LAS AMAZONAS
LAS AMAZONAS
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Un espíritu libre de prejuicios tiene mucho ganado para la tranquilidad1. Michel de Montaigne Apología de Raimundo Sabunde. Mircea Eliade en su libro Mito y realidad2, distingue el mito de la fábula. Define el mito de la siguiente forma: “El mito cuenta una historia sagrada; relata un acontecimiento que ha tenido lugar en el tiempo primordial, el tiempo fabuloso “de los comienzos”. Dicho de otro modo: el mito cuenta cómo, gracias a las hazañas de los seres sobrenaturales, una realidad ha venido a la existencia, sea ésta la realidad total, el cosmos, o solamente un fragmento: una isla, una especie vegetal, un comportamiento humano, una constitución.”3 Los personajes de los mitos, añade a continuación, son seres sobrenaturales. Los mitos, por lo tanto, son las llamadas “historias verdaderas”, opuestas a las “historias falsas”, siendo estas “las que cuentan las aventuras y hazañas en modo alguno edificantes...” Estas últimas tienen, además, un contenido profano, y personajes no sobrenaturales4. Con estas definiciones en la mano, podríamos deducir que el mito de Zeus, la lucha contra Cronos, su padre, el robo del fuego de los dioses, por parte de Prometeo, y todo aquello que tenga que ver con los habitantes del Olimpo, sería mítico y verdadero. Como diría un creyente, ahí está el fuego para demostrarlo, el cosmos, la tierra, las desgracias dimanadas de la caja, que no era caja sino una tinaja, de Pandora, etc. Una historia falsa, una fábula, por el contrario, sería, entre otras, el mito de Procusto con su manía, μανία, o locura por crear una sociedad donde todos los hombre fueran radicalmente iguales. Intentó conseguirlo cortando las piernas a quienes le sobresalían de su medida μέτρον, una mesa, y alargando, con cuerdas, las de aquellos que no llegaban al borde de la misma. Creó un mundo de monstruos. La democracia no nos hace igual a todos. El necio seguirá siendo necio tanto en democracia como en tiranía. La mesa de Procusto no se ha hallado. Ni tampoco la tinaja de Pandora. Estamos lejos del Olimpo. O quizás no tanto. Hasta aquí todo parece claro y diáfano. Pero ¿cómo, por ejemplo, interpretamos la guerra de Troya con la asistencia de los dioses? ¿Cómo el sacrificio de Ifigenia? Es cierto que, a través de este, se puede deducir, si escogemos la versión en la que Artemisa salva a Ifigenia de ser degollada en el altar, la prohibición, bien clara y manifiesta, del sacrificio humano5. En la guerra de Troya, por el contrario, los dioses se comportan como los hombres: apoyan a sus favoritos, sin que se pueda extraer ninguna lección, o norma de comportamiento, de sus actuaciones. Salvo, quizás, el canto último cuando se permite al rey Príamo, invisible, ir al campamento aqueo, a la tienda de Aquiles, para rescatar el cadáver de su hijo Héctor. El respeto debido a los muertos, tema tan caro a los griegos. Véase, como ejemplo, el caso de Antígona, tragedia de Sófocles. Quizás para poder encajar una y otras historias, o mitos, leyendas. fábulas y tragedias, sería conveniente seguir con la taxonomía, y continuar distinguiendo unas “historias falsas” de otras tal vez no tan falsas. Así tendríamos las que tratan de explicar la formación del cosmos: aparición de la vía láctea, por ejemplo. Surge, según el mito o la fábula, debido a la fuerte succión del pecho de Hera por parte de Herakles cuando esta lo amamanta. Al apartar de golpe al impetuoso bebé, que le daña el pecho con su excesiva fuerza, se forma la vía láctea con las gotas de la leche derramada. Según el mito árabe, la vía láctea se formó con el vellón del cordero que Yhavé le mandó llevar al arcángel san Gabriel a donde Abraham estaba a punto de sacrificar a su hijo Isaac. Fue tal la velocidad de este ángel que se desprendió la lana del pobre cordero formando la vía láctea. Debe de haber más mitos al respecto, sin duda; pero basten estos para dejar claro que, a veces, el mito trata de explicar aquello que, para nuestros antepasados, era inexplicable. Mientras haya misterio habrá poesía, dijo Gustavo Adolfo Bécquer. Y el misterio, con explicaciones tal vez menos poéticas, persiste. No sabemos, por otra parte, cuál sería la reacción de aquellas personas al oír estas “historias falsas” o las narraciones mitológicas. Es muy posible que no pudieran racionalizar cuanto estaban oyendo; pero también lo es que algo inmaterial, y tal vez terrible, quedara grabado en sus pechos. De la misma forma que a un niño, que no entiende o no sabe quién es el lobo del cuento de Caperucita, se le queda grabado cierto espanto o terror. Este le advierte del peligro de hablar con desconocidos, con lobos, o de cruzar con el semáforo en rojo. De idéntica forma le dice que sólo la astucia de Pulgarcito lo podrá volver a su lugar de origen, si sus padres lo exponen, como sucedía muy a menudo en la Grecia del siglo V a. C. Todo esto, sin embargo, queda sin explicitar. Tendrán que ser racionalizaciones posteriores, de los padres, o de los libros, quienes nos dejen claro lo que nos querían decir aquellas “historias falsas”6. Otras historias, tal vez míticas, verdaderas, cuentan la fundación de las ciudades, Troya por ejemplo, o porqué todos tenemos sentido de la justicia7. También al decir de Mircea Eliade, los griegos, con el paso del tiempo, fueron vaciando los mitos de todo valor religioso y metafísico.8 Y tal vez por eso mismo, el mito ha recuperado su etimología, narración de un hecho más o menos fabuloso, con personajes que fueron de carne y hueso. Y si los cuentos infantiles tienen, siempre, una base real, es muy posible que también lo tenga el mito. Algo así llevó a Heinrich Schliemann a excavar la colina donde, según la Iliada, se alzaba la ciudad de Troya, con los resultados ya conocidos por todos9. Y eso mismo ha llevado a la profesora Lyn Webster Wilde a preguntarse por la existencia, real o no, de las amazonas10. Causa admiración el tenaz empeño de esta profesora por descubrir la posible existencia de aquellas mujeres guerreras: ni la distancia, ni los idiomas, ni la lluvia, ni algún que otro desplante, fueron capaces de desalentar tan apasionada búsqueda por los alrededores del Mar Negro, y por bibliotecas y museos de medio mundo. Siempre parece tener la solución en la punta de los dedos, y siempre se le escapa. El libro es, entre otras cosas, ejemplo de una continua indagación y de una constancia férrea. ¿Hubo amazonas en realidad, o son un mito, una narración de la eterna lucha masculino-femenino? Es muy posible, según pone de manifiesto la excavación de algunas tumbas, que vivieran verdaderamente. Y que hubiera, por lo tanto, una época en la cual el poder, religioso y político, estuviera en manos de las mujeres. Una parte del mito cuenta cómo Herakles las despojó de ese poder, quitándole a Hipólita, su reina, el simbólico cinturón, su prerrogativa. Tampoco tiene nada de extraño que hubiera pueblos en los que la defensa de los mismos se encomendara a las mujeres cuando los hombres estaban ausentes en busca de caza. Para esa defensa las mujeres debían prepararse, cosa que hacían desde bien niñas. Y, según las tumbas descubiertas, y que describe la profesora Lyn Webster Wilde, junto a los esqueletos de las mujeres aparecen puntas de flecha, las cuales demuestran su cualidad guerrera. No hay espadas ni puñales, armas utilizadas para el combate cuerpo a cuerpo, en el cual la mujer no tiene, por su propia constitución, la misma adaptabilidad que el hombre. Hay que andarse siempre con pies de plomo con toda racionalización del mito o de la religión. Y como quiere Montaigne, se debe estar libre de prejuicios, y tener en cuenta que todo puede parecer verdadero y falso. Nunca se sabe hasta qué punto se está libre de prejuicios: somos hijos de nuestra época; cuesta muchísimo ser capaz de ver por encima de ella, si se logra alguna vez. Es posible, pues, que los griegos, teniendo una base real, crearan el mito de las amazonas, de esas mujeres salvajes, crueles, matadoras de hombres, que habitaban fuera de la polis, donde reside la cultura y el saber, la ley y las normas; y que domeñarlas fuera como dominar a la naturaleza exuberante, indómita, crecida extramuros, donde no hay leyes ni normas. Miedo a la mujer, en última instancia. Cruel a veces. Y la forma de doblegarla es, cómo no, a través del sexo, el famoso cinturón de Hipólita arrebatado por Herakles el civilizador. Cinturón que veremos reaparecer, al cabo de los siglos, en el cordón de la dulce Melibea, otra mujer capaz de saltarse los convencionalismos de su época. Y es posible, también, que la determinación de las amazonas de exponer a sus hijos varones, o de matarlos, fuera la reacción a la exposición de las niñas por parte de los padres griegos11. Y de esta forma el mito compensaba una ley, y creemos que también eso lo demuestra la narración, algunos no dejarían de ver como injusta. Una hija era una carga para algunas familias; por la dote que se debía pagar el día de su enlace. Es muy posible también, como hemos dicho, que el mito de las amazonas, seguramente con existencia real, cuente un tiempo en el cual la mujer ocupaba el poder. Cuando las herencias se hacían por la linea matrilineal, y dominaban al hombre o eran su igual. Gradualmente, sin embargo, fueron perdiendo ese poder, fueron relegadas a funciones religiosas, aunque también, con el paso del tiempo, perdieron dichas funciones. Las grandes religiones actuales, grandes por su extensión, no toleran a la mujer dirigiendo los ritos, ni oficiando el contacto o la comunicación con Dios. Y mucho menos van a tolerar la llamada prostitución sagrada, o el sexo como medio de ponerse en contacto con la divinidad, y, por lo tanto, del conocimiento. Es también probable que Herakles, el héroe civilizador por antonomasia, no derrotara a la reina Hipólita sino que ésta, enamorada de él, le entregara su cinturón espontáneamente. Pero Herakles era un héroe; no podía corresponderle, no podía demorarse toda la vida con ella porque eso, el amor, también como demostraría Calisto siglos después, lleva al hombre al olvido de sus tareas12. Olvido de sus criados, ejecutados, Pármeno y Sempronio13. Entregarse al amor, dejarse ganar por él, le supone al hombre griego vaciarse de la obligación con la polis, de defenderla y luchar por ella, o de provocar guerras tan terribles como la de Toya. Porque está claro, existieran o no las amazonas, con Ártemis su diosa tutelar, tienen una clara finalidad en la narración, como el φαρμακός, farmacós, o chivo expiatorio: cargar con las culpas de la comunidad y expiarlas. Y así las echaron sobre las blancas espaldas de Helena de Troya, de Eva, de la Cava y de las Amazonas entre otras. Y de Jesucristo. Es también muy probable que el interés por las amazonas se deba, actualmente, al papel más importante que va adquiriendo la mujer en algunas sociedades avanzadas. Dista mucho, desde luego, del estatus logrado por el hombre. Y tal vez estos estudios sobre las amazonas sirvan para recordar un tiempo, quizás mítico, en que todos fuimos iguales, aunque no como quería Procusto. No hay, desde luego, ninguna razón para considerar inferior a quien tiene la piel de este color o de aquel, o a la mujer del hombre cuando en tiempos míticos los sacerdotes se castraban o se travestían para hacerse con el poder femenino y acceder, así, a la divinidad. Sea como fuere, el pasado es una entelequia, con una única fuerza: darnos el suficiente conocimiento para ser mejores, y más justos y virtuosos en el presente y en el futuro. El resto quizás no sea más que orgullo y pedantería. Vale. 1Michel de Montaigne, Apología de Raimundo Sabunde, en Ensayos II, Cátedra. Letras universales. Madrid, 1987. Traducción de Dolores Picazo y Almudena Montojo.2 Mircea Eliade, Mito y realidad, Barcelona, 2006, traducción de Luis Gil. Pgs. 9 y ss.3Ibídem, ps.13-144Ibídem, p.165Compárese con el “sacrificio” de Isaac a manos de su padre Abraham. Antiguo Testamento, Génesis, 226Véase, entre otros, el libro de Paul Diel, El simbolismo en la mitología griega, Barcelona, 19767Sobre la fundación de Troya se puede consultar, entre otros, a Pierre Grimal, Diccionario de mitología Griega y romana, entrada Apolo. Y sobre la infusión de la justicia, Platón, Diálogos, Protágoras, 322, a, b, c, d .8 Mircea Eliade, Mito y realidad, p.109Véase, L. Cotrell, El toro de Minos, México, 1958, p. 41 y ss. y Eric H Cline, La guerra de Troya, cap.V10Lyn Webster Wilde, Las amazonas: mito e historia, Madrid, 201711Véase, como muestra, el bellísimo libro IX, Ifis, de Metamorfosis, de Ovidio.12El tema del amor y/o las armas llegará hasta la Edad Media con la famosa composición de Chrétien de Troyes, Erec y Enid, donde se novela si es posible la combinación amor cortés con la caballería, la guerra. El amor feminiza al hombre.13Fernando de Rojas, La Celestina. Décimo tercer auto.