El Hades

EL HADES

 

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Miguel Herrero de Jáuregui, Catábasis: el viaje infernal en la Antigüedad.

-Nunca jamás -le dije nada más vernos, todavía enfadado- vuelvo a pedir ningún libro por internet.

-¿Qué ha pasado? ¿Se han equivocado y le han enviado otro distinto al pedido?

-No. Peor, mucho peor. Por cansancio y pereza se me ocurrió pedir la Eneida, una versión desconocida, nueva, para estos días de asueto, en vez de ir yo a buscarla a la librería. Y sí, me la han traído correctamente; pero la edición de marras tiene una letra tan pequeña, tan minúscula, que es ilegible. No hay forma de leerla. Ni con lupa.

-A veces -dijo sirviendo una copa de vino- con esto del ahorro se pasan. Editan libros con unos tipos de letra indecentes.

-Y lo peor del caso es que esta puñetera edición tiene un prólogo más extenso que la Eneida propiamente dicha. Cansino, aburrido, propio de una tesis doctoral, útil para el jefe del departamento, no para el público. Al final, dejé el libro en la estantería, y recurrí a la edición en latín.

-Como dijo Quevedo, Dios te libre, lector, de prólogos largos. Imagino que habrá conseguido una edición con un tipo de letra decente.

-Está en la red. En latin library, catálogo de escritores romanos hecho, ríase usted, por una universidad de Estados Unidos. Y claro, en la pantalla puedo ampliar el texto todo cuanto quiera.

-Pues no hay mal -dijo sonriendo- que por bien no venga: una pésima edición lo ha llevado a usted al original.

-Sí, es cierto. Y ha sido un verdadero placer. Pero, se lo juro, no vuelvo a pedir nada por internet. Como aquel con la llaga, quiero ver el libro, palparlo y tocarlo antes de comprarlo.

-¿Y qué tal la lectura?

-Muy bien. He disfrutado mucho, muchísimo. Aun así podríamos hablar ahora de la nefasta influencia del poder en la literatura, y de la subordinación de ésta a aquél. Pero vamos a dejarlo estar. Los cantos de alabanza al imperio, el chovinismo, por parte de Virgilio es lo que menos me interesa de la Eneida. Me he detenido sobre todo en el canto VI, en el viaje al más allá.

-Últimamente está usted muy metido en esas historias.

-Sí. Tiene razón. Incluso me he visto, en sueños, haciendo un viaje similar.

-Habrá sido muy agradable -dijo con un toque de sorna.

-Pues la verdad, no lo sé. Últimamente sueño mucho. Me asombran mis sueños. Tengo, en algunos de ellos, largas conversaciones con diversos personajes. Y, lo más curioso, algunas veces hablamos en latín y en otras griego clásico. No tengo tantos conocimientos como para eso. Soy consciente de ello en cuanto me despierto. Es todo una pura fantasía.

-¿Son proféticos los sueños? -seguía con su sonrisa guasona.

-No. En absoluto. El último sueño ha sido un descenso al Hades.

-¿Se ha muerto usted? -me preguntó con redoblada sorna.

-No lo sé -le respondí con ironía palpándome el pecho-. No creo. Pues estoy aquí en su casa -añadí mirando a mi alrededor-. Y la muerte, como sabe usted, es una experiencia irrepetible. Llegué, eso sí, muerto o vivo, a un lugar muy agradable: con un lago y un abeto blanco. Tenía sed. Me acerqué al lago. Y al arrodillarme para beber, recordé que llevaba mi mochila las dos consabidas botellas con agua de la fuente de mi pueblo. No bebí, pues, del agua del lago: podía borrarme la memoria.

-Dígame donde está el tal lago. Lo vacío de un trago.

-Usted cometió una falta muy grave -le dije con irónica seriedad-. La falta, según me contó, fue meterse en la cama de sus padres cuando usted era un niño, y verlos a estos desnudos.

-¿Eso es una falta? Era un crío de pocos años...

-Ver aquello que no se debe ver es una falta, y grave además. Recuerde a Acteón, comido por sus perros por haber visto desnuda a Ártemis. O al rey Candaules, o a Ovidio, que vio algo indebido, y eso le costó un duro exilio en los confines del mundo. O a Orfeo, quien mató definitivamente a Eurídice por girarse para verla.

-¡Vaya por dios! Se ha hecho la luz -exclamó con cara de iluminado-. Esa tradición, querido amigo, sigue viva. Como sabe usted, yo soy un gran aficionado al cine. Me gusta mucho. Y, sobre todo, el cine japonés. Pues bien, hay una película, de Akira Kurosawa, Los sueños, que cuenta la invitación al suicidio a un niño porque ha ido al bosque, un día de lluvia, y ha visto la Procesión de los Zorros. Una ceremonia prohibida. No debe verse. Y es una maravilla… La procesión y la película.

-Por eso mismo caminé yo por allí con la cabeza gacha, mirando al suelo. Sin querer ver nada ni a nadie.

-¿Y no se perdió?

-No. Me dejé llevar por mi instinto. Recitando, por si acaso, aquello de “soy hijo de la tierra y del cielo estrellado”. Añadiendo que había purgado mis faltas de varias y diversas formas. Algunas de manera muy dolorosa. Ahora solo quería verla a ella, estar con ella una vez más. Llegué a la puerta de los bienaventurados. Estaba seguro de hallarla allí…

-¿Se refiere a la chica aquella a la cual dejó usted plantada en la puerta de correos una noche de lluvia?

-A esa misma. Perséfone, o alguien parecida a ella, me pidió el pasaje. Abrí la mochila: solo llevaba dos conchas, una libreta, un bolígrafo, y un pequeño libro, mi eterno compañero. Es uno de Luciano el Samósata. Imaginé que me iban a arrojar a pedradas acompañadas de agudos chillidos. Pero Perséfone sonrió, se quedó el libro, era la versión en griego, y me dejó franca la entrada.

-Vería por allí a mucho conocido.

-No me fijé en ellos. Me llamó la atención que, a dos por tres, todos y cada uno de ellos, se dirigieran a un río, y agachándose, bebieran de sus aguas como si estuvieran muertos de sed. Era el Río del Olvido.

-Ese río lo necesito yo.

-Al parecer algunos muertos, tal vez por castigo, vuelven a recuperar la memoria. Y cada cierto tiempo deben beber agua para borrarla de nuevo. Pero ésta es persistente y vuelve con fuerza una y otra vez.

-Eso es cierto. Y además, la memoria es una condenada trapacera hipócrita: siempre resalta lo malo. Rara vez recuerda los favores que nos han hecho, o los hechos por nosotros a nuestros prójimos.

-Seguí avanzando sin prestar atención a nadie. Y nadie, por descontado, se fijó en mí. Y di con ella. O mejor, ella salió a recibirme.

-No digas nombres aquí abajo -me advirtió-. Y contesta con toda sinceridad, con corazón puro, si te preguntan.

-¿Y qué le preguntaron a usted allí? -inquirió sonriendo con malicia.

-Un personaje enorme, casi gigantesco, se presentó ante nosotros, y me preguntó cuál había sido la época más feliz de mi vida. Si había tenido alguna.

-La señalé a ella. Y añadí: “Y mi infancia, cuando mi mente estaba en blanco.” Aparecimos entonces en un camino muy familiar. Llevaba a una torre morisca de vigilancia, rodeada de pinos. Al fondo había una amplia biblioteca. Allí, cerca de la torre, había pasado infinidad de tardes columpiándome, el columpio me lo hizo el carpintero del pueblo, con uno de mis primos. Ahora, transformados en dos niños, era ella quien se columpiaba. La empujaba con suavidad. Se reía con ganas. Y yo era feliz. Iba a preguntar si podíamos quedarnos junto a la torre. Pero pensé que también ella debería tener su, digamos, locus amoenus.

-¿Lo tenía? -inquirió sirviendo otra copa de vino y sin dejar de sonreír.

-No hizo falta preguntarlo. Aparecimos de pronto en un huerto. Había flores de todo tipo. Una fuente de agua clara y limpia. Y ella, con un encanto irresistible, llenaba una regadera con su agua y las regaba. Me invitó a hacer lo mismo. La ayudé de mil amores. Luego nos fuimos a una casita a leer cuentos… Tenía muchos cuadros. Eran grabados suyos.

-Como dijo uno de los Paneros en aquella excelente película, El desencanto, en la infancia vivimos y luego nos sobrevivimos.

-Tal vez. No estoy de acuerdo del todo. Pero tal vez.

-¿Y cómo terminó aquel viaje? -inquirió ya al borde de la carcajada.

-Haciendo una pregunta absurda. La pregunta me corroía las entrañas: si podíamos quedarnos en el Hades, o en nuestros lugares preferidos.

-Seis meses en este huerto con su casita -me dijo ella- y seis en la torre con los pinos y la biblioteca. Regresemos.

Nos pusimos en camino hacia el lugar donde la había encontrado. Cuando llegamos, había puesta una mesa con todo tipo de manjares. ¿Tenía hambre? No lo sé. Por las noches ceno poco. Pero me pareció una grosería rechazar la invitación. Aunque sentarse a una mesa compartida sin conocer a los comensales es una completa estupidez. Ella se sentó a mi lado. Y alguien, una niña de rubios cabellos, me ofreció una copa de vino. La llevé a mis labios. Y en ese momento desperté.

-¡Vaya por Dios! ¡Qué pena! -exclamó mi vecino con un redoblado toque de sorna- me hubiera gustado conocer el sabor del vino del Hades.

-Sin duda debe de ser excelente. Como éste tan terrenal -dije llevando, ahora sí, la copa a mis labios y apurándola-. Recordé -le expliqué- inconscientemente sin duda, que comer o beber algo en los Infiernos supone quedarse allí y no regresar. Por eso me desperté. Digo.

-Y usted regresó.

-Sí. Aquí estoy. De vuelta. Me desperté anonadado por el sueño. ¿Y sabe lo primero que hice? Levantarme rápidamente y buscar en los estantes el libro de Luciano el Samósata. Lo encontré. Estaba allí. No se había movido. Respiré aliviado. Eso me tranquilizó como no puede usted ni imaginarse.

-Los sueños, sueños son.

-A veces non. Creo yo.

UNETE



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