Durante años sostuve la roca en silencio. No porque fuera invencible, sino porque entendí demasiado pronto que si yo no lo hacía, nadie más lo haría. Mientras otros dormían tranquilos, yo mantenía el peso en alto, evitando que todo se viniera abajo. No pedía aplausos, no reclamaba reconocimiento; lo hacía por compromiso, por responsabilidad, por esa voz interna que dice “aguanta un poco más, depende de ti”.



