por aquí a estas horas? -le preguntó asombrado a José Luis.

-¿Y qué hace usted por estos montes?

-Un paseo de fin año -le respondió-. Me gusta venir por aquí.

-A mí también -replicó José Luis.

-Es usted muy joven para andar solo por estos lugares…

-No me gusta el bullicio ni el ruido, ni eso de divertirse porque toca. O porque lo manda la santa tradición.

-Imagino -le dije- que aquella noche cenarías bien y dormirías como los angelitos. Este camino, por otra parte, me ha recordado la anécdota de Heracles. No recuerdo qué diosa le dio a escoger entre dos caminos, uno muy ancho y llano, lleno de caminantes; y otro estrecho y empinado, solitario. Debería ser este, sin duda. Heracles, como nosotros, se decantó por el estrecho. Es el duro camino de la areté, de la virtud, de la excelencia.

-Pues, la verdad -objetó mi amigo- no creo que hayamos alcanzado ninguna excelencia, como no sea el no poder comer allá arriba, y vernos obligados a buscar otro lugar donde yantar.

-Todos los problemas que fueran como este -sentencié.

-¿Y encontraron algún sitio dónde comer? -preguntó mi vecino un tanto neciamente.

-Sí, por supuesto. No estábamos en el desierto ni en la selva.

-Sí. Tiene razón. Mi pregunta ha sido una tontería.

-Tardamos mucho en llegar al coche. Estuvimos subiendo toda la mañana. En el descenso invertimos menos tiempo. Aunque debíamos andar con cuidado por las piedras sueltas del camino. Tenía la boca seca. A pesar de lo cual, tras beber un poco de agua, me esforcé por hablar. Me gustaba conversar con José Luis. Reflexioné entonces, en voz alta, en los cambios de caminos producidos en la filosofía o en la religión, difícil de separar en tiempos antiguos una de la otra. En Grecia el camino al Hades era un camino en descenso, subterráneo, nacido en cuevas o lugares remotos. Las almas, o los vivos, si viajaban allí, debían bajar para llegar al inframundo. Luego el cristianismo lo cambió casi todo: el cielo, el paraíso terrenal, dejó de llamarse el Hades, está en las alturas. Y hacía las nubes vuelan las almas de los bienaventurados. Lógicamente los vivos, ni con avión, pueden llegar. No tenemos las coordenadas.

-Los griegos -me dijo José Luis riendo- se lo montaron mejor: bajar es más cómodo, menos cansado. Aunque también hay caminos tan llenos de piedras -dijo dándole una patada a una- que descender por ellos es un peligro.

-Al alma, creo, no le debe importar mucho subir o bajar.

-¿Y qué es el alma? -me preguntó mi vecino.

-No lo sé. Un concepto abstracto del cual se sirvió Platón para montar su filosofía. Ésta, muchas veces, se edifica sobra palabras nunca acabadas de definir. A mí eso de dividir al hombre en cuerpo y alma siempre me ha parecido, con permiso de Platón y de todas las universidades del mundo, una verdadera necedad. Y no estoy de acuerdo con el desprecio al cuerpo iniciado por él, o por Sócrates, y seguido por los estoicos y los cristianos.

-Yo creo -me dijo José Luis, era creyente- que si Dios nos ha dado algo es para utilizarlo. Acuérdate de la parábola de los denarios, aquella en la que un señor les da dinero a sus siervos, y les pide cuentas al regreso.

-Sí -dije-. La recuerdo. A su regreso condena a quien no ha hecho fructificar el dinero entregado.

-Exacto. Por lo tanto, si Dios no ha dado el cerebro será para que lo utilicemos y pensemos.

-Y otras cosas -puntualicé- Pero, claro, luego vienen los sacerdotes y dictan leyes sobre lo creado por Dios. Siempre hay seres superiores a todo y a todos. Y los sacerdotes, por supuesto, están por encima de Dios.

-Sí. Tienes razón. Muchas veces los sacerdotes actúan como si fueran superiores a Dios.

-Estos se parecen a Selene. Esta se enamoró del pastor Endimión, y le pidió a Zeus que lo durmiera en un sueño eterno. Así lo podía besar impunemente.

-La luna es un poco lunática -dijo José Luis sonriendo. Le encantaban los juegos de palabras.

-¿Sin más? ¿Así lo hizo la luna? -me preguntó mi vecino volviendo a llenar las copas-. Pues maldita la gracia, ¿no?

-Eso mismo pienso yo. Ahora si ella se conformaba con contemplarlo bajo su propia luz… Gobernar sobre dormidos...

-La mitología griega -me dijo José Luis ya casi al final del camino- está cargada de mala uva, ¿no crees?

-No. No creo. O depende de las interpretaciones de cada uno.

-Mira -dijo señalando una roca un tanto lisa-. Aquí nos sentamos aquella tarde aquel señor y yo. Le conté que las noches viejas las paso haciendo algo que me gusta: leyendo el Quijote, oyendo la Novena de Beethoven, contemplando la luna en el monte…

-Yo, por regla general -le conté aliviado ante la vista del coche- la paso leyendo o viendo alguna película u oyendo algún concierto. Por cierto, una noche vieja se me ocurrió pensar, leyendo un libro de mitología, volvemos a ella, que todo cuanto nos han contando sobre Orfeo es una mentira, una patochada.

-¿A qué se refería usted? -preguntó mi vecino llenando las copas de nuevo.

-Yo tenía un conocido -le conté- el cual estaba en el paro. No tenía trabajo. Aun así se casó. Su mujer era profesora interina. Ella era quien aportaba el dinero a la casa. Tuvieron dos hijas. Y cuando se convocaron oposiciones, se presentaron ambos. Cada uno por su especialidad. Con la promesa de que quien aprobara tomaba posesión de su plaza y el otro lo seguía, sin rechistar, y se dedicaba a cuidar de la casa y de las niñas.

-Un acuerdo peligroso -intervino mi vecino.

-Y tanto. Aprobó ella. Él, sin trabajo, la siguió dedicándose a las labores del hogar. Pero al cabo de pocos meses, ella se enamoró de un compañero del instituto, y abandonó al pobre hombre. Como éste no tenía trabajo, ni dinero, se quedó sin las hijas, sin la mujer, y sin nada. Como el santo Job.

-¿Eso es un chiste o pasó en la realidad? -me preguntó incrédulo.

-Como me lo contaron se lo cuento. Esta anécdota, falsa o real -añadí- fue, sin duda, la que cambió mi visión del mito de Orfeo. Aquella noche de las uvas, con el año nuevo recién estrenado, me desperté de repente… Había estado soñando con un descenso al Hades. No iba a rescatar a nadie. Iba a espiar a Orfeo. Lo seguí como una cámara puede seguir a un actor a lo largo de un camino en una película cualquiera. Lo oí cantar y tocar la lira ante Hades y Perséfone. Su música no me pareció nada del otro jueves. No obstante, los dioses infernales se entusiasmaron con ella. Pero claro, ni Hades ni Perséfone, habían oído entonces ni el Triple concierto de Beethoven ni la Patética de Tchaikovsky, entre otros.

-No todos los tiempos son uno -volvió a decir sonriendo-. ¿Y qué sucedió a continuación?

-Apareció Eurídice. Los dioses le dieron permiso para llevársela a la tierra; pero con un condición: debía hacerlo sin volver la vista atrás. Y aquí don Orfeo cometió su primer y lamentable error: se puso delante, en vez de cederle el paso a ella. A parte de ser un maleducado era un poco zopenco, ¿no le parece?

-El burro siempre va delante. Y se giró, ¿no? -preguntó riendo.

-Sí. Se giró y la perdió para siempre. Pero fue porque Eurídice chasqueó la lengua. Sin duda llamó su atención. Él, curioso, se giró, miró hacia atrás, y la perdió para siempre jamás. Ella, según me contó después, guiñándome un ojo, quería quedarse en el Hades, pues había encontrado allí su verdadero amor. Y además, no quería volver a morirse por segunda vez. Era una lata. Otra vez mordedura de un áspid, dolor… No, mejor quedarse.

-¡Vaya! -exclamó- ¿Y cómo terminó el viaje?

-El coche estaba al final del camino, o al inicio de la subida. José Luis, como siempre, empezó a recordar sitios donde había estado comiendo con sus compañeros de colegio. Fuimos al restaurante más cercano, pues era tarde. Nada más sentarnos y empezar a comer con toda la tranquilidad del mundo, entró en el local una comitiva de vociferantes y necios con ropas recién estrenadas. Los invitados a un banquete de boda con los recién casados por delante. Y aquello de lo que huíamos en la noche vieja, lo tuvimos allí el día de fin de año a mediodía. No faltaron sandeces ni imbecilidades varias, algunas ciertamente tan vulgares como subidas de tono. Y todas entre gritos y rebuznos en todo tipo de tonos y claves. A veces hasta la propia novia se avergonzó de los amigotes de su marido.

-Tuvieron un final desafortunado.

-No. Los dos pensamos lo mismo: nos levantamos, pagamos, sin haber tomado ni postres ni café, y nos fuimos en busca de un camino solitario, no tan empinado como el anterior, pero donde no hubiera nadie. Lo encontramos. Caminamos un par de horas más, y luego, tras despedirnos, nos fuimos a nuestras respectivas casas a pasar la noche vieja. Haciendo cuanto nos apetecía y sin soportar gritos ni fingidas alegrías. Yo intenté leer un libro, pero me dormí sobre él. Estaba muy cansado.

1Luciano el Samósata, Historias verdaderas, RBA Gredos, Barcelona, 2021, traducción de Andrés Espinosa Alarcón.

UNETE



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