La cuarta revelación de Milei

La cuarta revelación que Milei no va a aceptar. En su primer Foro de Davos, Javier Milei alertó a quienes concentran la mayor riqueza del mundo sobre “el avance del socialismo en Europa”, una afirmación que los propios asistentes sabían falsa: de otro modo, no existiría la obscena concentración de riqueza que ellos mismos representan.

 

. En su primer Foro de Davos, Javier Milei alertó a quienes concentran la mayor riqueza del mundo sobre “el avance del socialismo en Europa”, una afirmación que los propios asistentes sabían falsa: de otro modo, no existiría la obscena concentración de riqueza que ellos mismos representan.

En su segunda participación fue contra la Agenda Woke, el cambio climático, los acuerdos 2030, los colectivos defensores de minorías, las mujeres y todo aquello que no coincide con su ideología libertaria. Una ideología que proclama “el respeto irrestricto al proyecto de vida del otro”, pero que parece reservar ese respeto solo para quienes piensan como él.
En ese mismo discurso sentenció además que “los extremos de la ideología gay son pedófilos”, agrediendo de manera directa incluso a millonarios homosexuales presentes en el Foro.

En cada una de sus participaciones en Davos —siempre desentonadas con un auditorio de megamillonarios— Milei fue disruptivo, soberbio, ofensivo en partes y profundamente desubicado para un presidente de un país que necesita inversiones urgentes. Sin embargo, en cada discurso hubo un concepto central, ideológico y elemental, alrededor del cual giró todo lo demás.

El Davos 2026, a modo de Tercera Revelación, dejó al descubierto una visión casi mística: un hilo invisible que uniría economía y lo divino.

Esta revelación permite comprender por qué Milei es prácticamente el único economista que sostiene que el mercado no tiene fallas, que no existen errores y que todo lo que el mercado —el libre acuerdo entre privados— produce es, por definición, justo.

No importa cuántas asimetrías existan entre los actores, ni cuánto poder concentre una de las partes sobre la otra. Para Milei, todo intercambio sin intervención estatal es justo y es lo único que genera crecimiento real, aunque ese crecimiento sea solo para una de las partes y, como muestran los resultados actuales, siempre para las mismas.

No creo que quiera ni pueda responderlas, pero es válido dejar planteadas algunas preguntas.

¿Es capitalismo —o incluso anarco-capitalismo— que un solo hombre, Elon Musk, concentre una riqueza equivalente a la del 54% de los estadounidenses, como señala Bernie Sanders?
¿O que, si se suman apenas tres megamillonarios más —Mark Zuckerberg, Jeff Bezos y Paul Singer—, solo ellos cuatro concentren una riqueza equivalente al 93% de las familias y empresas de Estados Unidos?

¿Existe aún el capitalismo cuando más del 80% de las acciones que cotizan en las bolsas estadounidenses están controladas por no más de cinco grupos económicos?

¿Tiene alguna posibilidad un ciudadano común de imponer condiciones o competir —ya sea en EE.UU. o, peor aún, en la Argentina con su peor poder adquisitivo en años— frente a cualquier poder corporativo?

Milei debería ser muy ingenuo, profundamente desconectado de la realidad o directamente cínico para no ver estas injusticias socioeconómicas.
Pero ocurre que, si las reconociera —si aceptara las asimetrías y la precariedad real en la que viven millones— debería aceptar también la intervención del Estado para corregir lo que los “acuerdos entre privados” jamás resolverían.
Aceptar eso sería avanzar hacia la Justicia Social, un concepto que, además de resultarle demasiado peronista, es el que más aborrece.

La Tercera Revelación también chocó de frente con el discurso y las medidas anunciadas previamente por Donald Trump en el mismo foro, claramente cargadas de demagogia ante su caída de popularidad en EE.UU. Sus anuncios —intervencionistas y estatales— apuntaron al sector bancario y a la construcción, en un intento de contener la volatilidad financiera y el desgaste político. Milei habló después, pero pareciera no haber escuchado nada.

Como casi todo en Milei, nada es permanente salvo su discurso místico, arcaico por momentos e irreal. Esta vez, sin embargo, la incoherencia entre lo que dice y lo que hace no solo se repitió: la realidad terminó por derrumbar su revelación.

Antes de regresar ya se acumulaban problemas gestados durante más de dos años por inacción —y a veces por acción directa— del Estado Nacional, con fuerte impacto en las provincias. El deterioro de rutas, autopistas, puertos, salud, educación y ciencia, sumado a los fondos recortados y no transferidos para el Manejo del Fuego, comenzó a pasar factura.

Errores nunca reconocidos, siempre justificados bajo el argumento de la corrupción y el “beneficio a la política”.

Al volver, los incendios —sobre todo en la Patagonia— estaban fuera de control. Las provincias colaboraban con recursos, pero faltaba la Nación. No tuvo alternativa: debió guardar su discurso ideológico y, por decreto, liberar los fondos que antes había negado para paliar el desastre.
Difícil presentar esa acción como heroica cuando se trató, en realidad, de un retraso administrativo fatal: el fuego es rápido y no perdona.

Antes de aceptar esta realidad, Milei debió equivocarse de manera tan evidente que hasta sus propios votantes comenzaron a cuestionarlo. Del misticismo anarco-capitalista de Davos pasó, sin escalas, a cantar en el escenario de su ex pareja en Mar del Plata y luego a festejar en la Derecha Fest. Ni siquiera los sectores más antipolíticos dejaron de señalar lo inoportuno del show mientras la Patagonia ardía. Las encuestas fueron contundentes.

Aquí aparece la Cuarta Revelación. No sobre Milei, sino sobre el modelo de Milei, y es tan evidente como imposible de aceptar para él y para el universo libertario.

¿Cómo sería este modelo proyectado a 35 años?
¿Cómo sería hoy el país si, desde Alberdi, Roca y Sarmiento —liberales que sí creían en el Estado, la educación pública y la salud pública—, hubieran gobernado libertarios durante dos siglos?
¿Cuánta infraestructura existiría sin trenes, rutas, represas, puertos, aeropuertos, ciencia y organismos creados e impulsados exclusivamente por el Estado?

Siendo honestos y realistas: ¿qué país tendríamos tras 200 años de un modelo libertario puro? ¿Y qué país podemos esperar con los dos años que restan de mandato y una eventual reelección?

Más urgente aún —y difícil de proyectar siquiera a seis meses— es el poder adquisitivo de la gente, que no es otra cosa que su vida cotidiana.

La inflación promedio informada por INDEC ronda el 2,5% mensual, cerca de un 20% semestral. El costo de vida real para las familias sube entre 3% y 5% mensual según el sector social, acumulando entre 30% y más de 40% en seis meses. Los salarios registrados, en cambio, aumentan apenas entre 1% y 1,5% mensual: en el mejor de los casos, un 8% a 10% semestral.

Todo esto con un agravante decisivo: el poder adquisitivo promedio hoy se ubica entre un 20% y un 30% por debajo del nivel de precios.

La Cuarta Revelación sobre Milei es clara: el modelo puede servirle a la macroeconomía y a una docena de corporaciones. Pero para la gente, incluso en un plazo de seis meses, es simplemente inviable.

La cuarta podría ser la última, si Milei no cambia.

Edición Yedith Cazarin escritora

UNETE



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