En el museo

EN EL MUSEO

 

.

Séneca, Epístolas a Lucilio

Séneca fue un filósofo estoico. Otro gran estoico, pero de corte cristiano, fue don Francisco de Quevedo. Su famoso soneto parece inspirado directamente en la epístola de Séneca:

Miré los muros de la patria mía.

[….]

vencida de la edad sentí mi espada.

Y no hallé cosa en que poner los ojos

que no fuese recuerdo de la muerte.

Todo cuanto ve el poeta en su casa, en el monte, y en sus utensilios, báculo y espada, no le hablan sino del paso del tiempo, de la destrucción y de la muerte. Así imagina Séneca a su viejo esclavo, cuando llega a su envejecida quinta: con los pies por delante en el atrio de la misma, muerto. La vejez, no obstante, como reconoce el mismo filósofo, tiene, también, su parte positiva: la desaparición de algunas pasiones, por ejemplo. Y, en algunos casos, la consecución de una mínima sabiduría.

En mi juventud, leía libros, y los amontonaba, porque los veía como fieles testigos de mi incipiente sabiduría. Los miro ahora, con la juventud perdida, como tantas otras cosas, y no me hablan si no del paso del tiempo, de la muerte, de la inutilidad de muchos esfuerzos. Y también del gozo de la lectura. ¿Sabiduría? La poca que la vida, y algunos libros se han encargado de darme. Los de Séneca entre otros. Y las visitas a los museos.

Estando en el museo de Prehistoria, con el estoicismo bien presente, me llegó un mensaje de mi vecino. Me invitaba a comer en el restaurante vegano cerca de casa. Acepté la invitación, aunque tardaría en llegar. No había prisa. Había reservado la mesa para las 15 horas.

-Últimamente -me dijo nada más verme, levantándose y tendiéndome la mano- visita usted con mucha frecuencia el museo de prehistoria.

-Sí. Es cierto. Me gusta estar allí. Me encanta imaginar la vida de nuestros antepasados. En el museo lo hago con relativa facilidad. Además en medio de aquellas piezas me siento muy próximo a mi amigo José Luis. Con él visité muchos de los poblados iberos donde han sido halladas las vasijas, cerámicas, utensilios y demás cachivaches guardados, ahora, en las vitrinas.

-Y así mezcla usted lo antiguo con lo moderno.

-Sí. Más o menos. Pero eso es inevitable. Creo. Me gusta ver, por otra parte, las animaciones del museo sobre cómo vivían nuestros antepasados en tan empinados y remotos lugares. Acceder a ellos, al menos a algunos, cuesta trabajo y sudor. José Luis y yo subimos a varios con grandes esfuerzos de voluntad y de piernas. Resoplando.

-¿Y cómo se las apañaban los ancianos en aquellas épocas?

-¿Había ancianos? La vida media en Grecia y Roma estaba en torno a los cuarenta años. ¿Cuál sería la edad límite de los iberos? Seguramente morirían muy jóvenes. Antes quizás de que les abandonaran las fuerzas para subir y bajar de su poblado. Pero no lo sé.

-No lo deberían de pasar muy bien.

-Lo ignoro. No se pueden hacer afirmaciones tajantes. Los pocos testimonios escritos que han dejado no se han podido descifrar. Desconocemos su contenido… Pero yo sospecho -le dije sonriendo en tanto comenzábamos a comer- que en esos rollos de plomo está el inicio de la filosofía estoica.

-¿De verdad? -preguntó con asombro tras llenar las copas de vino.

-No. Era una broma. En las ruinas de los poblados, con mi amigo José Luis, y ante las vasijas del museo, solo, no he dejado de pensar ni por un momento en la vida de aquellas personas. Seguramente fue dura. Muy dura. Y tal vez el viejo de la tribu, ante una hoguera, por la noche, comenzara a hablar de disfrutar de las escasas pertenencias, y dejarse de fantasías… Quizás alguien,algún hijo suyo, pretendiera emigrar como lo hacían los comerciantes llegados de la lejana Fenicia, de Grecia o de otros lugares.

-Entonces el estoicismo, según usted, es una filosofía de raíz ibérica.

-No hay pruebas ni documentos. Por lo tanto es una fantasía cuanto le estoy diciendo. Producto incoherente de mis visitas al museo y a las ruinas de los poblados. El estoicismo, como el epicureísmo, como casi toda la filosofía, proviene de Grecia. Es indudable. Queramos o no, querido amigo, somos griegos, entre otras cosas.

-Sí, pero al parecer fue el estoicismo la filosofía que arraigó por estos lares.

-Eso parece.

-¿Y a qué cree usted que se debe? ¿A la forma de vivir de aquellos hombres? Me gustaría visitar algún poblado ibérico. Alguno accesible para mí. Tal vez las ruinas me aclaren algo.

-El poblado de Mogente, Moixent, lo podemos visitar sin ningún problema. Se puede ir con coche hasta las puertas del mismo poblado.

-Iremos. Pero sigamos con la filosofía. ¿Por qué cree usted que el estoicismo arraigó entre aquellas personas?

-Ya se lo he dicho: todo cuanto le estoy diciendo no es sino una pura fantasía. Aquellas personas, en aquellos lugares, no debieron tener mucho tiempo para filosofar…

-Pero no dejarían de pensar en sus ratos libres, o incluso segando o recolectando. No le digo nada pastoreando al ganado.

-No tenemos constancia de ello. Pero es posible. Tenían dioses y religión, por lo tanto también había un inicio de pensamiento, por llamarlo de alguna forma.

-Séneca era español -me espetó de golpe y porrazo, sonriendo y tentándome a fin de seguir hablando.

-Eso ya lo comentamos. Tenía tanto de español como usted de torero. Además, escribía en latín… Mire -le dije sonriendo tras vaciar la copa de un finísimo vino- hoy estaba yo gracioso. Camino del museo, he pasado por una librería moderna: allí igual le venden a usted una aspiradora que un móvil de última generación, como los últimos premios nobel o los últimos premios de cualquier cosa… Le he preguntado a un empleado si tenían libros de Séneca, pero en latín… Me ha mirado como si estuviera loco.

-Usted también tiene cada ocurrencia…

-¿No somos un país tradicionalista? ¿No es Séneca un compatriota?

-Hasta cierto punto y hasta donde nos interesa. Como todo en esta vida. A veces me las veo y me las deseo para conseguir una obra de un escritor español. Reloj de príncipes, por ejemplo, de Antonio de Guevara.

-Si me lo hubiera dicho se lo hubiera buscado. Me ha llamado la atención la enorme cantidad de libros expuestos como novedades. Había mesas y mesas con infinidad de novedades. ¿De verdad se lee todo eso? Me cuesta creerlo. Además son libros bastante voluminosos.

-Lo dudo. Ahora bien, ¿dónde está el negocio si no los compran?

-No lo sé. Se me escapa.

-Total, no ha conseguido a Séneca en el original.

-Lo tengo. Me lo trajeron de Italia unos compañeros, y de Alemania, otros. En aquellas tierras nadie se sorprende por pedir a Séneca en latín. O a Platón en griego.

-Por do vayas de los tuyos hayas.

-Y volviendo al museo -le dije- como en todas mis anteriores visitas, no había nadie. He estado completamente solo. Lo cual es muy de agradecer. Y sí, he vuelto a pensar en aquellas personas y en su forma de vida: los iberos, debieron ser estoicos a la fuerza, sin haber oído hablar de Zenón, Antístenes o Epícteto. ¿Qué podían hacer allí sino resignarse, trabajar y morir sin más aspiraciones? Un simple constipado les podía costar la vida. Vicios no deberían tener muchos. Seguramente, ninguno.

-Y sin embargo Séneca -insistió- ni era pobre ni vivía en un altozano dejado de la mano de dios… Aunque no fuera español, como tampoco lo eran los iberos. ¿Llevaba el estoicismo en los genes? Era mediterráneo, como los padres de esa filosofía.

-Si nos estuviera oyendo algún profesor de filosofía nos mandaría los dos a estudiar ciencias básicas…

-No se preocupe. No hay ninguno. Le repito la pregunta: ¿llevaba Séneca los genes del estoicismo heredados de aquellas personas?

-No lo sé. ¿Tiene algún país predisposición para una filosofía o para otra? ¿Es la filosofía, igualmente, producto del medio? Yo creo que sí, o, al menos, en buena parte. Pero no lo sé.

-Me está arruinando usted el libre albedrío.

-No. El tener tendencias hacia esto o aquello no es negar el libre albedrío. Siempre puede revolverse en contra de la filosofía que la vida o el medio le impone. Aunque el libre albedrío es tan pequeño como la cabeza de una aguja...

-Sí, pero si se desconocen otras filosofías…

-Tal vez porque no son necesarias… Mire, tanto Séneca como Quevedo hablan de la decrepitud, de la vejez, del paso del tiempo… Sí, y para ellos eso, a veces, es negativo, una pérdida. Yo, por el contrario, veo en mis amontonados libros un gozo, el gozo de haber vivido. ¿Me he equivocado? Por supuesto. Pero también he rectificado. El estoicismo no solo es Job aceptando todo cuanto viniere, y Séneca suicidándose… Cuando fui a Lucentum, Alicante, en el poblado, me enseñaron unas huellas de un niño y de unas cabras. La calle, al parecer, la acababan de hacer. Llovió aquel día, y el niño y los animales corrieron en busca del refugio de su casa, tal vez riéndose. En la calle, recién “asfaltada” por llamarlo de alguna manera, quedaron grabadas sus pequeñas huellas... En el museo hay un dibujo de un poblado ibero. Un niño se asoma y mira al espectador sonriendo. Aquellas gentes también tendrían sus momentos de felicidad. Quiero creerlo así. Tener un vaso de barro, no le digo nada un plato griego, o una jarra de buen vino, tuvo que ser para ellos motivo de alegría y regocijo.

-Sí. La vida, pese a todo, siempre tiene cosas buenas. Una de cal y otra de arena.

-Así es. Y hay que saber vivir con la cal y con la arena. Como sin duda hicieron ellos. Sonreír o correr sonriendo, como esos niños iberos.

-Somos unos estoicos bien alimentados.

-Vaya que sí. Es indiscutible -dije apurando las últimas gotas del excelente vino y añorando la presencia de viejos amigos.

1Séneca, Epístolas a Lucilio, libro I, 12. Debeo hoc suburbano meo, quod mihi senectus mea quocumque adverteram apparuit.

UNETE



Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

  • linkedin facebook twitter
  • ©reeditor.com
  • Todos los derechos reservados
  • Avisos Legales