Epicentro

 

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Tu nombre se derrama en mi boca

como un licor denso que recorre cada rincón de mis labios,

como miel que se desliza despacio, sabrosa,

y me obliga a saborear tu ausencia

como una promesa que se deshace en mi lengua.

Oscila entre tu voz y la memoria de tus gestos,

cada sílaba tuya una caricia que enciende mi piel,

cada pausa un suspiro que se queda flotando,

como la sensación que queda después del roce,

como la humedad que deja el aire en el cuerpo desnudo.

Xilografía de tus ojos que me marcan,

con la precisión de un arte que me atraviesa,

y tus pupilas me dibujan mapas secretos en la carne,

como la huella que deja el agua sobre la piel,

como el peso sutil de tus manos que aún me queman

aunque no las sienta.

Qué secretos encierra tu silencio,

qué laberinto de susurros se pierde en el aire,

y yo me pierdo en él, recorriéndolo con la piel,

donde cada centímetro mío tiembla de anticipación,

donde cada pliegue de tu silencio

es un roce que no se olvida.

Una lluvia que me moja,

y el aire húmedo de la noche se convierte en tu aliento,

en la promesa de tus labios,

en la caricia que se hace espacio entre mi cuello y tus dedos,

y mi cuerpo se expande como flor que se abre al tacto,

como si cada poro fuera una invitación

que se disuelve al tocarme.

Intuyo que lo percibes, que me sientes,

que lo sabes,

que cada respiración mía te recorre

como una caricia invisible,

como el roce de una tela suave,

y todo en mí se te ofrece,

como una melodía que se extiende en cada músculo,

en cada latido,

en cada vibración que me sacude.

Y en este instante,

en este espacio donde todo se acelera,

donde todo se disuelve en el roce de la piel,

me entrego sin palabras,

sin preguntas,

y mi cuerpo se convierte en una carta

que solo tú sabes leer,

un idioma de sensaciones

que no necesita más que tu mirada.

UNETE



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