DOCTOS Y SABIOS
DOCTOS Y SABIOS
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Michel de Montaigne. -Hace unos días -dijo llenando las copas de un oloroso vino- pasé unas horas en la casa de un viejo amigo. Éste tenía fuertes dolores de lumbalgia, apenas si podía caminar, y fui a hacerle compañía. -Afortunado quien cuenta con amigos que van a visitarlo en los momentos dolorosos, y aún en otros. -Sí, es una suerte. Y más en una sociedad como la nuestra donde, cada vez, se desprecia más este tipo de relaciones. No se valora la amistad. -De todo hay en la viña del Señor. No nos pongamos en lo peor. -Sí. Tiene razón. A menudo tengo la impresión de haberme hecho muy mayor, y de encontrarlo todo negativo o negro. -¡Hombre! -exclamé- no vivimos en una sociedad maravillosa, ni mucho menos; pero todavía hay esperanzas. Yo confío en la pérdida de las elecciones electorales de algunos líderes, o en su muerte, lo cual sería mejor y más definitivo. No le deseo ningún mal a nadie. Pero debemos protegernos. -Lo malo -dijo sonriendo lastimosamente- es si quienes vienen a continuación hacen buenos a quienes se fueron. -No le falta razón, porque parece que la humanidad no madura: siempre está tropezando con la misma piedra. -No hace mucho -contestó tras vaciar su copa- estuve leyendo un ensayo de un escritor francés. Este vino a decir, apoyado en diversos autores, que todos los poemas son un único poema, como todas las novelas son una única novela. No me acabó de convencer. Pero visto lo visto, tal vez ciertos hombres son siempre un único y solo hombre… -No me parece muy acertada la explicación. En todas las épocas hay de todo. Ahora bien, es la inmensa mayoría, quien decide en estas putrefactas democracias; y ésta es ignorante, analfabeta y corta de miras. Heredera de la anterior generación, que era igual o peor. Pero no todos somos uno. Ni mucho menos. -Afortunadamente hay situaciones que desmienten eso. Por ejemplo lo ocurrido en Valencia con la dana, o en Adamuz con el descarrilamiento de los trenes. La gente se volcó con quienes padecieron una de las dos desgracias. -Sí, es una pena que se necesiten grandes accidentes o grandes calamidades para despertar la solidaridad humana. Porque en el día a día se puede usted caer en la calle, y lo normal es que pasen por su lado sin prestarle la más mínima atención. -No es esa mi experiencia: cuantas veces me he caído, cada día con más frecuencia, siempre me ha ayudado alguien a incorporarme. -Afortunado usted. -Sí, lo soy. No lo niego. -La parte negativa de todo esto -dije llenando las copas de nuevo -es el nefasto papel jugado por ciertos partidos políticos. Y por parte de algunos visionarios, capaces de descubrir corrupciones hasta en el vacío absoluto. Voceras y profetas del pasado. Siempre dispuestos al insulto, a la descalificación, y ha intentar sacar rédito hasta de las mayores desgracias. -Eso lo ha hecho algún partido; no todos -me corrigió-. Uno de esos partidos se quedó con el dinero recaudado para las víctimas de la dana. Y va pidiendo, a voces, ahora, la dimisión del gobierno porque un tren ha descarrilado. O la ejecución, por decapitación, de varios ministros, del presidente del gobierno y hasta del rey. No todos han actuado así -repitió. -Ya sé -le dije sonriendo- la afinidad de usted con cierto partido político. -No se es sublime sin interrupciones, como decía algún gracioso en mi juventud -apostilló sonriendo abiertamente. -Dejando los partidos de lado, otra cosa muy curiosa, cuando suceden estas desgracias, es la enorme cantidad de personas sabias que afloran en este país, como cardos borriqueros en un campo sin labrar. Haciendo un recuento rápido, cuando unos políticos, necios y sin ideas, vacíos de todo menos de zafiedad, lanzaron la consigna de que el valenciano es una lengua distinta del catalán, y promovieron ciento y una manifestación en contra de los catalanes y del catalán, para ocultar su nulidad, surgieron filólogos de debajo de las piedras; todo el mundo sabía de lenguas, dialectos, orígenes de las lenguas, del latín, del indoeuropeo, del que nunca habían oído hablar y demás. De todo. Luego, con las vacunas, florecieron médicos por doquier, aconsejando sus propias ignorancias; con la dana, todo el mundo sabía de barrancos y acueductos; y ahora resulta que infinidad de sabios ya predijeron el mal estado de las vías donde se ha producido el descarrilamiento. De gobernar ellos, por supuesto, nada de eso hubiera sucedido. Ellos son infalibles. Aquí tenemos doctores en todos los derechos sin haber abierto un libro en su vida. Ya es mérito, oiga. -Siempre me ha parecido que lo mejor es el silencio profundo y la meditación. Y recordar algo olvidado muy a menudo: existen los accidentes, lo imprevisto… no dominamos la naturaleza ni la vida tanto como imaginamos. -Y estos accidentes lo evidencian. Y ponen de manifiesto también la ruindad y mezquindad de algunas personas. -Le estaba contando que el otro día fui a visitar a un amigo con un ataque de lumbalgia -dijo remontándose al origen de la conversación-. Este hombre tenía en una estantería un libro, entre otros muchos, con las tapas de color azul; me llamó la atención. Sin pedirle permiso, lo cogí y me puse a hojearlo. Me pareció interesante. -Te lo puedes llevar si quieres -me dijo sentado en su cómodo sofá-. Lo he leído ya. Pero te lo advierto: te va a poner los pelos de punta. Y no es una novela de terror, ni un cuento de Stephen King. Me mostró el libro en tanto yo volvía a llenar las copas. Se titula El psicópata integrado, de Vicente Garrido. -Y sí, mi amigo tenía razón: me ha puesto los pelos de punta. Tropezarse con un psicópata, leído el libro, puede ser el más cruel y terrible de los castigos. Horroroso. O vivir en una sociedad gobernada por un psicópata. Porque, señor mío, tenemos psicópatas en el poder. Y con mucho poder. -Nada nuevo bajo el sol. Tal vez Nerón, Calígula, Heliogábalo... -Este libro -interrumpió mi disertación histórica- me ha recordado, además, algunos crímenes cometidos cuando yo era joven. Los tenía olvidados. Y me ha recordado, también, la pregunta de aquel entonces: ¿cómo es posible que pasen estas cosas? ¿cómo es posible que personas medianamente cultas se dejen embaucar por un psicópata? Cuando se dieron cuenta de las mentiras y las manipulaciones de éste, ya fue demasiado tarde. -No le puedo contestar. Yo no me he tropezado con ningún psicópata. Creo. Con imbéciles y necios sí, con muchos. Pero nunca he llegado a considerarlos enfermos o locos. -¿Sabe usted lo que es un psicópata? -No. En realidad no lo sé. Me he basado en la etimología de la palabra. Proviene del griego: de ψυχή, alma o mente, y πάθος sufrimiento o enfermedad. Es una enfermedad, pues, del alma o de la mente. Fuera de eso, nada más le puedo decir. -Según el libro de don Vicente Garrido los psicópatas son unos excelentes manipuladores. Máxime cuando cuentan con los medios de información a su alcance… Sea como fuera, y tal como predijo mi amigo, el dichoso libro me puso los pelos de punta. Fui a devolvérselo en cuanto lo terminé, y me demoré unas horas hablando con él. -Por fortuna -me dijo éste- y tal y como se apunta en el libro, los psicópatas son una minoría; hay muy pocos. Y en contra de ellos está toda la solidaridad humana, el sentido común, y no bajar la guardia nunca. -Sí -le contesté-. Lo malo, no obstante, es cuando un psicópata se hace con el poder. Y tenemos a dos por lo menos encabezando grandes potencias. -Quedémonos -me repuso- con la solidaridad demostrada en Valencia y en Adamuz. -Sin descuidar a los otros. -Poco podemos hacer -le dije yo vaciando la botella de vino, repartida equitativamente entre las dos copas. -Podemos actuar siempre como mejor nos sea posible en busca del bien común. Para lo cual, como diría Montaigne, no hace falta mucho en estos gloriosos tiempos. Y menos para estudiar y enterarse cualquier cosa suscitada por intereses o por cualquier otra situación. La importancia de las vacunas, verbigracia. Informarse como mínimo e informar a los demás. -Estudiar y leer, querido amigo, exigen cierta determinación. Por eso algunos, sin leer, saben de todo, pues están determinados a saber de todo sin haber estudiado nada. Que para eso viven en una democracia. Y, por lo tanto, todos somos iguales. -La gran perversión. Y cierto, todo el mundo sabe de todo y opina de todo. ¿Quién dijo aquello de que cuando cada españolito hable de lo que realmente sabe, el país será una cartuja? He modificado la cita. No me critique por ello. -No lo critico por nada, querido amigo, pero se ha terminado el vino. Y no, no abra otra botella, que eso será mucho beber. Mantengamos la cabeza fría. Mañana más. -Pues mañana más. Y ojo con los psicópatas.1Michel de Montaigne, De la presunción, volumen II, cap. xvii, en Ensayos, Cátedra letras universales, Madrid, 1987. Traducción de Dolores Picazo y Almudena Montojo.