Mérida

MÉRIDA

 

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Mariano José de Larra, Las antigüedades de Mérida (Segundo y último artículo).

-¿Usted ha estado en Mérida? -me preguntó aquella tarde apenas nos bebimos la primera copa de vino.

-Sí, he estado varias veces. Pero no me pregunte nada porque no le voy a saber responder. Las dos o tres veces que he ido a esa ciudad, ha sido para no salir del Museo de Arte Romano.

-¿No ha visitado usted la ciudad? Asombroso.

-Es la parte negativa de los viajes organizados. En mi caso, por el departamento de mi asignatura: no había mayor interés que el museo y el teatro. Lo siento. Por lo que dice -añadí- usted la conoce bien.

-No, no la conozco bien. He estado allí tantas veces como usted. Pero me he recorrido la ciudad. No me quedé, solamente, con el museo. Aun así, como sabe usted, en todo viaje se quedan siempre cosas por ver. Lo cual no deja de tener su aliciente, pues siempre se puede volver.

-Siempre y cuando se tengan ganas -apunté.

-Evidentemente. A mí me han entrado ganas de volver. Me gustaría comprobar un detalle en el que, en su momento, por olvido, no me ocupé.

-A veces rellenar los olvidos es un trabajo tan arduo como comenzar a estudiar una materia desde el principio.

-No es otra cosa la vida, si me lo permite. O, al menos, ciertos aspectos de la vida.

-Quien tiene capacidad crítica siempre se está replanteando cosas. Muchas de las cuales daba ya por inamovibles.

-Así es. Aunque mi caso -añadió llenando las copas- no es tan dramático, por decirlo de alguna forma.

-Es un craso error darlo todo por sabido. Nada hay en esta vida que no admita una nueva contemplación, un estudio que no sepulte a los anteriores. Sin olvidar que el estudioso también cambia, y lo que ayer le parecía muy acertado, hoy lo considera un error considerable… Cuando escribí mi tesis doctoral, me empeñé, contra viento y marea, en mantener ciertas estructuras gramaticales… Hoy me sonrojo al leerlas. A menudo nuestra vida parece la labor de una tejedora: tejer y destejer. Penélope podría ser la santa patrona de algunos de estos buenos estudiosos.

-Mi interés por volver a Mérida no va por ahí. Como sabe, hace algunos años se estrenó una película de esas llamadas de romanos, o de peplum. Esta última calificación ya se ha quedado trasnochada. La película en cuestión es Gladiator, de Ridley Scott.

-Como toda película hija de Hollywood está plagada de errores y de inexactitudes. No hay más que pedir. Esa película es un fiasco.

-Me lo imagino. Pero no es eso lo que me interesa ahora. Como sabe, si ha visto la película…

-Sí, la he visto.

-Pues como sabe, el origen del protagonista, del gladiador, está en Mérida. Se dice, si recuerdo bien, que nació allí, en Emerita Augusta, y que es allí donde quiere regresar en cuanto termine su misión en el ejército comandado por Marco Aurelio.

-Sí, lo recuerdo.

-Yo también recuerdo que, a raíz del estreno de la película, el alcalde de Mérida, no me pregunte quién era ni a qué partido pertenecía, propuso darle la llave de la ciudad, o la medalla de oro de la misma, o algún honor parecido, al actor que encarna al famoso gladiador, ciudadano de Emerita Augusta en la ficción. Me entró la risa tonta…

-Me lo imagino -dije en tanto llenaba las copas de nuevo-. Ese honor debería corresponder al guionista, no al actor.

-Efectivamente. Pero al guionista no lo conocen sino en los estudios cinematográficos; y los actores, ya sabe usted, que son muy famosos y fácilmente reconocibles. No tenía sentido darle la medalla de la ciudad a alguien totalmente desconocido.

-¿Y qué es lo que le impulsa a usted volver a Mérida? No será descubrir si le han dedicado alguna calle a la película o a sus protagonistas, imagino.

-Por ahí van los tiros. Como sabe, estoy volviendo a leer las obras completas de Larra.

-Sí, me lo ha comentado en algunas ocasiones. ¿Está usted disfrutando con esa lectura?

-Mucho, muchísimo. Me asombra lo que escribió y supo este hombre que se suicidó tan joven, a los veintisiete años, creo. Pues bien, Larra tiene dos artículos dedicados a Mérida. Y quiero volver a la ciudad para comprobar si en algún rincón de la misma hay memoria de estos dos artículos; o si alguien, en su momento, propuso que le entregaran a Larra las llaves de la ciudad, o le brindaran algún banquete… Como al gladiador de la película.

-No le puedo decir nada -le dije- no tengo ni idea. Ni he leído esos artículos de los que habla usted. Pero me extrañaría que por dos artículos nombraran a Larra, verbigracia, hijo adoptivo de la villa o le dieran alguna prebenda.

-Lo comprobaremos. Le pasaré el libro de Larra. Hay, entre otras muchas cosas, dos advertencias de este muy significativas: el desprecio de los españoles hacia sus antigüedades, y el total desconocimiento de los guías de aquello que, se supone, están explicando.

-El pan nuestro de cada día. Aunque eso, para bien de turistas y curiosos, está cambiando. Le podría contar varias anécdotas al respecto. Algunas de ellas hasta me sacan los colores, y no solo por los lamentables errores de las guías… Fue en Burgos, en el Monasterio de las Huelgas. Una señorita, allí, explicó el origen del nombre. Con una falsa etimología de huelga. No faltó el voceras que la corrigió poniéndola en ridículo delante de todo el mundo, y a voces.

-Eso no lo hubiera hecho Larra. Él era partidario de criticar sin herir a nadie, aunque a veces a los actores teatrales, con nombres y apellidos, los pone como hojas de perejil. Pero volvamos a Mérida. Cuenta, por ejemplo, las explicaciones que le da un cicerone, una persona mayor… Si no recuerdo mal le dice que el anfiteatro era la bañera de los moros, y que en Mérida tienen cosas muy antiguas, no de los romanos, sino de antes, de mucho antes, de los moros como menos.

-¿Y corrigió Larra a esa persona?

-No, no lo hizo. O, al menos, no lo dice.

-Es lo mejor que pudo hacer.

-¿Ha corregido usted a algún guía en alguna visita?

-Sí, pero lo hice una vez terminó la visita. En un rincón de unas ruinas le dije que era falso lo que había dicho. Se lo expliqué, y hasta le di bibliografía. Esperando que no se lo tomara a mal.

-¿Y sirvió de algo? ¿Corrigió ella sus explicaciones?

-No lo sé. No he vuelto por allí. Ni me apetece volver, así nombren aquellas ruinas Cervantes, Larra o el Lucero del Alba.

-No está de más enterarse de si sirve para algo lo que hacemos a lo largo de la vida.

-El otro día, en la sala de profesores, uno de ellos le preguntó a otro, quien escribe unos artículos un tanto eruditos en un periódico, si esas cosas, esto lo dijo con retintín, las lee alguien. El articulista le contestó que escribir no es matar a nadie: el escritor no tiene que seguir a sus escritos para comprobar si ha dejado huellas o no, o si la policía lo persigue o deja de perseguirlo. Yo hablé con aquella guía con toda mi buena voluntad. Y con toda mi buena voluntad le expliqué su error. Ahí se terminó mi misión. Ahora, dígame usted, ¿Han servido para algo los artículos de Larra?

-Buena puñalada trapera me acaba de asestar. No, no creo que hayan servido de mucho. Ahora bien, es indudable que la sociedad ha cambiado. No creo que, actualmente, en ningún lugar dejaran a un guía decir que el anfiteatro era la bañera de los moros…

-No esté tan seguro. Si yo le contara…

-Reflexionando sobre estos artículos de Larra sobre Mérida, me he acordado de usted. En alguna conversación vino a decir que la vida misma nos hace estoicos: ante la muerte de alguien puede usted llorar, lamentarse, rasgarse las vestiduras… el muerto no volverá. No hay más. Aceptar los hechos y seguir viviendo. En castellano castizo: “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”. Hoy en día se visitan, y mucho, las ruinas de Mérida, y de otras muchas poblaciones. El país se ha convertido en un parque temático: los turistas buscan piedras, y quien más y quien menos tiene piedras que mostrar. O la huella del caballo del Cid, o la del rucio de Sancho. Para el caso es lo mismo. Se necesitan turistas. Sean foráneos o indígenas.

-Cuando no se vuelven locos por retratarse ante una restauración hecha por alguna persona con buena fe y nulos conocimientos. Como el guía de Larra.

-¿Le apetece a usted un viaje a Mérida?

-Podemos ir. Aunque lo que a mí me gustó, y mucho, de la película esa de Gladiator sé que no lo vamos a encontrar. Y aunque lo encontremos, nos vamos a quedar igual.

-No pierda las esperanzas. ¿Qué es lo que más le gustó de esa susodicha película?

-La actriz. La supuesta hermana de Cómodo. Me maravilló su belleza. Es una actriz noruega o sueca, no sé. Se llama Connie Nielsen. Iremos a Mérida, pero ni estará ella, ni, tal vez, encuentre usted ninguna memoria de Larra por ningún sitio.

-El tiempo todo lo borra. Y no olvide que el maquillaje, las luces y los filtros hacen maravillas.

-No lo olvido.

-Pese a todo, querido amigo, siempre tendremos a Mérida, y a sus preciosas ruinas. Que son muchas. Y bien merecen una larga excursión, ¿no le parece?

-Y el museo, no lo olvide. Me encantaría volver a visitarlo. Haremos el viaje a Mérida. Cuente con ello.

UNETE



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