Mameluco Milei, en Davos

Mameluco Milei en DavosPor segunda vez consecutiva, el presidente Javier Milei participó del Foro Económico Mundial de Davos y, otra vez, dejó pasar la oportunidad de presentar a la Argentina como un destino serio y previsible para la inversión internacional.

 

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Hubo, es cierto, reuniones técnicas, funcionarios que trabajaron con empresarios, carpetas, datos y propuestas que seguirán su curso. Pero el problema volvió a ser el mismo: el Presidente, con protagonismo central en el foro, no acompañó ese trabajo técnico con un discurso que ordenara expectativas ni ofreciera una señal clara de rumbo.

Prefirió otra cosa.

En contraste —y de manera llamativa— su exposición fue casi opuesta a la de Donald Trump, hoy una de las figuras más influyentes de la derecha global. Mientras Trump habló como lo que es —un empresario poderoso que gobierna o aspira a gobernar la principal potencia del mundo—, Milei eligió el rol del iluminado: alguien convencido de haber descubierto una verdad que el resto de la humanidad todavía no logra comprender.

En ese marco, anunció con solemnidad que “Maquiavelo ha muerto”. La noticia, ocurrida en 1527, quizá tomó por sorpresa a algunos asistentes. Trump, por su parte, parece no haberse enterado: continúa aplicando con notable eficacia muchas de las ideas de El Príncipe, combinadas con tácticas contemporáneas de comunicación política y confrontación.

Para reforzar su credo liberal extremo, Milei volvió a sentenciar que “el socialismo indefectiblemente termina mal”. Una afirmación categórica que se vuelve incómoda cuando se observa el desempeño de China, buena parte de Asia o varios países que integran el bloque BRICS.

El Presidente citó además a Jesús Huerta de Soto, a Murray Rothbard y a Alberto Benegas Lynch, referencias centrales del universo libertario local. Fuera de ese círculo, es probable que buena parte de los empresarios presentes —salvo por Maquiavelo, leído alguna vez en la juventud— no tuviera demasiada idea de quiénes eran esos autores ni por qué debían importarles.

La diferencia entre ambos discursos fue tan clara como el contraste entre estilos.
Trump habló durante más de una hora, sin papeles, con tono imperativo y pragmático.
Milei leyó durante veinte minutos.
No hace falta aclarar quién fue quién.

Mientras Milei propuso una apertura importadora total y defendió la no intervención del Estado como dogma, Trump anunció aranceles, límites a las tasas de interés de las tarjetas de crédito y medidas para impedir que grandes fondos compren viviendas familiares. “Las casas son para las personas, no para las corporaciones”, dijo. Para un libertario ortodoxo, casi una herejía. Para Trump, simple política.

Milei, en cambio, celebró la eliminación de más de 13.000 regulaciones y reivindicó incluso el Derecho Romano como modelo jurídico para el siglo XXI. Un sistema concebido en una sociedad aristocrática, sin igualdad ante la ley, sin división de poderes y con esclavitud legalizada. Coherente, al fin y al cabo, con la idea de que todo es un acuerdo entre privados.

A Roma le llevó cinco siglos construir ese derecho.
Milei logró retroceder mil quinientos años en veinte minutos.

Ambos líderes comparten rasgos: grandilocuencia, autoadmiración y una curiosa obsesión con el Premio Nobel. Trump, el de la Paz. Milei, el de Economía, que imagina para su ministro aunque los números no acompañen: el riesgo país no baja, la inflación persiste, la inversión no llega y el dólar se sostiene más por ingeniería financiera que por confianza real.

En su segunda visita a Davos, con un modelo económico que beneficia a pocas actividades extractivas y genera poco empleo, Milei eligió priorizar su ideología antes que mostrar, con sobriedad y datos concretos, qué puede ofrecer hoy la Argentina.

“Mameluco” es, en sentido literal, un overol de trabajo. En el habla popular de otra época, también funcionaba como una forma irónica de señalar torpeza o necedad. Según relató el propio Presidente, durante una visita a Vaca Muerta le regalaron quince. Los usa con frecuencia, aun cuando el contexto —y el cargo— sugieren otro registro.

A Davos llegó en helicópteros oficiales y vestido con un mameluco de YPF. El gesto, pintoresco para algunos, resulta inquietante para otros: no por la ropa, sino por lo que simboliza. Un Presidente que, frente a los principales decisores económicos del mundo, eligió reafirmar su identidad ideológica antes que representar institucionalmente a un país urgido de inversión, previsibilidad y empleo.

En Suiza fue tolerado con cortesía. No todos los escenarios internacionales ofrecen la misma paciencia ni el mismo margen para la excentricidad. La Argentina, mientras tanto, sigue esperando algo más simple —y más difícil— que discursos doctrinarios: señales claras de rumbo, pragmatismo y resultados.

Edición Yedith Cazarin Escritora

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