De insultos y otras menudencias

DE INSULTOS Y OTRAS MENUDENCIAS

 

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Decía Azorín, no recuerdo dónde, y más o menos, pues cito de memoria, que se puede criticar todo y a todos sin ofender a nadie. Escribir como escribía Azorín, y hacer críticas imitándolo, es tarea harto difícil y complicada: requiere de una excelente preparación literaria, de buen gusto, y de una cierta empatía con el encausado: pensar que quien sufre la crítica es una persona con sus ansias y sus sentimientos, sus esperanzas, sus fracasos, y sus errores. Y que quien hace la crítica no está libre de ellos. Pero quizás sean estos demasiados requisitos para una buena parte de la sociedad. Muchas personas prefieren dejarse de sutilezas, y llamar a las cosas por su nombre, según dicen: al pan, pan, y al vino, vino. La famosa llaneza castellana tan apreciada por don Mariano José de Larra. La cual, sabido es, y como el mismo demostró, esconde, en su burda y pretendida sinceridad, el más burdo de los ridículos y una total falta de educación y de respeto, suponiendo que ambas cosas no sean lo mismo.

Sea porque antaño la gente no sabía leer ni escribir, o porque no había medios donde hacerlo, eran pocos quienes escribían y leían. Ahora con la educación elemental obligatoria, más todos esos artilugios llamados redes sociales, Internet, móviles y demás aparatos electrónicos, muchos escriben y pocos leen: no hay más que ver la enorme cantidad de faltas de ortografía, y la pobreza de vocabulario, en comentarios y opiniones vertidos por aquí y por allá. Y lo más gracioso de todo: quienes comentan cualquier noticia, hecho o evento, en periódicos o revistas, gozan acusándose unos a otros de analfabetos. Ese es el adjetivo más educado, blandido cual maza medieval. Todo disidente es un analfabeto. Así se burlan insultándose y poniéndose, a veces, como hojas de perejil. Pero ya lo decía Baltasar Gracián: quien se burla tal vez se confiesa. Insultos y descalificaciones, sin embargo, no faltan.

Las críticas, y las ofensas, como no podía dejar de suceder, se acrecientan en épocas de elecciones. Y continúan en los días siguientes de las votaciones si el resultado no ha sido satisfactorio para quien o quienes controlan el poder y los medios de comunicación, o tienen sus mezquinos intereses puestos en cierta victoria. Alcanzar el poder, por otra parte, “justifica” campañas electorales agresivas y trufadas de bulos, mentiras y descalificaciones.

A nadie se le escapa, a estas alturas, que el país, o si se quiere, los políticos, muchos, y las instituciones, muchas, están tan corrompidas como para exigir una regeneración de todo o de casi todo. El sistema se ha pervertido hasta unos límites intolerables: el poder, como la ambición, no conoce límites: extiende sus tentáculos para abarcarlo todo, no respetando ni siquiera a la ley. Sucede algo similar a lo que podría ser la situación ideal, para un señor feudal, en la Edad Media: el primogénito se hace cargo del castillo, las villas y la tierra; y el segundón es ordenado sacerdote; se le compra el obispado de la ciudad, y entre los dos hermanos, o la familia, lo controlan absolutamente todo. Es cuanto han venido haciendo los partidos políticos desde su fundación.

De joven me causó una fuerte desazón la lectura de algunos diálogos de Platón. Los leí teniendo en la mente la idealizada figura de un Sócrates virtuoso y valiente hasta aceptar beber la cicuta por mor del respeto a las leyes. En aquel momento de mi vida era la muerte lo más temible para mí. Dejando esta de lado, no entendía que Sócrates tachara a la democracia ateniense de tiranía, y la menospreciara. A ella le anteponía el férreo sistema político de Esparta.

Cuando leí dichos diálogos estaba vigente en España la dictadura de Franco.

Me impresionó mucho la figura del filósofo griego; no podía, en consecuencia, así, de la noche a la mañana, desterrarla de mi mente por unas ideas contrarias a las mías. A mí no me gustaba, ni me gusta, Esparta ni su forma de vida. No entendía la defensa socrática de los espartanos. Tardaría unos años en percatarme del sentido de las palabras de filósofo. Y de alguna forma, entonces, estaría de acuerdo con él. Sucedió cuando, de su mano, comencé a estudiar la democracia, a analizarla. Me percaté de que esta, efectivamente, se puede convertir en una tiranía: a las elecciones concurren muchos partidos políticos. Y estos no tienen más razón de ser que alcanzar el poder. Para lograrlo utilizarán todos los medios a su alcance, algunos de ellos hasta ilícitos o contrarios a la ley; dignos, por lo tanto, de ser juzgados. Por eso es importante, para cuando haya algún problema, tener unos largos tentáculos, jueces y abogados: conmilitones colocados en los puestos claves para ir cerrando tantos agujeros como se vayan abriendo; situación conocida con la expresión latina do ut des. O, en una inmejorable traducción castiza: do vayas de los tuyos hayas. Así se pervierte todo un sistema. Y así se ha pervertido el nuestro. Aunque siempre, por supuesto, y en todos los órdenes de la vida, hay gente honesta, virtuosa en el sentido etimológico de la palabra. Pero ¡ay de estos como les toque juzgar a uno de los otros! Las Furias, en forma de insultos y descalificaciones, se cebarán con él.

Triste y patético resulta que un partido político, con tal de llegar al poder, o de mantenerse en él, mienta, tome al personal por estúpido, y trate de hacerle creer al común de los mortales que en sus filas, por ejemplo, no hay corruptos ni intereses espurios. Es un bulo, dicen, cuando se descubren sus trapacerías, utilizado por el partido de la oposición para obtener en los juzgados lo perdido en las urnas. La cantinela la han repetido una y otra vez, hasta la saciedad. Tal vez por aquello de que una cosa dicha a toda hora, sin tregua ni descanso, llega a convertirse en una verdad incuestionable. Es posible. Pero eso es analizar la cuestión desde un punto de vista nada más: también se puede convertir, se convierte, en una muletilla, en un tópico, que le resta todo valor y credibilidad a la comparecencia del político, pues sabido es cuanto va a decir: cualquier cosa menos reconocer el error. Cáscaras vacías de frutos secos. Entonces se cierra el periódico o se le quita la voz a la televisión. O se desprestigia a periodistas y a quienes no están dispuestos a comulgar con ruedas de molino. Se consigue así una sola voz, la del poder. Y llegamos a la tiranía.

Las palabras se desgastan y dejan de ser efectivas. Cada época, a veces incluso cada generación, tiene sus vocablos específicos, su forma de expresarse que, por supuesto, tiene conexiones con la anterior, pero también marca distancias con ella. No por nada sino por la propia evolución de la vida. Algunas personas, sin embargo, siguen aferradas a ese pasado al que defienden con uñas y dientes. Todavía hay profesores de latín que se empeñan en la traducción literal del ablativo absoluto: habiendo cruzado el puente. Como si las personas de hoy en día dijéramos, habiendo salido del metro, vi a tu hermano. Toda traducción tiene su fecha de caducidad, así como todo insulto o improperio.

Decía Pasolini, y nunca me canso de citarlo, que con los medios de comunicación en sus manos, con las televisiones públicas y privadas, no le hacía falta ningún ejército para dominar a un país. Es posible. Tal vez Pasolini fue un hombre de una imaginación ilimitada, y no le hiciera falta recurrir a los tópicos y frases hechas; tal vez en sus manos las palabras, o las imágenes, no se gastaran como las buenas monedas; pero también debemos pensar en el oyente o espectador. ¿Qué entiende este de cuanto se le está diciendo? ¿Hasta qué punto es efectivo el mensaje?

Cuando la gente comenzó a estar harta de la corrupción, de la impunidad de los políticos, de sus gastos y suntuosidades cuando predicaban todo lo contrario, y estaban acabando con eso llamado el estado del bienestar, comenzó a organizarse y a lanzar consignas y soflamas. Al principio esto se tomó por una rabieta juvenil y no se le prestó mucha atención. Luego los políticos de toda la vida, los que viven de la política, ¡lo que hay que hacer para evitar ciertas palabras!, comenzaron a asustarse.

También se asustaron algunos de sus compañeros de viaje. Caducos unos y otros, faltos de ideas e imaginación, recurrieron a lo de siempre: acusar al vecino de las mismas trapacerías, o de otras mucho peor. Y así una beca universitaria fue comparada con unas tarjetas negras con las que se saqueó a toda una institución, una caja de ahorros, con fines sociales. Lo mismo es, he aquí la perversión, gastarse miles de euros en cacerías y con chicas de la casa llana que llenando bibliotecas con libros dudosos o de contenido sexual. Máxime cuando, al parecer, cacerías y demás niñerías, costó una cantidad ridícula, comparada con las estanterías de una librería. Y sí, de acuerdo, por poco se empieza. Pero no seamos tan exigentes con los demás y tan complacientes con nosotros mismos. Ya lo dijo Esopo: Zeus nos puso dos alforjas llenas de defectos: los propios los llevamos en las espaldas, y los ajenos delante. La honestidad y la ética se le olvidó al barbudo dios. ¿Qué culpa tenemos los humanos de semejante olvido?

Cuando el hartazgo de la gente, de la joven sobre todo, comenzó a tomar forma, empezaron los ataques y las descalificaciones de los políticos y de sus partidos. Quizás el más utilizado ha sido el de “izquierda radical”, término que, francamente, visto lo visto, no sé muy bien qué es lo que quiere decir. ¿Es algo equivalente a la extrema derecha? Al calificativo de “izquierda radical” cuando estos jóvenes se unieron con otros para concurrir a las elecciones, se le añadió el de “frente popular”. Creo que fueron expresiones totalmente desafortunadas, pues ambas estaban gastadas y enterradas. Muchos jóvenes, merced a ese sistema educativo tan majo que tenemos, ignoran quién fue Franco, qué fue la República, y qué pasó con el Frente Popular. Creo que ni el periodista que utilizó dicha expresión lo sabe. Quizás estas personas, estos jóvenes, han triunfado, y han llegado a alcanzar muchas alcaldías tanto porque la gente ha visto cosas nuevas, y honestas, en ellos, como porque los ataques contra ellos estaban tan desfasados como los propios periodistas que los lanzaban. Las palabras se corrompen y desgastan1. Tempus fugit; y los odios de guerra civil, gracias a los dioses, a veces da la impresión de haber caído en el olvido pese al empeño de algunos en recordarlos una y otra vez, y no para evitar posibles nuevas confrontaciones, sino para que no cambie nada, para asustar al personal. O para que cambie cuanto no supone un menoscabo para sus intereses y en sus vidas.

Los insultos se van afinando. El insultador, aunque sea por instinto, sabe que sus exabruptos han sido ineficaces, y recurre a otros nuevos. No son risibles, y no lo son porque muestran la ruindad de ciertas personas: como no se pueden atacar los programas políticos, se desentierran vidas pasadas, necedades hechas cuando se era joven, y se magnifica hasta convertir un chiste en algo monstruoso, digno de la silla eléctrica o poco menos. Y así es perversión entrar en una capilla universitaria gritando y enseñando ciertas partes del cuerpo, pero no robar millones y millones cuando la gente lo está pasando mal, algunos no tienen ni para comer, o financiarse de forma ilegal, o impedir que la justicia funcione con normalidad e independencia. Eso está asumido, la corrupción, dicen los inmovilistas, es inherente al ser humano; pero quitarse una camiseta y dejar ciertas cosas al aire, por Dios... ¿A quién en su sano juicio se le ocurre?

No me parecen correctos los chistes sobre Mahoma; pero menos correcto me parece que eso sea motivo de atentados y matanzas. Lo que está haciendo el Estado islámico hace siglos lo hizo otra religión. Y ahora nos sale un obispo, cristiano, lamentándose porque los nuevos alcaldes se olviden de Dios y no asisten a una procesión. Ya lo dijo aquel: se empieza matando a la propia madre y se termina por no ir a misa los domingos ni fiestas de guardar. Y otro obispo se mete en política, y critica al gobierno y toma partido por los de su pretendida ideología. ¿No decía Dios que su reino no es de este mundo? ¿Y que lo que hace la mano derecha no lo debe saber la izquierda? ¿Por qué no denunciaron la corrupción radical a la que nos han abocado muchos de esos que van a misa y asisten a procesiones? ¿Y qué hacemos con la pederastia de muchos curas y obispos? ¿Quién se ha olvidado de Dios? ¿Y qué importancia tiene en ir detrás de una capa pluvial y de una cruz si uno no se esfuerza por luchar por los desfavorecidos y por denunciar a quienes son dignos de llevar una rueda de molino atada al cuello hasta el fondo de las aguas?

Aunque es un error de traducción, y de transmisión, creo que fue el jefe quien dijo aquello de Es más difícil que un rico entre en el reino de los cielos que un camello pase por el ojo de una aguja.¿Ha levantado la iglesia la voz contra quienes tienen camellos en Suiza? Por cierto la bandera de este país es el viejo pendón de los templarios. Una inocente curiosidad.

Hoy en día, además, es muy peligroso hacer un chiste: siempre alguien se sentirá ofendido y menoscabado. Y se insultará al chistoso hasta hacerlo llorar. Por supuesto que hay chistes con muy mala pata y carentes de gracia. Pero no es menos verdad que también hay gente que se ofende por cualquier cosa. Y, ofendidos, tratan, por ejemplo, de prohibir libros que, según ellos, pervierten a la juventud. Lo malo de esta, como dijo alguien, es que se cura con el paso de los años. Y a menudo cae en los errores achacados a los mayores puestos en solfa. Y vuelta a empezar.

Nada va a cambiar. Seguirán los insultos y las descalificaciones. Y no cejarán hasta que, quienes los utilizan, se hagan con el poder, y no para imitar a los gobernantes de la república de Platón sino para gobernar a sus anchas y a las de sus amigos. Sólo así se tranquilizarán y dejarán de mirar con lupa al contrario, aunque volveremos al principio. Terminemos por hoy, no obstante, con una nota optimista, una cita del bueno de Cicerón a la que nadie hará caso. Dice este en su libro Los oficios: “Los que gobiernan un estado no tienen medio mejor para ganarse el consenso de la gente que la moderación y el desinterés.” Pero, ojo, el consenso sólo lo quieren para que se les siga votando. Y la moderación es para los otros. Mantengamos las distancias.

1La corrupción del lenguaje público, del discurso institucional, falsifica todo el lenguaje. Sólo la palabra poética, que por el hecho de ser creadora lleva en su raíz la denuncia, restituye al lenguaje su verdad. He aquí uno de los ejes centrales de la función social (tan debatida y tan poco entendida entre nosotros) del arte: la restauración del lenguaje comunitario deteriorado o corrupto, es decir, la posibilidad histórica de “dar un sentido más puro a las palabras de la tribu”. José Ángel Valente, Las palabras de la tribu. Tusquets editores, Barcelona, 1994, p.57

UNETE



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