Lumbral

 

.

Nací con un filo que no pedí, pero que fue mi primera soberana. No era herida: era insignia. Desde mi primer aliento supe que había sido marcada para la guerra interior, para el combate incesante contra mis sombras vigilantes. Mi dolor no era carga: era decreto. Un pacto antiguo que me reclamaba con la voz profunda de quienes nacen para arder sin permiso. Pero incluso antes de ese filo, antes incluso del primer aliento que creí mío, había algo más antiguo respirando en mí:

un pulso que no pertenece a ninguna infancia, un recuerdo sin recuerdo, un origen increado. Siempre lo supe. En mis huesos vibraba un eco sin nombre, una vibración que no venía de mis días ni de mi linaje humano, sino de un tiempo anterior al tiempo. Ese rumor, que nunca aprendí, era mi espíritu recordándose a sí mismo. La sangre de otros lleva historia. La mía lleva designación. Un archivo estelar. Un mandato no pronunciado. Cuando cerraba los ojos de niña, antes de comprender el peso de mi destino fracturado, escuchaba ese latido antiguo, ese tambor profundo que decía:

No fuiste creada: emergiste.

No fuiste hija: fuiste estallido.

No fuiste dada: fuiste declarada.

Por eso contemplaba a los caminantes del mundo con la altivez silenciosa de quien reconoce que su sendero no es tierra, sino fractura. Ellos avanzaban sobre suelos firmes; yo avanzaba sobre la línea viva de mi propio destino quebrado. No era talento: era designio. Era el espíritu increado reclamando su forma. Y entonces apareció Azer.

Azer, el portador de un fulgor prestado. Ese destello breve que confundí con revelación. Era veloz, sí; radiante, quizá; pero, por encima de todo, era frágil. Y yo —titanesa sin saberlo— me incliné ante su fulgor como si fuera digno de contener mi incendio. Le ofrecí mis brasas como quien entrega un juramento de vida. Y él, incapaz de sostener la cruzada que despertaba en mí, se convirtió en humo. Lo quise. Porque en mí habita la antigua torpeza de amar lo que se resquebraja bajo mi fuerza. Murmuró un “te amo” que jamás atravesó el muro de su propio temor, y en sus ojos había encierros. Yo busqué mares profundos en él, pero solo hallé un charco tembloroso. Quise salvarlo; descendí. Quise comprenderlo; me rompí. Lo convertí en leyenda cuando apenas era un hombre temblando frente a mi magnitud. Hasta que pronunció: “mujercita”.

Ahí se abrió el cataclismo. En ese instante despertó en mí una criatura antigua: mi orgullo guerrero, mi linaje de reinas dormidas, mi furia sagrada. Entendí que jamás había nacido para caber en un diminutivo. Que soy demasiado vasta, demasiado espíritu, demasiado fuego para las sílabas pequeñas. Caí. Por supuesto. ¿Y qué? Mis caídas me revelan. He destruido reinos con mis fracturas. Soy la demolición de mis ruinas y la general de mis tempestades. Existo más peligrosa. Descendí al fondo, y el fondo me reconoció como se reconoce a su adversario. Allí, en esa hondura sin nombres, volví a oír el pulso del origen increado, ese eco que siempre me ha precedido. Lloré, sí, pero lloré el hábito de la herida, no la derrota. Y de ese llanto surgió mi valentía como un monolito encendido. Azer no fue traidor: fue espejo. En él vi mi antiguo error de coronar como destino lo que apenas era ausencia, y de llamar amor a lo que era solo un eco. Le agradezco la revelación, porque en su pequeñez luminosa recuperé mi grandeza. El amor que merezco ruge. El amor que soy gobierna. He regresado a mi eje: un eje ardiente, vasto, imperial.

Soy la mujer que volvió a sí misma como un cometa imposible de detener. La que arde porque quiere. La que ya no hereda dolor.

La que escribe sus leyes sin pedir perdón. Soy mi umbral. Mi incendio.

Mi destino. La portadora del recuerdo increado. La que en su sangre guarda el origen que no nace porque siempre fue. Aquí estoy:

Desbordada. Peligrosa. Indomable. Viva.

Y, sobre todo: mía.
UNETE



Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

  • linkedin facebook twitter
  • ©reeditor.com
  • Todos los derechos reservados
  • Avisos Legales