La memoria y el olvido

 

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Jacqueline de Romilly, El tesoro de los saberes olvidados.

-Yo -comencé a explicarle aquella tarde- estaba preocupado por las lagunas de memoria sufridas durante algún tiempo. No sabía, ni lo tengo claro todavía, si el alzheimer se da en personas jóvenes, o de mediana edad. Durante una época estuve angustiado por si padecía dicha enfermedad.

-Según he leído -me explicó llenando las copas- se da en los ancianos, por supuesto; y puede manifestarse en personas jóvenes, de treinta y cinco años, más o menos. Ahora bien -añadió levantando la copa y brindando- sinceramente no creo que usted tenga alzheimer. ¿Cuándo comenzó a pensar semejante cosa?

-Cuando en una clase quise citar a un escritor, y no di con su nombre. Por más que me esforcé fui incapaz, en el aula, de recordar cómo se llamaba. No obstante, y aún así, recité varios de sus poemas; y veía su rostro, un grabado, en la portada de una edición de sus obras completas.

-Pues entonces está claro, y puede tranquilizarse: no tiene alzheimer. Leí, yo también comencé a preocuparme por lo mismo, que mientras uno no recuerde una cosa, pero sepa dónde ir para refrescar la memoria, no está enfermo. ¿Recurrió usted al libro y recordó el nombre del poeta?

-Sí, lo hice inmediatamente; y sentí un alivio enorme; pero a los cinco minutos lo había olvidado de nuevo.

-Pero sabía dónde recurrir, ¿no?

-Sí. Abrí de nuevo el mismo libro. Y me escribí su nombre en la palma de la mano. Y nunca más, hasta ahora, lo he vuelto a olvidar.

-A mí también me ha pasado algo parecido de vez en cuando. Y sinceramente creo, y sin equivocarme, que son más las cosas que olvidamos que las que recordamos. Tal vez son lapsus de una memoria abarrotada.

-Por supuesto. En eso no le falta razón: es imposible recordar todas las vivencias y todos los libros leídos. Por mucha rabia que nos dé. Mire, el otro día, en la librería, cogí un libro. Le vi un cierto atractivo: me lo llevé a casa, y me puse a leerlo. Una maravilla. Pero una tarde, buscando otro libro en una de mis estanterías, descubrí que ese libro lo había comprado hacía algunos años. Y lo había leído. Estaba todo subrayado. Y sin embargo no recordaba nada de él en tanto lo leía de nuevo. Nada en absoluto.

-Le repito lo dicho anteriormente. Quizás ha leído usted demasiado. Nuestras capacidades son limitadas. Tal vez más de lo que pensamos. Es imposible acordarse de todo.

-Pero -me quejé- que no me quedara ni un leve destello, ni un mínimo recuerdo de la lectura del tal libro... ¿Hasta ese punto se puede olvidar un texto con el que se aprendió y se disfrutó mucho?

-Tampoco creo en el olvido absoluto. Seguramente el dichoso libro ha llegado a formar parte de usted, lo ha asumido o asimilado, por decirlo de alguna forma, y ya no es nada externo o exterior. Por lo tanto, nada había digno de recordación.

-No sé. Tal vez tenga razón. Pues leyéndolo, voy a decir “de nuevo” por mi olvido del mismo, tenía la sensación de ser todo absolutamente conocido: todo cuanto me contaba el autor, yo lo sabía…

-Pues entonces no lo había olvidado -me interrumpió-. Eran recuerdos anestesiados.

-Al menos esa fue la sensación que tuve.

-Yo -dijo alargándome la copa, llena de nuevo- le puedo contar una experiencia similar. Me sucedió anoche sin ir más lejos. Empecé a ver una película, en la televisión, basada en una narración corta de Stephen King, El cadillac de Dolan. No es nada del otro jueves. La vi sin más. Pero en las escenas finales de dicha película me sobresalté: recordé entonces, y solo entonces, haberla visto hacía años. No obstante, no recordaba nada excepto el final de la misma. Sin duda debió de impresionarme.

-Esto de la memoria y los olvidos tiene su intriga. Me explico. Hace años un compañero de trabajo escribió una novela. La presentó en el salón de actos. Y ante un nutrido grupo de personas, amigos y colegas, confesó que no sabía de dónde le habían salido las situaciones descritas en su libro, ni incluso los diálogos. Para él fue toda una sorpresa. Según dijo, la escribió extasiado, fuera de sí, como si alguien se la dictara en medio de un sueño.

-Hace años -comenzó a contar tras llenar las copas- estuve intrigado por eso llamado inspiración. Pero en mi caso me refería a la inspiración musical. Hablé con varios músicos. Y les dije lo mismo: una narración puede salir de una anécdota oída en el autobús, por ejemplo. ¿Y la música? No creo que la Novena de Beethoven surgiera de oír los cascos de los caballos retumbando sobre las empedradas calles de Viena o de donde fuera.

-¿Y qué le contestaron? -pregunté muy interesado.

-Un músico oye mucha música -me dijeron-. Y de esas músicas oídas, y tal vez olvidadas, asimiladas, surge en un momento determinado, y con una forma nueva, su sinfonía o lo que sea. Y así, querido amigo, no es difícil determinar las influencias de unos músicos en otros.

-¡Vaya por Dios! -exclamé- me ha hecho usted recordar la respuesta de un oyente, en el salón de actos, al compañero novelista:

-Sin haberla leído todavía -le dijo en medio de un intrigado público- no puedo decirte mucho sobre tu novela. Pero sí que quien escribe es porque ha leído y no poco. Y las situaciones de los personajes de tu obra, con toda probabilidad, surgen de las lecturas hechas y olvidadas. Un crítico podría rastrear las influencias de algunos escritores en tu texto. No, no te estoy diciendo que tu novela sea un plagio, sino la transformación de las muchas lecturas hechas a lo largo de tu vida. De ahí surge todo. Y la originalidad residirá en el manejo de esos recuerdos “olvidados”. No hay nada nuevo bajo el sol -concluyó sonriendo- salvo algunas pocas novedades.

-Muy agudo -dijo mi vecino también sonriendo-. Y efectivamente yo creo que no olvidamos nada. Hechos, anécdotas, lecturas, películas, músicas oídas y leídas nos acompañan a lo largo de la vida. Están ahí, metidas, como decía una canción de mi época, en el baúl de los recuerdos. Y de vez en cuando, a saber porqué, un genio abre el baúl y se acuerda uno de algo…

-O están en una jarra o ánfora, y la buena de la señora Pandora le quita el sello para atormentarnos un poco más. Escapados los pequeños demonios del ánfora ya no se sabe si son hijos de una vivencia, de un sueño o de todo a la vez.

-Sí, así es. Tiene razón.

-Entonces -dije tras apurar mi copa- nos movemos entre sueños, irrealidades y ficciones. Lo cual le da la razón a todos aquellos quienes sostienen que toda la Historia no es sino una ficción muy bien trabada a veces. Opiniones en última instancia.

-Es muy posible que tengan razón. Por lo tanto, nada se olvida, querido amigo, pero todo se transforma. Como nos transformamos nosotros a lo largo de la vida. Seguramente no recordamos el mismo hecho ahora que cuanto teníamos dieciocho años. Ni de la misma forma.

-Es muy posible que tenga razón.

-Sí, es posible. A saber lo que recordaríamos de estas charlas dentro de doscientos años, si llegáramos a tan provecta edad.

-¿El sabor del vino?

-Tal vez la fragancia del vaso, como quería Azorín.

-Y algo más. Seguramente.

-Seguramente.

UNETE



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