RELATIVISMO
RELATIVISMO
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Cicerón, Sobre los deberes. -Ya sé -me dijo tras unos cuantos días sin vernos- que a usted no le gusta hablar de política; pero no me dirá que no es preocupante cuanto ha ocurrido estos últimos días. -Sí que lo es -le contesté en tanto llenaba las copas de vino-. Pero la preocupación se inició cuando ciertos personajes ascendieron al poder. Sea por fraudes electorales o por votación democrática. En ambos casos hay infinidad de personas que aúpan y aclaman al ganador o al golpista, ¿o no? -Sí, desde luego; no le falta razón. Pero ¿qué podemos hacer? -No lo sé. No me pida soluciones. En esas cosas soy un completo ignorante. Antes, cierto es, creía que la cultura, los libros, el saber, nos curarían de muchas de estas situaciones. Ahora he perdido la fe en tamaña cuestión. ¿Se le ocurre algo a usted? -Nada, no se me ocurre nada, y no crea que no le he dado vueltas. Hasta agotarme. -Creo que no hay solución. A menos que el hombre deje de ser como es. Éste es capaz de retorcer cualquier argumento con tal de justificarse y creerse en poder de la razón y de la verdad. Incluso la famosa inscripción de Delfos, “conócete a ti mismo”, es decir recuerda que eres mortal, se puede interpretar de diversas formas. Una de ellas, la de más predicamento, es la de ya que nos tenemos que morir disfrutemos de todo esto; y lo que no tenemos, lo obtendremos robando, matando o como sea… Al fin y al cabo la vida es cuatro días mal contados. -Sí, cierto es; todo es susceptible de una interpretación diferente. -Cosa que ya descubrieron los sofistas en la Grecia clásica. -¿Y no dieron ningún remedio? -No sé si dieron alguna solución. No lo recuerdo. Aunque hay una solución desprendida, tal vez, de la lectura de sus textos. -¿Y cuál es si puede saberse? -El sentido común. Del cual dicen que es el menos común de todos los sentidos. -¿Usted no cree -preguntó en tanto llenaba las copas de nuevo- que quien va en contra del interés común, quien es malo, para aclararnos, no lo sabe allá en el fondo de su conciencia? -Lo ignoro. A veces me gustaría ser como el adivino Tiresias. Este, por una determinada acción, cambió de sexo. A lo largo de su vida fue hombre y mujer. A mí me gustaría ser malvado durante una temporada para comprobar si puedo cambiar y ser bueno. Quizás la cosa no sea tan fácil. -Y no olvidemos la ignorancia. -Muchas veces la ignorancia, querido amigo, es asumida de muy buena gana. ¿Usted cree que todos estos que votan a las derechas, a quienes los están privando de la educación y de la sanidad, no saben lo que votan? Lo saben, pero prefieren hacerse lo idiotas. -Sí, y luego vienen los lamentos. El otro día leí que un emigrante, le había votado a Trump, pedía que le devolvieran su voto, pues deportaron a su mujer, también emigrante, del país. Y me imagino que habría oído a su digno presidente clamar, más de una vez, contra la emigración. -Tal vez le sucediera como aquella señora, emigrante ella, que estaba en contra de los recién llegados en pateras o a nado: ella ya estaba acomodada, y no le importaba nada la gente que venía detrás. Era la competencia. El egoísmo humano, querido amigo. -Y la ceguera. A menudo, y ya sé que me va a decir que soy un ingenuo, me he preguntado si las religiones no podrían cambiar esto. Pero no, no hace falta que me ataque ni contradiga… El otro día estuve viendo en la televisión un programa en el cual se debatía la censura de los libros en las bibliotecas de Estados Unidos. Muchas de esas prohibiciones se hacían citando a la Biblia, o se prohibían porque iban contra ella. O porque algunos libros defendían planteamientos, cambios de sexo, por ejemplo, que la gente bien pensante no estaba dispuesta a tolerar… Nadie citó, en ningún momento, las palabras que, para mí, son el fundamento del cristianismo, y, por ende, de toda religión: amaos los unos a los otros. -Como ya le he dicho antes, citando a los sofistas, todo argumento es factible de tener su reverso. La Biblia contiene muchas historias. Y son factibles de muchas interpretaciones. A veces sin pies ni cabeza. Pero apoyadas en este o aquel pasaje. -Cuando yo era joven -dijo tras beberse el vino de su copa- por las calles pululaban los testigos de Jehová. En cualquier semáforo, o donde menos se lo esperaba usted, le asaltaba un testigo, para tratar de llevarlo a su redil. Siempre con el sonsonete de “Dios te ama”. -Menos mal. Está muy bien que nos ame alguien. -Yo siempre me los quitaba de encima diciendo que era comunista y ateo. Pero un día tuve curiosidad, y le pregunté a uno de los testigos, cuando se aproximó a mí, de dónde sacaban ellos la prohibición de hacer transfusiones de sangre. Conocí a una persona que murió por negarse a aceptar la sangre de un donante… No me supo contestar, ni él ni muchos como él. No lo sabían. Pero seguí preguntando e indagando. Me convertí en algo molesto para ellos. Al final di con un testigo un tanto enterado. Sí, en la Biblia está la prohibición de beber sangre de animales2; pero de eso a una transfusión. ¿Y por qué, sin embargo, comen carne? ¿Sabe usted algo al respecto? -No. Ni ganas. Me parece una memez. Una de las tantas cosas absurdas de todas las religiones. Y ya le digo, son peligrosas porque siempre hay quien se atribuye cómo se debe interpretar esto o lo otro; y en menos que canta un gallo, acaba uno en manos de la Inquisición. -Sí, eso es una cosa que siempre me llama la atención: la cantidad de películas de EEUU, en las que un juez o un abogado citan, una y otra vez, la Biblia para llevarse el agua a su molino. -Como ya le he explicado en más de una ocasión -le dije tras vaciar mi copa- es difícil salir de los presupuestos de una época. De las ideas recibidas. Mire, Hesíodo acepta la existencia de los dioses griegos. Se cree el mito de Pandora; y a través de él, de Pandora, una mujer preciosa, con un regalo endiablado, la jarra donde están todas las desgracias humanas, funda toda su misoginia: la mujer es un regalo de Zeus para que los hombres sean unos desgraciados… Como si antes de la buena de Pandora no hubiera existido el género humano, y, por ende, las mujeres. Diógenes Laercio cuenta que Tales de Mileto daba las gracias a la Fortuna, entre otras cosas, por haber nacido varón y no mujer3. También esa afirmación se puede interpretar de otra forma; pero si tenemos en cuenta el contexto, es pura misoginia. -Digamos que la mujer ha sido, y es, el chivo expiatorio de algunas religiones y en algunas épocas. -En tanto que el hombre es muy bueno, y digno de entrar en los lugares más sagrados, y de elevar con sus manos al mismísimo Dios. La mujer, al parecer, no. ¿No le parece que esto, como la prohibición de las transfusiones, es una estupidez, una verdadera salvajada? Nunca me he creído que nadie, ni en Grecia ni en Roma, no se diera cuenta de que una mujer o un esclavo eran personas. A ellos, cuando perdían las batallas, también los esclavizaban; pero, claro, adormecían sus conciencias, como hacen ahora, con memeces y tonterías, para disfrutar del trabajo ajeno, y disponer de sus semejantes como si fueran bestias de carga. Nada nuevo bajo el sol. -Tiene razón -dijo meditabundo, con la copa en el aire-: muchas veces nublamos nuestra mente para salirnos con la nuestra. Ya lo dice el refrán: “quien roba a un ladrón…” -No deja de ser un ladrón. -Y quien invade un país, es lo mismo. ¿Y usted se ha dado cuenta de lo simple que es este hombre? Ahora dice que porque los daneses tuvieran un barco allí no les da derecho a ser dueños del hielo de Groenlandia. Por eso ellos, el séptimo de caballería, y allegados, machacaron a los apaches, a los cheyenes y a cuanto indio se les puso a tiro. No tenían ningún derecho sobre sus tierras. Es decir, todo el mundo tiene derecho a invadir a todo el mundo… -Es la ley del más fuerte. Lo dice porque sabe que, ahora, nadie los va a invadir a ellos. Pero en esta vida todo es efímero y nada es duradero. -Pues brindemos por las cosas efímeras. Torres más altas han caído. -Por ellas y por los ausentes -dije elevando mi copa-. Y porque a los arqueólogos nunca les falte trabajo. 1Cicerón, Sobre los deberes, III, 21, Alianza editorial, Madrid, 2008. Traducción de José Guillén Cabañero.2Levítico, 17, 10-123Diógenes Laercio, Vidas de filósofos ilustres, I, 34.