Un beso (Cuento navideño)

UN BESO

 

. Eugenia, nunc et semper.

Vicente Adelantado Soriano

La memoria es un instrumento de extraordinaria utilidad, y sin él el juicio hace a duras penas su trabajo1.

Michel de Montaigne, La presunción.

Aquella mañana de lunes, aun cuando estaba nevando, quien madrugó, y mucho, fue doña Paquita. Salí de mi habitación de la residencia bien abrigado, dispuesto, una vez más, a ir a pasear, y a gozar de la nieve cayendo sobre la ciudad. Pero doña Paquita me estaba esperando. Sentada junto al árbol de Navidad, con las luces de colores apagadas, y con los ojos fijos en el pasillo por donde debía aparecer yo. Tenía ante sí un humeante café con leche, recién sacado de la máquina. En cuanto me vio se levantó a por otro café en tanto me señalaba una silla vecina a la suya.

-Buenos días -la saludé, aceptando su invitación.

-Muy buenos días, don Ausente -bromeó-. Espero que esté usted bien.

-Sí, lo estoy. Y a usted no hace falta preguntarle nada -dije galante- porque es obvio que está usted pletórica.

Me pidió encender las luces del navideño árbol y del Nacimiento, de figuras un tanto gigantescas. Lo hizo una simpática auxiliar aparecida en esos momentos. De paso nos trajo pastas y dulces propios de las fechas.

-Así parece más Navidad -dijo sonriendo y dando las gracias.

-Bien. ¿Y cómo está usted? -inquirí traicionándome- ¿Por qué se ha levantado tan temprano? -dije intentando rectificar.

-Me encuentro perfectamente bien -me sonrió-. Tal como una niña de dieciocho años -añadió tras beber un sorbo de café-. Por eso estoy aquí, en este simpático campamento de invierno de la tercera y definitiva edad.

-Pero con su cultura y su madurez -dije sin hacer caso de la amarga ironía de su última frase.

-Sí, algo así. Y ahora que ya nos hemos alegrado la mañana con estas flores primaverales, dígame, ¿cómo llevamos tanto tiempo sin vernos? Porque este castillo -hizo un ademán abarcando a todo el edificio- no es como para perderse por sus pasillos, pasadizos y mazmorras. No me habrá estado evitando, ¿verdad? -sonrió alargándome el plato de los dulces.

-¡Por Dios! ¿Cómo se le ocurre pensar semejante cosa? No, no la he estado evitando; por descontado. He estado levantándome muy temprano. He salido a caminar con un señor nuevo, recién incorporado. Y tras el paseo, a menudo, iba a su habitación: me ha “obligado” a oír los cuartetos de Beethoven. Es un melómano. Su hijo, el otro día, le trajo varios discos especiales para él. Tenía interés en hacérmelos oír.

-¿Y qué tal? Porque usted también es un amante de la música, ¿no? Don Benito Pérez Galdós también era un gran aficionado, aunque creo que él se decantaba más por la ópera.

-Bien, bien. Me han gustado los cuartetos de Beethoven, y algunas sinfonías. No le puedo decir más: como crítico musical, soy un desastre ¿Y qué ha hecho usted estos días?

-Leer, hijo, leer, ¿qué voy a hacer aquí? Y discutir con nuestro querido amigo el sindicalista. Aunque desde que se descubrió toda la corrupción que hay en su sindicato está un poco más calmado. O deprimido. No se lo esperaba el hombre.

-Sí, el barro va a terminar por salpicarnos a todos.

-Nadie está libre de pecado. Ya le he dicho en más de una ocasión al señor Tomás que es un error, cuando hablamos de corrupción, pensar sólo en los mandos o en los políticos: si se mantiene en pie de guerra tanta corrupción es porque somos un país corrupto.

-Ya. Digamos que predominan los malos. O que son los que más ruido hacen.

-Digámoslo así. ¿Se acuerda usted de El coloquio de los perros, de don Miguel de Cervantes? ¿Se acuerda usted de quién era el lobo que despedazaba a los corderos, y que nunca daban con él?

-Sí, me acuerdo: los mismos pastores, que, encima, apaleaban a los perros acusando a estos de no cumplir con su cometido.

-Terrible la crítica de don Miguel, ¿no le parece? Y terrible la crítica de El licenciado vidriera...

Sobre Cervantes y sus novelas ejemplares habíamos hablado en muchas ocasiones. Era el tema de conversación preferido de doña Paquita: le encantaba hablar de don Miguel; y a mí oírla, pero ahora quería salir a caminar. Lo necesitaba. No disimulé el deseo y la desazón. Doña Paquita me lo notó enseguida.

-Bien, le estoy molestando -reconoció sonriendo-. Se iba usted a pasear, ¿no es así?

-Sí, señora; así es.

-¿Le molesta si lo acompaño?

Se había preparado para la ocasión: llevaba puestas unas gruesas botas; y en la silla de enfrente, a pocos metros, descansaban un gorro de lana, unos guantes y un anorak brillante, con pinta de proporcionar tanto calor como abrigo.

-No, en absoluto. Estaré encantado de llevarla del brazo.

Y sin más salimos a la calle. Doña Paquita se apretó contra mí. Me supo a gloria el fresco aire de la mañana, y los primeros copos de nieve que cayeron sobre mi gorro. Ante nosotros se extendía un paisaje blanco, gélido y melancólico. En el centro del patio un pino no muy alto, totalmente cubierto de nieve, hacía las veces de un árbol navideño. Una enorme estrella amarilla parpadeaba en su centro.

-Creo que estamos un poco locos -dijo doña Paquita tiritando.

-Sí -le contesté-. Pero esto es una maravilla. Debemos disfrutar de ella.

Caminamos en silencio durante unos cuantos minutos. Me arrepentí a los pocos pasos de haber salido con aquella buena mujer, pues temía que el paseo le sentara mal, cogiera frío y enfermara por mi culpa, por mantener una vieja amistad de senectud. Doña Paquita tenía ligeros escalofríos de vez en cuando. Me entró una tristeza infinita. Sin disimulo de ningún tipo di media vuelta y nos encaminamos hacia la residencia. No me preguntó nada. Creo que me agradeció la decisión. Nos quedamos en el salón, todavía vacío, pues quería asegurarme de que se encontraba bien.

-Un poco breve el paseo -me dijo sonriendo.

-Hace mucho frío.

-No padezca por mí -sonrió en tanto se quitaba el anorak-. Me encuentro muy bien.

-Me alegro por usted. Pero aquí en la sala se está mejor. Además, podemos ver nevar a través de las ventanas.

-Creo que es usted de las pocas personas que aman el invierno.

-No, no señora. Hay más gente de mi calaña.

-Para mí el invierno y las fiestas de Navidad son un poco tristes: me recuerdan mucho a las personas que ya no están aquí. Y, sobre todo, me traen a la memoria las discusiones familiares por cenar con estos o con aquellos. A veces la Navidad terminaba por convertirse en una pesadilla.

-A mí me sucede lo contrario -dije sin despojarme ni de gorro ni de guantes-. Echo de menos a la gente, por supuesto. Pero no sé qué le encuentro a estos días que no puedo evitar estar contento y alegre... De joven me encantaba ir por la ciudad, mezclarme con la gente y pisar las alfombras rojas que los comerciantes ponían en la entrada de sus tiendas. Si en aquellos momentos llovía, nevaba o hacía mucho frío, mi felicidad llegaba al máximo.

-¿Y no discutía usted con la familia ni con los allegados por cenas y comidas?

-No -mentí-. Bueno, con mi mujer en un par de ocasiones...

-Ve usted. Si las Navidades parece que están hechas para renovar las tragedias familiares.

-No es eso lo que yo recuerdo -dije con un toque de tristeza y melancolía. Me levanté, fui a un par de cafés con leche, descafeinados y con sacarina, y volví a sentarme de nuevo.

-Le estoy fastidiando la mañana -me dijo doña Paquita abarcando el vaso con las dos manos-. Usted quería salir a caminar, y por mi culpa...

-No se preocupe -la interrumpí-. Y no me molesta. Al contrario, le estoy agradecido por su amistad y por el concepto que tiene de mí: si no fuera importante para usted, no hubiera estado esperándome.

-Siempre he creído que hay que mimar las amistades.

-Y yo he descuidado la suya. Tiene usted motivos para estar enfadada conmigo.

-Bueno, tampoco es para ponerse un cilicio de acero inoxidable -dijo sonriendo.

Durante unos segundos guardamos silencio. Fuera seguía nevando. Algunas personas comenzaban a salir de sus habitaciones. Doña Paquita se acercó a mí intentando crear un ambiente de cálida intimidad. No quería que nadie nos molestara.

-A mí -me confesó casi en el oído- en el fondo también me gustan estas fiestas. Tenemos que preparar algunos regalos para nuestros amigos, ¿le parece bien?

-Por supuesto... Últimamente -dije tras un sorbo de café- me acuerdo mucho de unas lejanas Navidades. De un momento muy especial. Esto de la memoria, doña Paquita, es un verdadero enigma: presenta cosas, acciones, que, en su momento, parecieron no tener mucha importancia, o no se les dio la relevancia que tendría años más tarde. Cayeron en el olvido. Ahora, al cabo de muchos y muchos años, las recupera y alcanzan unas dimensiones descomunales.

-Sí, es así. Lo entiendo.

-Me acuerdo -comencé a contarle- de las primeras Navidades que pasé con mi mujer. Entonces no estábamos casados todavía. Éramos novios. ¡Dios, esta palabra me suena ya a épocas remotísimas! Sus padres, el día de Nochevieja, se fueron a su casa de campo. Ella y yo decidimos pasar la noche solos, aunque luego, tras las uvas de rigor, debíamos ir al dichoso chalet paterno. Allí habían preparado una habitación para mí. Tras cenar solos y besarla cuantas veces me vino en gana, con uvas y sin uvas, lamenté no poder quedarme con ella en la misma cama donde celebramos la entrada en el año nuevo...

Sonrió llevándose una pasta a los labios. Las luces del árbol se reflejaban en los cristales de las ventanas dando al comedor una apariencia de circo.

-Tenía frío -continué-. Cuando salimos de la ciudad, a las tres de la mañana, estaba nevando. El coche, suyo, era un poco viejo y desangelado. Subiendo una montaña, notó, yo no conducía, que una rueda se había pinchado. Me costó mucho cambiarla; nunca había hecho nada semejante. Y me costó mucho, luego, entrar en calor. La calefacción del coche no funcionaba. Añoré entonces, acurrucado en mi asiento, aquellos momentos, todavía con los ecos de las doce campanadas, en los que estábamos en la cama, calentitos y bien juntos. Le propuse volvernos a la ciudad, amanecer los dos en el mismo lugar... Sus padres nos estaban esperando con la televisión conectada. Preocupados por nuestra tardanza. En cuanto llegamos me condujeron a mi habitación rápidamente; me dejaron solo. No tardé nada en meterme en la cama. Seguía teniendo mucho frío. Al cabo de unos segundos, recordándola, se abrió la puerta, y entró ella. Venía cargada con un par de mantas. Me las echó por encima, me arropó, se sentó en el borde de la cama, me acarició la cabeza e inclinándose sobre mí me dio un largo, cálido y sentido beso. Entonces -concluí- hizo de mí el hombre más feliz del mundo. Me dormí sintiendo una enorme alegría, una gran paz...

-Ha sido usted un hombre afortunado.

-Sí, es cierto; tiene razón. ¿Y se lo quiere creer? De todos los años que vivimos juntos, hasta su muerte, el recuerdo más insistente, símbolo del no va más, del colmo del cariño y del amor, es aquel cálido y espontáneo beso de Nochevieja. Cada Navidades, cada día, lo recuerdo con más fuerza y más nitidez. Gracias a él me dormí entonces como un bendito. Ya no hubo más frío. Me dormí. Añorando por supuesto lo que tenía al alcance de mi mano, en una habitación muy cercana. Y ahora, doña Paquita, y se lo digo en serio, me gustaría ser creyente para pensar que no voy a tardar mucho en estar de nuevo a su lado. Y en renovar aquel inolvidable beso.

-No piense en esas cosas, por Dios. Sin usted esto no va a ser lo mismo. Además, tenemos que preparar los regalos para nuestros amigos. No los podemos olvidar.

-No son cosas tristes, doña Paquita. ¿Quién no desea estar con la persona amada aunque para ello tenga que pasar pruebas terribles, como las de los trovadores y los caballeros andantes o cruzar el Aqueronte? -le pregunté chantajeándola.

-En eso tiene usted razón -reconoció sonriendo con una punta de melancolía-. Pero prométame que hablará más a menudo conmigo. No me abandone usted como ha hecho estos días.

-Jamás pensé -le dije con una amplia sonrisa- que ninguna mujer me diría una cosa así. Se lo prometo. Hablaremos más a menudo, e iremos a pasear. Y cuando quiera vamos al centro a comprar los regalos.

-No lo olvide. Le tomo la palabra. Mañana mismo.

-No lo olvido. Mañana mismo. Pero ahora necesito estar solo. Espero que lo comprenda.

Asintió. Y diciendo esto salí de nuevo a la calle. Nevaba como aquella lejana noche de fin de año. La nieve caía sobre mí produciéndome una gran alegría. Y, caminado solo, volví a acordarme de aquel largo y cálido beso que tanto reconfortaba a mi viejo corazón.

1Michel de Montainge, La presunción, Cap. XVII en Los ensayos. Libro II. III volúmenes. Editorial Acantilado, Barcelona, 2021. Traducción de J. Bayod Brau.

UNETE



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