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Hoy volvió a sentarse a mi lado.No llamó. No dijo su nombre. Solo vino, como viene el viento, como se sienta el dolor sin aviso. El banco crujió leve bajo su cuerpo cansado. Compartimos la sombra, el canto bajo del agua en la fuente, y el paso lento de una abeja sin fuerza. Dijo: —Mi hermano corría en esta plaza. Yo detuve mi mano. La pluma se quedó quieta, como si también escuchara. —Traía una capa roja. Decía que volaba. Y sonrió, pero era una sonrisa que temblaba, como las hojas cuando no hay viento pero sí tristeza. No dije nada. Porque hay silencios que saben más del alma que todas las palabras. —Un día —dijo— subió a ese muro. Saltó. Se rompió la muñeca. Tenía cinco años. Fue la primera vez que vi a alguien caer sin dejar de creer en el vuelo. Miramos el muro. Era bajo, sí, pero en sus ojos seguía siendo alto como el cielo donde los niños aún vuelan. —Murió hace tres años. Lo dijo como quien suelta una flor seca al río: con tristeza, con amor, sin ruido. Yo quise decir algo, pero mis palabras salieron blandas, como pan recién amasado. —No sabría qué hacer con un hermano muerto —susurré, como quien habla a una herida que no es suya, pero sí la entiende. Él no contestó. Solo bajó los hombros, como si alguien le hubiese tocado la espalda con una flor tibia. Nos quedamos ahí, no por consuelo, sino por compañía. Antes de irse, dijo: —Gracias por no preguntarme si estoy bien. Y entendí que eso también es amor: no pedir luz donde aún hay sombra. Hoy no escribí para entender. Escribo para no olvidar que hay almas que hablan desde lo roto, y no buscan cura, sino presencia.