Hastío

HASTÍO

 

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Luis Vives, Introducción a la sabiduría.

Aquel día compré yo dos botellas de vino y un cuarto de jamón de Teruel, bajo en sal. Con todo ello, más unas lonchas de queso, bajé a casa de mi vecino. Puesta la bebida y el condumio sobre la mesa dimos buena cuenta de todo ello. Hablando, mientras tanto, de libros y de mujeres. Sobre todo de lo primero.

-¿Fue usted a la última feria del libro? -me preguntó entre cándido y malicioso.

-No. Yo no voy a semejantes eventos. Compro libros cuando los necesito. Y siempre voy a las librerías a tiro hecho: me marea ver tanto libro: me da vértigo tanta mesa con tanta novedad editorial. Palabrería en el mejor de los casos.

-Si. Algunas librerías se parecen a los bazares chinos: todo resulta muy brillante y atractivo en la tienda, hasta que llevado a casa lo comprado se convierte en un incordio. El destino final es la basura.

-De lo cual deduzco que tampoco usted fue a la dichosa feria.

-No. No fui. Iba de joven. Recuerdo una vez -contó sonriendo- uno de los reclamos para comprar un libro. Fue anunciado el tal libro a través de unos potentes altavoces. Ensordecedores. El libro, vocearon los temblorosos altavoces, estaba escrito sin utilizar ni una o. Lo cual me hizo reír, al paso que despertaba mi sentido crítico: era una contradicción. Pues la o ya aparecía en la portada anunciando que no volvería a presentarse nunca más ¡Valiente simpleza!

-¿Y no compró usted el libro?

-¡Por Dios! Maldito el interés que tenía para mí dicha tontería. Mejor hubiera sido anunciar que el susodicho libro, y otros muchos, estaba escrito sin faltas de ortografía.

-¡Ay, señor mío! Eso es pedir peras al olmo. Usted sabe que una lengua, cualquiera, es muy difícil dominarla por completo. Imposible, le diría. Todos cometemos errores. Pero hay algunos imperdonables; sí, lo sé. O, al menos, de fácil solución.

-Sí, eso es cierto. Aunque muchos utilizan dichas faltas, como aquel que escribía sin usar la o, para llamar la atención; y anunciar, de paso, que no son más necios porque no han estudiado para ello. Su necedad es espontánea, si alguna cosa lo es en esta vida. Es un viejo problema, querido amigo. Quevedo ya se lamentaba de eso; y tal vez, eso usted lo sabrá, ya hubiera quejas en el mismo sentido en Grecia, Roma y Egipto. Aunque -añadió pensativo- con los jeroglíficos igual no hay faltas de ortografía, ni barbarismos ni demás. O con la escritura cuneiforme.

-Es cierto -dije llenando las copas de nuevo-. A mí me llama la atención que muchos traductores, a quienes se les supone un cierto respeto por la lengua, cometan tantos errores, infinidad de errores. Muchos de bulto. Por descuido, ignorancia o indolencia.

-Ignoro si estará hecho. Pero de no ser así, debería hacerse un estudio de las traducciones y de los traductores. Larra, en sus artículos, los criticaba mucho. En su época, el teatro nacional vivía de traducciones del teatro francés. Y de sus innumerables barbarismos. En algún momento llega a anunciar que en el día de hoy nuestros poetas nacionales no han hecho ninguna traducción. Sorprendente.

-Igual mal vivían de los escritos propios, y de las traducciones hechas a toda prisa. Usted sabe que en este país, ignoro lo que sucederá en otros, aunque lo imagino, no se lee mucho.

-Pues dicen -añadió sonriendo de buena gana- que la feria del libro en Barcelona fue todo un éxito: se vendieron varios millones de rosas y unos cuantos libros. Todos de rabiosa actualidad -matizó sonriendo.

-Y usted, con su afán de estar al día ha terminado de releer por enésima vez a Larra. ¿A qué se dedica ahora en sus ratos libres, es decir durante todo el santo día? Novedades no creo que lea muchas.

-Sí, he terminado de releer todos sus artículos. El teatro y la novela no valen la pena: ahí flojeaba Fígaro. De no ser por sus artículos periodísticos estaría más olvidado de lo que ya está. Eso por una parte. Por la otra, cada vez compro menos libros: ya no me caben en casa. Los voy dejando por el suelo despertando las iras de la señora que viene a limpiar cada quince o veinte días. Ahora releo muchos de los libros que hay por estas estanterías. Y así los desempolvo.

-Es una buena solución. ¿Y no se le ha ocurrido regalar los libros a ninguna biblioteca?

-Sí. Pero la mayoría de ellas los rechazan. Los dejo en el zaguán de la finca, y al cabo de quince días acaban en el contenedor de la basura. En el de papel, cartón y similares.

-Es el triste final de todas las obras humanas. Hasta el del Partenón y el del Coliseo. No se salva ni Dios. Pero no me ha contestado a la pregunta: ¿qué está leyendo ahora?

-Las Memorias de un setentón, de Ramón de Mesonero Romanos.

-¿Y qué tal?

-Muy bueno. Aunque su autor era un tanto pacato y bastante reaccionario.

-¿Y este vino? -pregunté intentando cambiar de conversación.

-Excelente. Volviendo al libro de Mesonero Romanos. Aunque no sea de su incumbencia, debería ponérselo a sus alumnos como lectura obligatoria. No tiene desperdicio. Pura historia. Y muy didáctico todo cuanto cuenta sobre la monarquía del Narizotas, más la de su santa familia, y lo que ha supuesto esta para el bien -esto lo dijo con retintín- de este corralón lleno de sol2. Valle-Inclán dixit.

-Seguimos siendo una monarquía.

-Y de las más corruptas del mundo entero, como el más sabio era el mono titiritero.

-Como hemos dicho en más de una ocasión, la necedad y la ambición son pozos sin fondo, o infinitos, como el universo.

-Leer a Mesonero Romanos, y a Larra, antes, fue todo un descubrimiento para mí. Un día me percaté que, merced a mis intereses, había leído muchas obras de la Edad Media y del siglo XVII, pero desconocía a los autores del XVIII y del XIX. Y me lancé a leerlos con verdadera fruición.

-Yo -dije casi disculpándome- desconozco a unos y a otros.

-No se preocupe por eso: nos morimos sin conocer de la misa la mitad. Ni los inicios…

-El introibo ad altare Dei…

-Eso mismo. Es desesperante. La cantidad de cosas que nos quedan por saber…

-Al final, lo único que sabemos es que no sabemos nada. Aunque sí sabemos que los políticos son unos inútiles. No sirven para nada. Tal vez para escribir libros sin utilizar la o.

-No le de vueltas: es una forma de vivir como otra cualquiera, como la de tendero, zapatero, y demás, aunque ignorando el oficio. Y defienden su puesto a capa y espada. Ahí tiene el ejemplo del presidente valenciano: con un montón de muertos a cuestas por su indolencia e inutilidad, y ahí ha estado durante meses y meses, ocupando el butacón y haciendo ostentación de su nulidad y de su cara dura. Con el apoyo de su partido, por supuesto. Que ahora pide la dimisión de otro ministro, de otro partido, por su puesto, por el descarrilamiento de un tren. Hipocresía en estado puro.

-Más cornadas da el hambre.

-Efectivamente. Significativo lo narrado por Mesonero Romanos, y digno de recordación. Míster Trump no ha inventado nada con su ejército de matones: a fin de terminar con la constitución, y erigirse en rey absoluto, el Narizotas hizo “contratar” a gente baja y soez. Esta recorría las calles y barrios de Madrid soltando salvajadas en contra de los liberales y atacando a todos aquellos que tenían aire de serlo… A fin de restaurar el orden, ya se sabe, monarquía absoluta. Apoyada por muchos militares. Otros que tal.

-La eterna historia. A veces parece que la humanidad siempre está en el punto de partida. O más allá de Sumer y de Babilonia.

-O que no avanza, o camina en círculo, como dice el bueno de Michel de Montaigne. Por eso, pese a todo, es un alivio pensar en la muerte. Es el final de esta absurda desazón. No vale la pena continuar…

-A veces me asusta usted -dije sirviendo más vino y cogiendo una loncha de jamón.

-¿Por qué? ¿Por si me voy a suicidar? A estas edades ya no vale la pena, hombre. Tal vez de joven, pero entonces me faltó valor. Para matarse hay que estar muy desesperado o tener mucho valor, digan lo que quieran. Y yo nunca he llegado a esos extremos, ni a tener esa valentía como sí la tuvo Larra.

-De todas formas, vivimos ahora más años…

-Sí. Es una maldición. El otro día fui al hospital… Hace falta más inversión en seguridad social y en educación. Horas de espera, para un par de analíticas, en una gran sala abarrotada de enfermos y acompañantes. Todos hablando y con el móvil en las manos. La pesadilla actual ya no es la del aire acondicionado sino la del teléfono móvil… No sé cuántas veces se pidió silencio. A voces, a fin de hacerse oír por encima de murmullos y de las infinitas conversaciones telefónicas y sin teléfono. No se consiguió nada. Hay personas muy maleducadas.

-Pero eso no lo puede corregir el colegio, señor mío. Es cosa de la familia y de toda la sociedad. Quod natura non dat, Salamantica non praestat. No lo olvide.

-Es cierto. Tiene razón. Siempre tendremos maleducados entre nosotros.

-Se hacen más de notar que las personas educadas. Éstas ni gritan ni chillan.

-Bueno, terminémonos este vino, y amanecerá Dios y medraremos todos. Sin faltas de ortografía a ser posible.

-Escribirle a una persona sin faltas de ortografía, ni las sandeces que se utilizan hoy en día, es una muestra de respeto, educación y buenas maneras. Pues eso, seamos educados. Y dígame, ¿le ha gustado este vino?

-Excelente. Muy bueno. Mañana compraré yo uno igual o parecido. Y demos a la ortografía y a la gramática el valor que tienen.

-Muy bien. Así sea, aunque nadie está libre de errar. Hasta mañana.

1Luis Vives, Introducción a la sabiduría, I, 2. Ajuntament de València, 2001. Traducción de Ismael Roca Meliá y de Ángel Gómez-Hortigüela.

2Véase en especial el capítulo 9 de dicho libro titulado “1814. Regreso de Fernando VII”.

UNETE



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