El Saco de Semillas

Hay una idea equivocada que se ha metido con fuerza en nuestra forma de entender el amor: creemos que una relación llega para hacernos la vida más ligera, cuando en realidad llega para darle peso… pero peso con sentido.

 

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Un matrimonio, una relación verdadera, no es una estación de descanso. Es el inicio de un camino. Y cuando dos personas deciden recorrerlo juntas, no reciben un mapa, ni promesas de que no habrá tormentas, ni la garantía de que todo será sencillo. Reciben algo mucho más simple y, a la vez, mucho más profundo: un saco vacío.

Ese saco es la relación. Al principio no contiene nada. Solo posibilidades. Y el sendero que se abre frente a la pareja es la vida misma, con sus subidas, sus piedras, sus paisajes hermosos y sus tramos agotadores. A lo largo de ese camino empiezan a aparecer las semillas. No son visibles a los ojos, pero están ahí, escondidas en los momentos que más incomodan.

Las semillas no son los días perfectos, ni las fotos sonriendo, ni los viajes, ni los regalos. Esas son flores del camino, adornos que alegran, pero no sostienen. Las verdaderas semillas aparecen cuando hay que tener paciencia mientras el otro atraviesa su propio carácter; cuando se elige escuchar en lugar de ganar una discusión; cuando se perdona algo que dolió; cuando se conversa aun con el cansancio encima; cuando uno decide quedarse en un momento en que sería más fácil irse. Cada dificultad superada juntos deja una semilla dentro del saco. Cada crisis que no rompe, en realidad construye. Cada herida que se sana en conjunto se transforma en contenido.

Y entonces el saco empieza a pesar.

Ese es el punto que muchos no comprenden. Se asustan del peso como si fuera señal de que algo está mal. Pero no siempre el peso es fracaso; muchas veces el peso es profundidad. Pesa conocer las debilidades del otro y aun así elegirlo. Pesa adaptarse, ceder, aprender a amar de una forma menos egoísta. Pesa sostener cuando el otro está débil. Pesa la historia compartida. Pero todo ese peso está hecho de semillas.

El gran error de nuestra época es confundir ligereza con felicidad y peso con equivocación. Cuando la relación ya no se siente tan fácil como al inicio, aparece la idea de que quizá “no era la persona correcta”, que tal vez “merecemos algo menos complicado”, que “el amor no debería doler”. Y en medio de ese pensamiento, muchos deciden soltar el saco.

Sí, se puede. Siempre se puede empezar de nuevo. Se puede tomar otro saco, caminar otro sendero, sentir otra vez la emoción del inicio, la frescura de lo que aún no tiene historia. Pero ese nuevo saco vuelve a estar vacío. Las semillas que se recogieron en el camino anterior no se transfieren, porque no eran solo lecciones personales: eran procesos construidos con alguien más, en un tiempo que ya no vuelve.

Cada vez que se abandona un saco, no solo se deja a una persona, se deja una historia en formación. Se pierde la paciencia que estaba creciendo, la confianza que tardó años en consolidarse, la complicidad que solo nace después de atravesar tormentas juntos. Y aunque un nuevo comienzo pueda traer ilusión, el tiempo disponible para llenar ese nuevo saco ya es menor, la energía es distinta, la disposición emocional cambia. Vivir empezando una y otra vez puede dar la sensación de libertad, pero muchas veces deja una vida llena de comienzos y pobre en cosechas.

Porque el objetivo del camino no es solo caminar acompañado. El objetivo es sembrar al final.

Llega un momento en la vida en que el sendero se acorta, los pasos se vuelven más lentos y uno mira hacia atrás. Ese es el instante de abrir el saco. Lo que haya dentro se convierte en el campo sembrado: el legado emocional, la estabilidad que se construyó, el ejemplo que se dejó a los hijos, la historia que sostendrá a las generaciones que vienen detrás. Las relaciones que resisten crean raíces profundas; las que se abandonan con facilidad dejan tierras con pocas semillas.

No se trata de promover el sufrimiento ni de justificar relaciones dañinas. Se trata de comprender que el peso de una relación sana no es un castigo, es contenido. Es la evidencia de que dos personas no solo sintieron, sino que trabajaron, soportaron, crecieron y se transformaron juntas. Amar de verdad no es buscar un saco liviano, es elegir que, aun cuando pese, valga la pena cargarlo.

Muchos buscan una relación que no pese. Pero las relaciones que no pesan casi nunca dejan huella. Y al final de la vida, la pregunta que queda suspendida en el silencio no será cuántas veces se volvió a empezar, sino qué tan lleno llegó el saco. Porque de eso depende la cosecha, y la cosecha nunca es solo para uno: siempre alcanza a la familia, a los hijos y a la historia que continúa después de nosotros. 

UNETE



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