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La mansión dormía. Al menos, eso era lo que ella pensaba cada vez que cruzaba su umbral. Pero aquella noche, cuando regresó a casa —cansada, con las manos manchadas de tinta de biblioteca—, la casa no estaba tranquila. Respiraba. Observaba. Esperaba. Él estaba allí. Sentado en el recibidor, entre una cortina llena de agujeros y muebles cubiertos bajo sábanas que parecían mortajas. Sus ojos eran dos carbones encendidos que la buscaban, como si anhelaran verla incluso en sueños. Ella se detuvo. El aire tenía olor a algo quemado. Semanas atrás, solo habían sido estudiantes con horarios cruzados y cafés fríos. Luego, amantes. Luego… algo más. Una tensión subterránea que los libros no sabían explicar, y que ahora colgaba sobre el silencio de la casa como niebla espesa. —Sabes quién soy… —dijo él, con una voz que no era la suya. Era profunda, resonante, como si hablara desde detrás de las paredes. Se levantó con una lentitud ceremonial. Las tablas del suelo crujieron bajo sus pies como si lo reconocieran. Y cuando la tocó, el mundo se volvió más frío. Su boca quemaba como si portara una fiebre antigua. Y aun así, su tacto dejó un escalofrío de piedra. Cada roce era un rayo caliente en una tormenta sin lluvia. Ella lo deseaba. Y también quería huir. Pero el deseo era un pozo: cuanto más luchaba, más descendía. Él murmuró palabras que no hacían… o hacían demasiado. Palabras de despedida. De espejos rotos. De almas que se conocen y se arrastran entre sí. De pactos forjados con gemidos. Ella no respondió. Solo jadearon. Y cuando su carne se desgarró con el clímax, sintió que toda la casa temblaba con ella. Un estallido sin escombros. Ninguno. Solo vacío. No le importó si los vecinos escuchaban. Y escucharon. Las luces del porche —que nunca encendían— chispearon en la oscuridad. Formas se congelaron tras cortinas ajenas. Como si, desde otra casa a una distancia segura, alguien hubiera sentido el peso de lo innombrable. Y decidiera no intervenir. Porque los cuerpos hablan incluso cuando están mudos. Y esa noche, el de ella habló en gemidos, estremecimientos, temblores que viajaron por las paredes y los jardines como oraciones reticentes. Más tarde, sola en la habitación de altos techos al lado del recibidor, estudiaba las grietas del techo como si pudieran darle una respuesta. Su piel aún temblaba. Pero el estremecimiento era hueco, como el eco de un trueno distante. Algo no encajaba en lo profundo de su pecho. ¿Qué había entregado esa noche que él no pudo devolverle?No fue solo el cuerpo. Fue una certeza. Un límite. Una parte de sí que no supo cuidar. Se aferró a ello como a un juramento. Y en un murmullo tan bajo que apenas rozó el aire, se dijo: —No todas las heridas sangran. Algunas jadean. Y se prometió: No voy a pertenecerle, aunque me tendrá. No por completo. Porque incluso en la noche más larga, incluso con las cadenas más dulces, hay cuerpos que arden…y almas en fuga.