.
Hay un rincón en mí donde el alma se descalza. el ruido calla como un niño dormido, y el tiempo —ese viejo pastor sin rebaño— se sienta a mirar el horizonte sin preguntas. Allí, en esa penumbra tibia, casi puedo creer que no estás. Pero tu sombra —amada, callada, sin orgullo en la voz— respira conmigo. Tu ausencia no es hueco, es tejido. No duele, pero pesa. No exige, pero me nombra. No es un roce de carne, ni una mirada buscada. Es una canción que sólo los huesos entienden. Es el aire que se posa en la nuca. Es un pan compartido en la memoria. Cuando me silencio, cuando dejo de fingirme fuerte, te escucho dentro, como si tu voz viniera desde atrás de mi infancia, con la ternura de los que saben que somos ramas quebradas queriendo ser raíz. No sé si esto tiene nombre. Quizás sea cobardía. O milagro. No sé si fuimos, si seremos, pero en este instante sin testigos, siento tu latido como el mío, una llama que no quema pero guía. Y en esta intimidad sin valor —porque nadie la mira, porque no se vende ni se presume— me permito ser. Sin coraza. Sin aplausos. Sólo yo, y este amor sin precio, que aunque callado, aún canta.