AMIGABLES DISCREPANCIAS
AMIGABLES DISCREPANCIAS
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Luis Vives, Introducción a la sabiduría. -No deja de llamarme la atención -me dijo aquella fría tarde de un crudo invierno- su negativa a hablar de política; o, mejor dicho, el fastidio que esto le provoca. Y ya está usted poniendo caras raras. -Pues, perdone. No le voy a poner cortapisas a sus preferencias: puede usted hablar de lo que guste; pero hay asuntos, o temas, que no dan para mucho. Y nada de cuanto digamos servirá para nada ni cambiará nada. -Tiene razón. Aunque tampoco ha sido muy provechoso cuanto hemos dicho sobre otros temas. ¿O sí? -No lo sé; pero a veces intercambiar ideas o pensamientos sirve para aclarar un poco los propios. O para conjurarlos. -¿Le han servido a usted de algo las muchas charlas tenidas a lo largo de estos años? -Así de pronto le diría que me han servido para beber buen vino -entendió mi indirecta y me llenó la copa- para descansar y relajarme; y, como dicen ahora, para socializar con usted. No he pedido nada más. Y por eso mismo no me gustaría nada frustrarle: puede usted hablar de política y de políticos y de cuanto le apetezca o le pida el cuerpo. -Con todas las necedades que pasan en este bendito país, creo que podemos conjugar los dos intereses en una misma conversación. Es decir, la política y, digamos, la filología, o la gramática. -Me temo por donde me va a salir. Pero, por favor, siga. Adelante. -Ya lo veo haciendo caras… -Es un problema eso de mis caras: no sé disimular. Lo mío no es la diplomacia. -Bien. La cuestión es que aquí, como sabe, los políticos, o algunos de ellos, han planteado el crucial dilema, grave y de máxima importancia y urgencia para el bienestar de la población, de cambiar el acento al nombre de la ciudad. Ya no va a ser València, que suena a catalán sino Valéncia, que parece más del terruño. -Usted me perdonará, pero eso no son sino sandeces de cabezas de chorlito, huecas, sin proyectos ni ideas. El asunto no da para más. Pues no creo que vayan a cambiar todas las reglas ortográficas -Dejando aparte los piropos, ¿qué opina usted del planteamiento de los acentos? Desde un punto de vista gramatical, para no meternos en políticas -añadió sonriendo. -Que esto no es sino una enorme sandez. Como aquello de decir que el valenciano es una lengua, y, además, distinta del catalán. Pero vale, le contesto. -Alguien -dijo redundando en el asunto y volviendo a llenar las vacías copas- ha dicho que hay que escribir el nombre de la ciudad con acento cerrado porque en su pueblo, y en la inmensa mayoría de los pueblos, así lo pronuncian. -Mire, el otro día, en clase, unos alumnos con ganas de trifulca me plantearon lo mismo. Les dije que el acento, abierto o cerrado, se había convertido en un asunto político, de los políticos huecos e ignorantes. No conocen la gramática, ni la van a conocer. Hay que estudiar, y eso es muy duro para ciertas personas… No valieron mis razonamientos: siguieron insistiendo. -Me imagino que llegarían a resultarle molestos y algo empecinados. -No. Al final los molesté yo a ellos. Les dije una cosa muy sencilla. En el pueblo de este señor, donde no distinguen entre el acento abierto y el cerrado, según él, tampoco distinguirán, como la inmensa mayoría de la gente del país, entre la uve y la be. De hecho suena igual Valencia que burro. Habrá que eliminar una de las dos grafías si el problema que plantea este señor es gramatical. Y la hache. Suena igual hombre, home, que ombra, sombra. E igual quiosco que kilómetro o queso, o bocadillo que *bocadiyo… ¿Lo eliminamos todo y hacemos una escritura fonética? Eso ya no les hizo tanta gracia. ¿Y sabe por qué? -Porque tendrían que volver a estudiar, y a esforzarse por eliminar viejos hábitos. -Ni más ni menos. -¡Ah! Y no se olvide tampoco de la ge y de la jota, que tantos problemas le causaban a Juan Ramón Jiménez. Aunque éste los solucionó como usted propone: eliminó la ge. Al fin y al cabo igual suenan, lejía que antología. -Pues entonces estamos de acuerdo. Pero, volviendo al caso y para cerrarlo: ¿propone este señor cambiar esas grafías o solo el acento de Valencia? -Que yo sepa -dijo en tanto llenaba las copas- sólo quiere cambiar el acento. -Pues entonces no hay duda: es una vaciedad de algunos políticos llenos de aire y de varios necios. Asunto concluido. No es una cuestión gramatical. -¿Y entones no le interesa? -Sí. Ya le he dado la respuesta. Pero, vale, sigamos con la política: me llama la atención la cantidad de personas que siguen a estos personajillos. O, se lo pongo más fácil a fin de seguir hablando de política: que haya gente que sigue a un estafador, violador y mala persona, como es Trump. Y que tenga seguidores en este país, que los tiene. ¿A qué cree que se debe este fenómeno? -No lo sé. Quizás habría que analizar caso por caso. Tal vez insatisfacción, deseos de cambios rápidos, odio a todo lo extranjero, etc. ¿Tiene usted alguna idea al respecto? -Ninguna. A veces me he propuesto leer libros de sociología o ensayos a fin de dar con una respuesta o explicación; pero la vida es muy corta, y quiero dedicarme a lo mío… Cuando tenía trece o catorce años, al terminar un libro me entraba una enorme tristeza: creía, ingenuo de mí, que algún día me terminaría los libros y no podría leer más. Ahora, gracias a los dioses, acabo un libro y tengo cuatro pendientes de lectura. Y, desde luego, no me los terminaré de leer todos. -¿No es una suerte que siempre se nos quede alguna tarea pendiente? Eso nos hace casi inmortales. Cuando voy a comprar alguna botella de vino para estas tenidas, siempre pienso lo mismo: tal vez ésta sea la última, tal vez no haya más. -Algún día se terminarán estas reuniones, desde luego. Por tanto, disfrutemos de ellas en tanto podamos. Y no nos preocupemos por el mañana: llegará independientemente de nuestros deseos. Y con nosotros o sin nosotros. -Totalmente de acuerdo. Y ya que hemos hablado de política, hable usted ahora de su tema preferido. -Gracias. Pero eche más vino. El otro día -dije complaciéndolo- me compré un libro sobre Sumer, los inicios de nuestra civilización. Me llenó de asombro que hayan sido capaces lo siriólogos de traducir la escritura cuneiforme. A veces el hombre, o ciertos hombres, asombran. Y no me diga que es inútil traducir estos textos. -No he dicho nada. -Por si acaso -le dije sonriendo-. Mire, traducir de una lengua a otra es una labor de locos… El otro día me deleité traduciendo unos versos de Hesíodo. De la Teogonía. Y ha habido un momento de lucidez, de extasiarme, por decirme de alguna manera. Ha sido cuando me he tropezado con la descripción que hace el poeta de la laguna Estigia. En griego Στύξ, que tiene la misma raíz que στυγερός, significa detestable, despreciable. En español se pierde ese matiz. Estigia en castellano sólo significa la Laguna Estigia, no hay ninguna connotación, en el nombre, de algo detestable u horrible. ¿Cómo lo reflejo en la traducción? -¿Nota a pie de página? -Me lo ha puesto en bandeja: es algo que el cine, al que tan aficionado es usted, no podrá hacer jamás. -Sí. Tiene razón. Cada época requerirá un doblaje nuevo, distinto hasta cierto punto. Ver entonces las versiones originales será cuestión de eruditos. Seguro. -Leer los originales sumerios, griegos y latinos también lo es. En realidad, bebemos todos el mismo vino: cada época requerirá un doblaje nuevo en las películas, y de una traducción nueva de cualquier texto. Salvo que los sabios de los acentos digan lo contrario. -No dirán nada. No los imagino leyendo mucho. -Ni mucho ni nada. Ni cuestionando nada que no sean sandeces o cosas de las que nada saben. Bebamos, amigo. -Sí acabemos este buen vino; y como decían unos cómicos de mi época, mañana hablaremos del gobierno. -Si no hay más remedio... 1Luis Vives, Introducción a la sabiduría, Cap. XIII, 477. Ajuntament de València, 2001. Traducción de Ismael Roca y de Ángel Gómez-Hortigüela.