EL JERSEY ROJO
EL JERSEY ROJO
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Sófocles, Antígona. Me apetecía mucho pasar los días de las Navidades en algún lugar cubierto de nieve. Pura añoranza. Pues nací en un pueblo en el que, hace mucho tiempo, nevaba todos los años por esas fechas. Tengo fotos en mi antigua casa con medio metro de nieve en su puerta. Ahora solo las altas montañas, y durante un breve tiempo, se cubren con el bello manto blanco. No tenía sentido, por lo tanto, volver allí. Además, no me apetecía nada recorrer viejas calles: demasiados recuerdos y malas comunicaciones tanto por tren como por autobús. Me fui bastante lejos de casa. Había reservado una habitación en un pequeño hotel. Suficientemente alejado del casco urbano. Cada habitación contaba con su pequeño hogar, una mesa y su hatillo de leña. Con eso y un par de libros esperaba conseguir un ambiente más que familiar y navideño. Me apunté, también, por no pasar por más misógino de cuanto soy, a la cena organizada en Nochebuena en el comedor. Apenas si asistiríamos ocho o diez personas. Y la retirada, en caso de no gustarme la compañía, no debía de ser nada complicada. Bastaba con fingir cualquier achaque. Nada más llegar nos rogaron que, por favor, no encendiéramos fuego en las habitaciones: temían descuidos e incendios. De hecho se llevaron todos los hatillos de leña. No me importó. Salí a la calle en cuanto hube vaciado la maleta, y tras confirmar que comería allí dentro de unas pocas horas, tras un breve paseo. Hacía mucho frío. Las calles estaban cubiertas de nieve. Y algunos charcos se habían convertido en pequeñas pistas de patinaje. Había que andar con pies de plomo para esquivarlos. No lo hizo el hombre que iba delante de mí. Resbaló y cayó al suelo emitiendo un leve quejido. Me aproximé a él rápidamente, y lo ayudé a ponerse de pie. Estaba un tanto dolorido. El camino en el cual nos hallábamos sólo conducía a campos, a una chopera y al cercano río. Calculé, por lo tanto, que el caído también era huésped del hotel. No me equivoqué. -Gracias, gracias -repitió sacudiéndose la nieve-. Y menos mal -me dijo una vez se recuperó del susto- que venía usted detrás de mí… Temo las caídas. Muchísimo. La edad, sabe usted, no perdona. La flexibilidad de los miembros es cosa de un remoto pasado. Un anciano caído es como esos escarabajos incapaces de darse la vuelta para volver a caminar. -A cualquier edad las caídas son peligrosas. -Sí, pero mientras uno se pueda levantar… No sé si lo hubiera logrado sin su ayuda. Llevo el móvil y el número del hotel. Pero a saber cuándo hubieran venido. -¿Está usted alojado en el hotel? -pregunté tontamente. -Sí. He venido aquí a pasar las Navidades. Hay gente, y no estaré solo. Una tontería. -Pues ya somos dos los tontos: yo también estoy aquí por las mismas razones. -No me diga -dijo mirándome fijamente- pero si usted todavía es joven. -Sí, esta mañana me he afeitado por primera vez. Estalló en carcajadas por pura amabilidad. Y riéndonos y hablando seguimos caminando hacia el río. No estaba muy lejos. Todos los campos estaban cubiertos de nieve, y hacía mucho frío. -Dicen -me dijo contemplando el agua- que esta noche va a nevar. -Me encantará ver el espectáculo desde mi ventana. -Voy a regresar. Tengo frío. -Voy con usted. Yo también tengo frío, y hambre. Nada más llegar al hotel, subí a la habitación, me cambié de ropa y calzado, me lavé las manos y la cara, y bajé al comedor. Ya había varias mesas ocupadas. Me senté en la más cercana a los grandes ventanales. Desde allí se veían las imponentes montañas nevadas y el camino utilizado pocas horas antes. Estaba bebiéndome mi primera copa de vino cuando vi a mi compañero de andanzas. Le hice una seña por si le apetecía compartir mesa conmigo. Acudió enseguida. También se había cambiado. Llevaba ahora un grueso jersey rojo y una vieja cazadora de color negro. Se sentó frente a mí sin quitársela. Y en el comedor más bien hacía calor. No tardaron en atendernos. Observé, cuando llegó la comida, que se abrochó la cazadora hasta el cuello. -¿Tiene frío? -le pregunté un tanto preocupado. Quizás la caída había sido más severa de lo visto. -No, no; estoy bien -contestó- Me he puesto un jersey -me lo mostró bajando la cremallera de la cazadora- que me regaló mi mujer hace algo así como cuarenta años. Falleció, ¿sabe usted? Y este jersey, recuerdo suyo, lo guardo como oro en paño; me lo pongo en ocasiones muy especiales. Me da pánico mancharlo o ensuciarlo. De ahí que me abroche la cremallera hasta el cuello. No me fío mucho de mi pulso. Exageraba un poco: en ningún momento le cayó nada al pecho, ni manchó nada. Contento por ello seguimos hablando y hablando en tanto el comedor se iba llenando y despoblando lentamente. Nos quedamos solos. -La vejez no es solo miedo a caerse -me dijo cuando íbamos ya por el segundo café-. Es, también, quedarse atrás, anclado en el tiempo. Y sentirse un poco ridículo. -Sí, se pierden capacidades -asentí- pero tampoco es tan grave la cosa. Al fin y al cabo, todo se repite. No hay nada nuevo. -Depende de cómo lo mire -dijo sonriendo-. El otro día me sucedió algo… ¡Dios, hice el ridículo de forma espantosa! Con una cosa totalmente nueva. -¿Qué le sucedió? -Una tarde me entretuve en buscar noticias, entretenimientos mejor dicho, en el ordenador. Y di con una página de música. Y sin hacer yo nada, apareció ante mis ojos una chica joven, bellísima, con una voz encantadora… Me prendé de ella, ¿sabe usted?, e inmediatamente anoté su nombre con la idea de ir a comprarme discos de ella… Y ¿sabe lo que pasó? En la casa de discos me miraron como si estuviera loco: aquella chica, y su voz, era una creación de la maldita inteligencia artificial. No existe. Me quedé atontado. Salí de la tienda avergonzado, sintiéndome un imbécil. -No tenía porqué. Usted no conoce la mitología clásica, ¿verdad? Lo que me acaba de contar es más viejo que el mundo. Me miró con cara de asombro. -Según los griegos, maestros en todo -comencé a explicar- Ixión, un mortal a quien Zeus perdonó sus crímenes y lo llevó al Olimpo, se enamoró de la mujer de este, y quiso poseerla. Enterado Zeus, creó una nube parecida a Hera, su mujer, con la que Ixión gozó hasta dejarla embarazada. De esa unión con Néfale, la nube, nació el Centauro… ¿Quiere más inteligencia artificial? -Bueno -repuso sonriendo- yo no he tenido ningún hijo con esta chica que se me apareció en el ordenador. -Por ahí se ha salvado -correspondí a su sonrisa-. También se cuenta que Helena de Troya jamás estuvo en Troya: se refugió en Egipto. En Troya había una imagen virtual suya. Aqueos y troyanos se mataron por un poco de humo, por una absurda creación de los dioses, por un fantasma. -El hombre siempre ha matado a sus semejantes por quimeras y fantasías. La muerte le pone fin a todo. -Evidentemente. Además, esto de los enamoramientos siempre me recuerda la teoría de Stendhal, la cristalización. Y seguimos con las creaciones artificiales. La amada, o el amado, es un palito introducido en una mina subterránea: el tiempo lo va cubriendo de cristales de colores, de las propiedades que uno busca o cree tener en sí… Y luego, sacado el palito de la mina, pasa lo que pasa. O verdaderamente la cristalización es buena o es un conjunto de abalorios sin valor. Y ya sabe lo que sucede cuando se sale de la cueva. A veces devienen verdaderas tragedias. -No fue mi caso. Fui feliz. Y me alegra poder contárselo a alguien. Necesitaba hablar. -Yo también lo necesitaba. Se ha juntado el hambre con las ganas de comer. Guardó silencio durante unos segundos. Luego volvió a hablar casi en susurros. -Cuando llamé al hotel para reservar habitación -prosiguió- me estuve acordando de una navidades pasadas en un hospital por problemas de salud. ¿Se puede creer que he añorado, y mucho, aquellos momentos? ¡Dios! Estaba bien atendido. Las enfermeras y los médicos me saludaban, me traían la comida… No tenía que preocuparme por nada. Varias enfermeras, y algún médico, entraron a desearme un feliz año nuevo… Y luego mi casa estaba tan vacía sin ella… Perdone estos efluvios sentimentales… -No hay nada que perdonar. ¿Le apetece una copa u otro café? -No. Me gustaría subir a mi habitación y descansar un poco. ¿Qué va a hacer usted? -Voy a leer un rato. ¿Bajará para la cena? -Sí. Con mi jersey rojo. -Pues en la cena nos vemos los tres. Hasta luego. -Hasta luego -dijo levantándose y yendo hacia las escaleras. Iba con paso titubeante, pero no por lo edad. Sonreí viéndolo caminar. Con sus palabras, su decepción con la chica creada por la inteligencia artificial, y su jersey rojo había dejado bien a las claras que vivimos de fantasmas e ilusiones. Abrazamos el humo. Entre él nos movemos y morimos.1Sófocles, Antígona, v.613 ss. en Alianza editorial, Madrid, 2017. traducción de José M.ª. Lucas de Dios