Aranceles

ARANCELES

 

.

Mariano José de Larra, Muerte del pobrecito hablador.

Evidentemente, y tampoco nos dedicamos a ello, fue imposible, entre nosotros dos, despachar, en aquella memorable cena, el kilo de chuletas comprado pocas horas antes. Un regalo para mi vecino. Lo hice con la única finalidad de gastarle una broma. Eran, junto con el botiquín y la navaja cachicuerna, los elementos indispensables para sobrevivir a la III Guerra Mundial, que se estaba anunciando desde hacía mucho tiempo. No esperamos a la declaración de guerra. La misma noche, pocas horas después de habérselas regalado, dimos cuenta de unas cuantas chuletas. No de todas.

-Por la noche -dijo juiciosamente en tanto servía el vino- no es conveniente cenar mucho.

-Sí, eso dicen las buenas lenguas: hay que almorzar como un emperador, comer como un rey y cenar como un miserable.

-A mí me gusta más éste: de grandes cenas están las tumbas llenas. Pero sea como fuere, no se va a quedar con hambre. Había preparado suficiente cena -añadió sonriendo- por si invitaba a la atractiva vecina del quinto. Y esta cena, no la última, se convertía en el inicio de un tierno romance.

-¡Le ha quedado precioso! No. He preferido dejar las cosas como están. Usted sabe muy bien que si me caso, o me junto con la vecina, o con quien sea, se acabaron las traducciones, las lecturas, y el hacer muchas cosas que, ahora, son el centro de mi vida.

-¡Hombre! No sea exagerado. Se pueden combinar ambas cosas. Aunque también es cierto el viejo refrán: evita la ocasión y evitarás el peligro.

-Romances y romanzas aparte, no me apetece casarme ni meter a nadie en casa. Estoy muy bien como estoy.

-Pues no se hable más. No hay más que decir.

-Otra cosa -dije sonriendo- es si por culpa de la anunciada guerra nos retiramos los vecinos de esta finca a una cueva oculta en la sierra Espadán o a cualquier otra montaña. Entonces, ya hablaríamos. Allí, imagino, poco o nada se podrá leer. Con gran contento por parte de muchos.

-Y allí tampoco tendríamos la carga de los aranceles.

-Estoy de los aranceles hasta las narices. ¿Se va a hundir el mundo? ¿Van a cerrar todas las empresas? ¿Vamos a desaparecer los humanos y quienes no lo son por los dichosos aranceles?

-No lo sé. Yo de economía no tengo ni idea, así que no voy a hablar de lo que no sé. Es el deporte nacional, pero no quiero participar de él. Además, yo impondría aranceles a esos llamados periodistas cada vez que me salen con anglicismos de *poner en valor, *poner en riesgo, *poner en cuestión, y poner cuanto les da la gana poner, cuando aquí la única que pone es la gallina ponedora, que pone huevos. ¿Usted sabe si en las facultades de periodismo es obligatorio leer, y sobre todo leer a Larra?

-No lo sé. No tengo ni idea; pero lo puedo preguntar, si usted quiere.

-No. No hace falta. Visto lo visto, ni leen a Larra, ni a Cervantes, ni a nadie.

-Si no me equivoco -añadí- ya se han celebrado varios debates para eliminar la literatura de la educación elemental y aun del bachillerato. No le extrañe nada, pues, que haya traductores que “traducen” *habiendo salido la gente, se fueron al campo de fútbol. Como “la gente” es más de dos, pasa a ser el sujeto fantasma del verbo. Porque ha de saber usted, señor mío, que hay dos o tres sujetos: el presencial, el ausente o elíptico, y el fantasmal. Es decir, él pasea, paseo, *la gente pasean.

-¿Y eso lo ha aprendido usted estudiando griego?

-No. Eso lo he aprendido leyendo traducciones, donde, por cierto, también abunda el uso y abuso del verbo poner. No solo es cuestión de los periodistas. Ni de las gallinas ponedoras, como dice usted.

-Nunca le he preguntado por temor a tocar la herida… ¿Tiene muchos alumnos en clase? Las humanidades no están de moda.

-No. Si llego a tener seis alumnos ya me puedo dar por satisfecho. Pero lo prefiero así. Pocos y con ganas.

-Se lo he preguntado -dijo llenando las copas- porque el otro día me dio por releer las obras completas de Larra. Me lo estoy pasando muy bien. Y no deja de asombrarme cuánto escribió y cuánto leyó este hombre en tan breve espacio de tiempo. Como sabe se suicidó a los veintisiete años.

-Recuerdo que el profesor de latín nos lo citaba como ejemplo de la actualización de los clásicos. Al parecer leyó a Horacio, y citaba su Ars poetica o Epistula ad Pisones, cada vez que criticaba a los periodistas o dramaturgos de su tiempo.

-Sí. Es cierto. Se lo iba a apuntar yo. De hecho me ha llamado mucho la atención la crítica teatral de Larra. Tiene varias. Escritas con sentido del humor, con un humor muy cervantino o quevedesco, que de eso habría mucho que hablar.

-En esa materia, señor mío, soy lego, y todo oídos. Siga.

-¿Se acuerda que el otro día le dije que estaba escribiendo una especie de novela autobiográfica?

-Sí, me acuerdo -le dije no estando muy seguro de ello.

-Pues bien, ahora se me ha ocurrido dejarla de lado y ponerme a escribir artículos imitando a Larra. Las críticas que él hacía al teatro de su época, las podía aplicar yo a las series televisivas de ahora.

-Salvo contadísimas excepciones son muy malas. Caerá en la monotonía, la repetición y el aburrimiento. Tal como sucede con el objeto criticado.

-Si esas críticas, como sucede con Larra, están bien escritas, o muy bien escritas, pasarán el filtro de los siglos; y al igual que sucede con los artículos de Fígaro, se leerán de aquí a muchos años. Crítica teatral no se puede escribir porque el teatro pasó a mejor vida.

-Se sigue haciendo teatro…

-Sí, es cierto: se adaptan para la escena éxitos cinematográficos, o se traducen obras del inglés, exigiendo, siempre, que un actor, o actriz, se desnude es escena, que eso siempre queda muy bien. Cuanto menos el público se entera de que los actores se duchan.

-Es la moda, señor mío. Más tirana que Dionisio de Siracusa en sus buenos tiempos.

-Efectivamente. Y no hay serie de televisión que se precie que a los dos o tres segundos de haber comenzado, no aparezca ya una escena de cama, preferentemente entre dos mujeres. Ahora ya no pueden decir, como se decía en esta tierra, cuando empezó el despelote: “lo exige el guion”. Ahora ni hay guion ni imaginación.

-Tiene razón. Pero el otro día un compañero, aficionado a la fotografía, nos dijo, tomando café, lo mismo que usted: las series son muy malas, los guionistas peores; pero los directores de fotografía se superan en cada serie o película. Hay películas, dijo, que las veo por la fotografía. Es lo único bueno, muy bueno, que tienen.

-No había caído en el detalle. Pero sí, pensándolo, es cierto. ¡Dios! -exclamó- la técnica siempre por delante. Y la imaginación al cubo de la basura. ¿Se ha dado cuenta usted de las imbecilidades de algunos guionistas? Por eso también deberían pagar aranceles: si hay una película que se titula El hombre que sabía demasiado, puede usted estar seguro que inmediatamente a cualquier batueco se le ocurrirá una película titulada El hombre que bebía demasiado, si Con la muerte en los talones, se convertirá en Con la suegra en los tacones o Con Eufrasio en los faldones… y así ad nauseam.

-¡Hombre! -exclamé riéndome- no dejan de tener su gracia…

-Yo le diría lo mismo que Larra: es una pena que estos chistes no tengan gracia, que de tenerla nos reiríamos mucho.

En estas estábamos cuando llamaron a la puerta. Sorprendido, me levanté a abrir. Y mi sorpresa se centuplicó al darme de narices con la atractiva vecina del quinto.

-¡Ay! -exclamó intentado dar con el número de la puerta- creo que me he equivocado…

-No, no se ha equivocado -le dije-. Soy un invitado. Pase.

Se tranquilizó al ver al dueño de la casa caminando hacia ella.

-No quería molestar. Perdón. Venía a pedirle el libro del que le hablé el otro día, por si me lo puede prestar.

-Pase, pase.

Nos dirigimos los tres hacia la mesa. Sacó una copa, se la llenó de vino y le dijo entregándole un pequeño paquete.

-No se lo puedo prestar. Se lo regalo.

-¡Por Dios! -exclamó ella- yo no quería… ¿No temería usted que no se lo devolviera?

-No. Sencillamente me ha apetecido hacerle un regalo. Por cierto ahora mismo estábamos hablando de Larra. Y de lo mal que escriben los periodistas…

-El eterno tema -repuso ella sentándose- ¿Cuándo el idioma ha sido bien tratado por leguleyos, escritorzuelos y periodistas? No hay más que leer a Quevedo. Pero no quiero molestar… Gracias por el libro.

-No molesta. Todo lo contrario -dijo el dueño de la casa todo galante-. Estábamos teniendo uno de nuestros tantos simposios para dos. Puede quedarse, y así será un simposio para tres.

-Lo malo-dijo ella animándose y sentándose de nuevo- es que a veces se confunde el error o el galicismo con la creación. Hay que andarse con pies de plomo en estos casos. De lo contrario -añadió tras beber un trago del buen vino- la lengua tampoco avanzaría. A mucha gente -añadió- le molesta por ejemplo que se hable de violencia vicaria, de feminicidios, de nosotros y nosotras…

-A mí -intervine yo interrumpiéndola-. ¿No es mejor decir parricidio, uxoricidio y todos nosotros? ¿O acaso cuando usted bebe vino dice *ya beba, por yo bebo?

-Mire, llevadas las cosas a los extremos no sirve de nada.

-A veces -intervino el dueño de la casa- es bueno hacerlo, como un esperpento, para desenmascarar tanta necedad.

-Estoy en minoría -se quejó ella sonriendo.

-Diría lo mismo -le repliqué- aunque hubieran venido aquí con las once mil vírgenes y san Braulio.

-Creo que lo mejor es dejarse de sutilezas y andar paso a paso, como quería Cervantes.

-Es lo mejor -concluí yo levantándome y disponiéndome a marcharme-. Por escribir bien no tendremos que pagar aranceles a ningún necio. Buenas noches. Voy *a ponerme en la cama -dije guiñando un ojo a mi vecino.

-Ahora se lo explico -oí que le decía a la vecina en tanto cerraba la puerta y comenzaba yo a subir las escaleras. Era tarde y estaba que me caía de sueño. No obstante, todavía tuve tiempo de reírme de su astucia: regalar un libro antes que prestarlo. Muy inteligente. Y eso que todavía no había leído el artículo de Larra que me pasó al día siguiente, titulado Robos decentes. Más claro, imposible. Muy astuto mi vecino. Lo pondré en valor.

UNETE



Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

  • linkedin facebook twitter
  • ©reeditor.com
  • Todos los derechos reservados
  • Avisos Legales