HIPOCRESÍA
HIPOCRESÍA
.
Séneca, Sobre la ira. -He traído a colación esta máxima de Séneca -le dije a mi vecino una vez hubo él descorchado la botella de vino, y yo se la hube leído- a fin de contestar a un apunte suyo del otro día. Pasamos sobre él sin prestarle la debida atención. Y desearía evitar cualquier error. -¿A qué apunte se refiere? -preguntó llenando las copas generosamente, como siempre. -Al comentario, recordado por usted, de una profesora de latín; esta acusaba a Marco Aurelio de hipócrita. Por escribir y recomendar una cierta filosofía, y vivir de forma totalmente distinta a lo propugnado. Y a la de un profesor suyo; este hizo lo mismo con Séneca, ¿lo recuerda? Las famosas quinientas mesas que el filósofo tenía en su casa. Debía de vivir en una plaza de toros. Como mínimo. -Sí, lo recuerdo. Pero si uno va a hacer caso de todo cuanto dicen… -Ha coincidido esto con la lectura de una biografía de Séneca. Me la compré el otro día2. Y ya en las primeras páginas, la autora dice lo mismo: que Séneca fue un perfecto hipócrita. También lo dijo Dion Casio. E igualmente aparece la misma acusación en otros textos3. -Y usted no está de acuerdo con el calificativo. -Yo no conozco la obra del filósofo con tanta profundidad como, al parecer, la conoce la autora de la dichosa biografía. He leído infinidad de veces a Séneca, tanto en latín como en castellano. Pero mi capacidad de retención es muy limitada… -Hombre, tenga en cuanta que cuando estas personas escriben sobre algo, o sobre alguien, llevan años recopilando datos, reuniendo citas. Y, seguramente, parten ya con una idea clara de a dónde quieren llegar. Una lectura totalmente distinta a la nuestra, simples lectores sin ánimo de lucro ni de demostraciones de ningún tipo. -Me acaba de abrir los ojos -dije sonriendo tras vaciar mi copa-. Algunas veces desconfío de las fuentes. Pero hay un autor, estoico él, que reclama la misma educación para los hombres que para las mujeres, posterior en pocos años a Séneca, un tal Musonio. Ignoro si esta autora lo conoce, en cuyo caso no lo cita para ir a la suya. Muy honesta la chica. No obstante, volviendo al tema que nos ocupa, he pasado un cierto tiempo, buscando en varios diccionarios, la definición de hipocresía. O hipócrita. A fin de refutar las acusaciones, claro sin dejar ningún resquicio. -Esa palabra me causó a mí verdaderos problemas: durante una época de mi adolescencia estuve ingresado en un seminario de frailes capuchinos. Un día, estando en la cátedra, la sala de estudio donde cada uno de los seminaristas contábamos con un pupitre, me puse a dibujar. Mis compañeros estudiaban. Y por los pasillos formados por los pupitres, paseaba, breviario en mano, el padre David. El silencio era total. Y en medio de ese silencio, alguien se rio. El padre David se giró enfadado. Coincidió su furibunda mirada con bajar yo la tapa de mi pupitre. Se encaró conmigo: “¡Eres un hipócrita!” me espetó en tanto volvía a pasear de nuevo. Algunos de mis compañeros me miraron horrorizados. Yo, infeliz de mí, no sabía lo que significaba aquella palabra, ni por qué me la había lanzado. Pero pocos años antes, los Reyes Magos de Oriente me habían dejado, como regalo, un pequeño diccionario. Busqué la palabra. Al principio sin la hache, y luego con ella en primer término. Y la definición se me ha quedado grabada a fuego: “Aquel que hace o dice lo contrario de lo que piensa”. -Y usted se quedó igual, sin entender nada de nada. -Así es. No había dicho nada, ni sostenido nada en contra de nadie. No entendía por qué era un hipócrita. Tal vez por la risa, no fue mía, y por creer el padre David que me estaba ocultando tras la tapa de mi pupitre. Es posible. No le veo más explicación. -¿Y no habló con el fraile? -¡Dios! Me daba pánico hacerlo. -Pues a falta de frailes, buenos son los libros. A raíz de esta dichosa biografía de Séneca he buscado, en varios diccionarios, la palabra de marras. Y por más florituras que le pongamos, la definición de su pequeño diccionario es válida: un hipócrita es aquella persona que hace o dice lo contrario de lo que siente o hace él. O representa lo que no es, si nos atenemos a su etimología, pues en su origen hipócrita significaba actor. Y un actor simula ser Edipo aun cuando el pobre hombre se haya criado en un orfanato, y no haya conocido a nadie de su santa familia, ahogada en un naufragio allá en alta mar. Y ni haya visto a la Esfinge ni en sueños, ni en la realidad, ni en ninguna pesadilla. -¿Y en qué queda todo esto aplicado al bueno de Séneca? -preguntó llenando las copas de nuevo. -Pues al parecer, todavía no he terminado de leer la dichosa biografía de la profesora americana, en que predicó la sobriedad, y se hizo millonario; en que prometió dejar sumas de dinero a sus amigos, y no lo hizo, no sabemos si Nerón se apropió de su testamento, al cual los esbirros que fueron a comunicarle que debía suicidarse, no le dejaron leer ni consultar; en que predicaba la virtud y no fue virtuoso, fue acusado de adulterio con Julia Livila, la hermana de Calígula, ni más ni menos; y no recuerdo cuántas maldades más. -Y usted no está de acuerdo con semejantes apreciaciones. -Digamos que me molestaron un tanto. Pero es que, además, esta estudiosa americana ni menciona a Popea, ni la campaña de desprestigio desatada contra el filósofo por ésta y por Tigelino, su amante, y valido de Nerón. No cuestiona nada. Va a la suya. Aun así seguí leyendo. Esperando descubrir en el libro buenos fundamentos para sostener dichas afirmaciones. Y la verdad, de la vida de Séneca poco o nada se sabe. Incluso se duda de su participación en la conjura contra Nerón, la cual, dicen, le costó la vida al filósofo. Ahora bien, le digo, y se lo repito, no conozco ni su vida ni sus obras con tanta profundidad como la autora de la biografía, quien, por el contrario, hace gala de ellos. Y así sostiene afirmaciones un tanto peregrinas por no decir estúpidas. Dice, por ejemplo, sin sonrojarse, que los hombres de la élite romana, y solo los hombres, competían entre ellos por mantener su virtud, palabra que deriva, como recuerda, de vir, hombre, persona de calidad, varón; y por lo tanto, según ella, los romanos, no las mujeres, combatían por su masculinidad, así lo suelta. Es un eufemismo, como imaginará. -Lo imagino ¿Y era así? -No. No era así. Muchas costumbres romanas, además del estoicismo, la filosofía practicada y pregonada por Séneca, provenían de Grecia. Los griegos sí luchaban por la virtud, sin olvidar la sopa y los óbolos y los talentos, el oro y la plata; pero en griego virtud, ἀρητή, areté, nada tiene que ver ni con machos ni con hembras. Además, no solo hay una virtud, si nos atenemos al famoso diálogo de Platón, Menón. Y se me hace difícil entender que Séneca no conociera dicho diálogo. Los romanos, o la aristocracia romana, por otra parte, más que por la virtud, o por su masculinidad, se movían y se mataban, asesinaban y promovían guerras por lograr influencias políticas, por el dinero, por amasar millones y millones de sestercios, por las tierras de los otros, por esclavizar a quien se les opusiera, y por el poder de su gens. No fue ese el caso de Séneca. -¿Y en qué consiste la virtud, o qué es la areté? -Parece que hay muchas definiciones al respecto. Pero siguiendo el diálogo de Platón, Menón, en el que Sócrates trata de llegar a una unificación de todas las posibles virtudes predicadas por Menón, consistiría esta en ser excelente en cada etapa de la vida, o en hacer de la mejor forma posible aquello que debemos hacer. Buscar la excelencia en todo momento y en todo lugar. -Entonces también puede ser uno un excelente hipócrita. Nada habría que reprocharle. -Se le podría reprochar todo. El ser excelente presupone ser virtuoso, bueno, no dañar a nadie y ser comprensivo con tus semejantes. El hipócrita no busca eso. Me parece. -Entonces si Séneca no dañó a nadie, no se le puede acusar de hipócrita. ¿Es a esta conclusión a la que me quería llevar? -me preguntó llenando las copas una vez más. -No. No quería llevarlo a ninguna parte. Sencillamente deseaba hablar con usted para reivindicar, si ello hiciera falta, la honestidad de Séneca, para despejar errores. No pretendía otra cosa. Estoy harto de que lo tilden de hipócrita. -Pues yo se lo hubiera aclarado enseguida. Al menos eso de la hipocresía. La dichosa palabra me hizo meditar, y no solamente por mi vivencia en aquella cátedra del seminario con el padre David. Tuve otra experiencia muy dura y esclarecedora, pero suavicémosla con este excelente vino -dijo mientras llenaba las copas acabadas de vaciar. -Soy todo oídos -murmuré aguardando sus palabras. -Mi padre -comenzó a contar- fue un fumador empedernido. Murió de cáncer. Una gran parte de culpa de aquel cáncer la tuvo el tabaco. Antes de caer enfermo, durante su breve e infructuosa convalecencia, ya en el lecho de muerte, siempre me aconsejó, con un cigarrillo entre los labios, que no fumara. -Sí. -intervenía mi madre siempre con la misma cantinela- tú como aquel: haz lo que yo te diga, pero no lo que yo haga. Hipócritas. -¿Usted cree -me preguntó- que mi padre fue un hipócrita? -No creo. Me parece que su padre intentaba apartarlo de un vicio del cual él ya no podía prescindir. -Exacto. Eso mismo he pensado yo siempre. Y eso me ha hecho comprender cuán difícil debe de ser salir del mundo de las drogas. Pues si un cigarrillo ata tanto, imagínese la cocaína y demás. Terrible. ¿Y es hipócrita un drogadicto que aconseje no caer en el mundo de las drogas por más que él no consiga desengancharse? -Ha resuelto usted el problema de Séneca, querido amigo. Vuelvo a insistir en que no conozco su vida y su obra con la aparente profundidad de quien escribe su biografía. Muchas cosas de ese libro son muy cuestionables. Ahora bien, supongamos que Séneca fue un hipócrita, vamos a darle la razón a la autora, y a otros muchos historiadores, a Dion Casio entre ellos. Supongamos que fue rico, adúltero, adulador, prestamista sin escrúpulos, que en su casa tenía quinientas mesas, y todo cuanto usted quiera añadir. Pero, al mismo tiempo, prestemos atención por un momento a sus libros. Son una maravilla, como el de Marco Aurelio. No hay en ellos ni un mal consejo. Todo lo contrario. Creo, desde luego, que si intentáramos seguirlos nos iría a todos muchísimo mejor, independientemente de los hechos de su autor. Fueran buenos o malos, cosa esta última difícil de admitir. Y aun suponiendo que fuera así, que no, a veces la prédica está por encima del predicador, ¿no cree? Como en el caso de su padre. -Sí. Van a la par. -Sí. Totalmente. Creo. Máxime si tiene en cuenta que sus libros no incitan ni al mal ni al odio ni a ninguna perversidad. Todo lo contrario. ¿Y a usted le sirvieron de algo las palabras de su padre? -Sí. Dejé de fumar a los pocos días de su muerte. -Pues en ese caso vamos a intentar seguir siendo unas personas virtuosas, o en continua búsqueda de la ἀρητή, de la excelencia, no de la masculinidad ni de necedades semejantes. Con la ayuda del estoicismo senequista. -Así sea mientras éste no nos impida beber vino. -Al contrario: el estoicismo celebra la amistad y el buen vino. -Pues acabemos el de ahora, y mañana Dios proveerá. -Mañana pasaré yo por la bodega. Dejemos a Dios en paz. -Es una forma de hablar, oiga. -Vale -respondí, y no hubo más.1Séneca, Sobre la ira, II, 10. En Diálogos. Editorial Gredos, Madrid, 2000. Traducción de Juan Mariné Isidro.2Emily Wilson, Séneca. Editorial Rialp, Madrid, 2016.3Puede verse una breve crítica a los mismos en Séneca, la sabiduría del imperio, de Alberto Monterroso. Editorial Almuzara, 2018. ps. 19 y ss. Y en el capítulo 13.