Sangro porque amo

 

. Ese amor maldito… no nació tierno. Nació con dientes. Celos sin nombre me crecieron en la boca cuando el corazón todavía mamaba miedo. Los tragué enteros. Después… los escupí en forma de ironía. Caminé con el orgullo erguido, como un cadáver que se cree vivo. Corrí… creyendo huir,

y terminé arrastrándome hasta pronunciar el mismo nombre con la lengua rota. El silencio — ese perro al que apedreé toda la vida — me alcanzó al fin y me mordió

con la verdad. Repartí cinismo, como quien sirve veneno en copas finas… jurando que el cuerpo ajeno resistiría lo que el mío ya supuraba. Hoy, el rencor me come lento; se me clava en la espalda como animal que recuerda exactamente dónde sangró. Entonces lo entendí: este amor no tiene salida. Es redondo… como una herida

que se lame sola. El amor real de mi vida no fue altar. Fue negación, fue saliva mal dicha, fue venganza torpe, mal pronunciada.

Lo arrastré creyendo enterrarlo, y solo aprendí a hundirlo más hondo en la carne. Hoy lo nombro sin gloria: no como salvación, sino como herida despierta,

como amor que no se pudre, aunque haya sido tormento, aunque haya sido torpeza. No me absuelve. No me devuelve nada. Pero respira en mí… late donde duele…

y ya no miento cuando sangro.

UNETE



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