Paredes Que Saben Mi Nombre

 

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El viento aún se aferraba a las cortinas, como un fantasma que no recordaba por qué seguía allí. La noche, aunque seguía oliendo a encierro, traía un aroma distinto. Menos amargo. Como el que sale de una caja olvidada, donde el polvo viene acompañado de promesas, de memorias que ya no duelen tanto. Ella vivía sola. O eso pensaba. Aunque, en lo más profundo, sabía que la casa también respiraba. No era solo un lugar: era un cuerpo que se había amoldado al suyo. Las vigas eran costillas. El techo, un pensamiento sostenido por años. Y las grietas... eran sus cicatrices, marcas de un dolor que no quería recordar, pero que la casa, al igual que ella, había aprendido a habitar. Eran heridas abiertas, testigos de lo que nunca se animó a desvelar, recuerdos que respiraban, pero no hablaban. Durante años, ningún río la llenó. Ningún mar la tocó. Solo el goteo persistente del fregadero, cayendo como un reloj sin manecillas. Cada día observaba cómo la luz se desenrollaba en la despensa, cómo las paredes sorbían al sol con una sed ancestral. Como si la casa necesitara devorar la claridad para no derrumbarse, igual que ella. Pero algo comenzó a cambiar. Primero fue una taza rota que decidió no desechar. Con delicadeza, la unió con hilos de oro, como un acto sagrado, un homenaje a la fragilidad que sobrevivió al quebranto. No la reparó solo con paciencia, sino con una reverencia, como quien aprende a amar lo que ha sido destrozado. Luego abrió una ventana, no por aire, sino para ver si el mundo aún sabía su nombre. La luz vaciló en el umbral como un animal herido. No fue grandiosa. No fue un amanecer de película. Fue apenas una hebra dorada deslizándose por el suelo de madera, entre las migas del desayuno. Pero fue suficiente. La casa, al sentirlo, pareció exhalar, como si hubiera permanecido prisionera de su propio aliento durante años, esperando el momento exacto para respirar de nuevo. Comenzó a barrer con más frecuencia. No para borrar, sino para invocar los pasos del presente. Colgó una sábana nueva, como quien cambia de piel. Reemplazó una bombilla, como quien enciende una idea. Giró el asiento de una silla, dándole otra vista al tiempo. Gestos pequeños, sagrados. Actos de quien comienza a habitarse de nuevo. El amor volvió. No con cuerpo ni promesas, sino como una brasa suave que ardía en el centro del pecho. Una voz interna que ya no juzgaba, sino que tarareaba. A veces lloraba, sí. Pero ya no por lo perdido, sino por lo que crecía dentro: una ternura sin razón, un florecer sin testigos. La casa, que había sido ciega, empezó a verla por dentro. El pasillo dejó de ser un túnel y se volvió columna vertebral. Cada puerta abierta respiraba como un pulmón nuevo. En la cocina, donde antes solo vivía el eco, ahora la tetera cantaba como un pájaro enjaulado que aprendía a confiar. El agua al caer en la taza no era ruido: era voz. Y al otro lado de las paredes, el mundo ya no era amenaza. Era posibilidad. No intentaba llenar el vacío. Empezó a nombrarlo. A reconocerlo como espacio fértil, como una habitación vacía esperando una historia. Las grietas de la casa ya no eran defectos: eran ríos por donde la luz podía entrar. Pintó sobre ellas. No para cubrirlas, sino para dialogar con lo que dolía y aún seguía de pie. Y entonces ocurrió algo simple. Una mañana se quedó mirando la luz del sol sobre el mantel. Era tan hermosa, tan pequeña, tan suficiente, que pensó: “Estoy contenta.” No necesitaba otro mundo. Solo tenía que habitar el suyo sin mentiras. Y la casa, al fin, dejó de devorar al sol. Porque ella, por primera vez en mucho tiempo, lo estaba dejando entrar.

UNETE



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