Luto

 

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Todavía me dueles como aquel día, papá.

He bajado la intensidad de mi rabia, he aprendido a no gritarle al mundo, y aun así sigues doliendo. Hoy no amaneció. No del todo. El día se quedó suspendido, como si el sol dudara, como si supiera que no estabas a un paso, en otra ciudad, en otro país. Todo es gris. No el gris bonito de las películas tristes, sino uno que se instala en el pecho y me enseña a respirar despacio, como si respirar fuerte fuera una falta de respeto.

Lloré.

No con los ojos.

Lloré con las manos que no te alcanzaron,

con los hombros que aprendieron a cargar la distancia,

con las palabras que se quedaron atrapadas entre fronteras y llamadas que nunca llegaban.

El cuerpo recuerda la ausencia como la tierra recuerda la lluvia: no por el agua, sino por lo que ya no está. Aprendí que el alma no grita cuando pierde. Se hunde. En silencio. Hasta un lugar donde ni el eco de tu voz alcanza.

Hoy me pesaron mis propios pasos. Cada movimiento fue otra despedida: levantarme, cruzar la habitación, mirar por la ventana y saber que no estabas ahí. Eso también es luto. No contesté mensajes. No escribí tu nombre, pero todo tenía tu forma: la taza que me recordaba tus mañanas, la canción que escuchábamos en distintas horas, una gota cayendo del grifo, casi con el ritmo de tu respiración que no podía oír.

Hoy entendí que el luto no avisa. No irrumpe. Se instala. Llega con torpeza, como una hoja cayendo lejos del árbol. Como si siempre hubiera estado esperando este momento para tocarme.

Hay días en los que no sé si estoy viva o si solo sigo por inercia. Días como hoy, cuando respirar se vuelve un acto de memoria, cuando el espejo no reconoce a la hija que soy sin tu mirada sosteniéndola, aunque estuvieras a miles de kilómetros.

Estoy llena de una tristeza que nació el día que supe que no podríamos estar más cerca y nunca terminó de irse. Se queda en las esquinas, como el polvo. Como ese olor a jazmín que no me gusta y, sin embargo, vuelve. Siempre vuelve.

Y entonces llueve.

No afuera.

Adentro.

Llueve detrás de los ojos, en los huesos, en la voz que no puede llamarte, en la sombra de quien fui cuando compartíamos menos de lo que quisiéramos. Llueve en el lugar exacto donde ibas tú, aunque no estuvieras. Porque hay ausencias que no se reemplazan. Se aceptan. Se aprenden. Como aprender a vivir con un brazo menos. Como caminar sabiendo que hay puertas que solo se abrieron una vez.

Hoy es uno de esos días, papá.

De los que no se salvan.

De los que solo se atraviesan.

Hoy no puedo hacer nada más que mirar el techo y dejar que los ojos se llenen. Dejar que el alma se hunda un poco, sin pelear, sin culpa. Porque incluso en este naufragio hay amor. Y porque también hay una forma silenciosa de dignidad en extrañarte así.

UNETE



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