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No cerré la ventana anoche. No por calor, tenía frío, sino porque algo en mí anhelaba que el aire llegara a mis pulmones de la misma manera que la brisa llega a los álamos: no invitada, pero no mal recibida, y recordada. Como si, al dejarla entrar, también pudiera deshacer un nudo, uno viejo que se suelta con el tiempo, no cortándolo. Como si ventilar fuera también amasar lo que se quedó crudo. Vi a una mujer en la acera al otro lado de la calle desde mi balcón. Fumaba como fuma uno cuando ya no espera una cosecha: sin prisa, sin deseo, sin palabras. Solo humo y noche. Me sentí similar. Relacionada, no igual, parecida. Como si fuera hecha del mismo domingo sin misa, sin visita, sin plan. Una masa que ha dejado de mirar el reloj.Han pasado días desde que he visto si has escrito. Y no por orgullo, sino por la dignidad que se aprende, como trabajar la tierra: con la fuerza de la espalda, el sol y el silencio. O tal vez es esta nueva relación que tengo conmigo misma, en la que valoro mi presencia con el mismo cuidado que utilizabas para regar tu distancia. Descubrí que esperar también brota, si te agazapas sobre tus talones en ello, como alguien que espera que el agua vuelva a fluir por el canal seco. Sin ansiedad. Con vieja paciencia. Corazón calmo y café del mediodía, como algunos se sentarían en el porche a mirar la miga del día deshacerse entre los dedos. Camino sin auriculares. Permití que la ciudad dominara mi oído: tráfico, pasos apresurados, persianas subiendo como gallos de metal. Todo eso se convierte en un recordatorio de que el mundo sigue labrando su día, y que — milagrosamente — yo también. Presencia sagrada que me tiene descalza en el patio de lo ordinario, cara a cara con la maleza que no espera a que le pida su permiso. Hoy no tengo nada que saber. Me basta saber que mi cuerpo ya no te invoca cuando me miro en el espejo. Que has dejado de ser la lista de mis urgencias, ni la línea artificial de una historia que ya no quiero escribir. Que puedo, contra mí misma, tocarme, como quien toca un instrumento solo, no para cantar en un concierto, sino para probar si aún canta. Como quien prueba la masa con los dedos: aún tibia, aún viva. El balcón lo sabe. El aire también. Y ese girasol torcido en la esquina — que sigue girando buscando un sol que rara vez lo toca. Como quien busca luz aunque la tenga que imaginar. Como las mujeres del pasado, que no necesitaban receta para el pan.