Las Violetas de Martes

 

. No iba a marcarle, lo juro. Ni siquiera pensé en él hasta que vi las violetas mustias en el florero, esas que compré el martes creyendo que iba a venir. Que iba a venir. Qué verbo tan fantasioso, venir.

A veces los hombres sólo vienen, se descargan y se van. Pero venir de verdad, llegar a una —con la lengua, con las manos, con la mirada— eso no lo hacen nunca. Me prometí no esperarlo. No revisar el celular.

No mirar la puerta. Y aquí estoy, a las diez y media, con el café frío, el corazón tibio y las piernas cruzadas —no por pudor, sino para que no se me escape la dignidad… ni el calor que me dejó su ausencia.

El cuerpo también espera. Aunque una diga que no. Él me decía que yo era distinta. Que no era como las demás. Y yo lo creí, claro. Porque una quiere creer que esta vez sí, que conmigo va a ser diferente, que no se va a esfumar después de su orgasmo, que se va a quedar, respirando al lado, tocando lo que queda de una cuando el deseo se apaga. Pero siempre desaparecen. Como si la carne se los tragara por error y luego los escupiera en otra cama. Me habló el jueves, con esa voz ronca y sucia que finge ternura. —He estado ocupado, tú sabes, el trabajo. Y yo, tan tonta, fingiendo que sí sabía. Pero no le dije nada. Nada.

Solo respiré hondo, como quien guarda rabia caliente en un frasco de vidrio, y lo mete al refrigerador para que dure más. A veces pienso que eso no es amor, sino una manera educada de quedarse solo.

Las violetas ya se murieron, pero las voy a dejar ahí. Con sus pétalos arrugados como mi paciencia, como las sábanas de ese martes que no fue. Que se queden. Que huelan. Que me recuerden que estuve viva por un rato. Que lo esperé por gusto, y no por costumbre. Que me toqué pensando en su boca. Que me abrí por dentro y no vino nadie. Y si vuelve a marcar, claro que voy a contestar. Pero solo para dejar que escuche mi respiración. Y colgarle justo cuando empiece a decir mi nombre.

UNETE



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