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Ella era un fragmento de algo que jamás debí haber conocido. No era claridad de luz, sino de fuego encerrado en mármol. Una llama inmóvil, hermosa en su devastación, que no calienta — solo duele, como el eco perdido de un dios que ha olvidado su nombre. La toqué con manos de náufrago, con la torpeza de quien confunde un altar con una herida abierta. Sus formas eran como espejos deformados por el tiempo; y en el instante de tocarla, supe lo que era besar el borde del abismo, sentir en la boca el vértigo de lo que no tiene fondo. Nunca antes, ninguna criatura nacida del deseo, había visto tan de cerca la arquitectura desnuda de lo real. Allí estaba: la verdad sin vestiduras, el hueso expuesto del mundo. Desde entonces, he olvidado los calendarios de la sombra. Ella camina por mi alma como una niebla que aprendió a escribir mi nombre en los nervios. Ya no hay refugio, solo una noche sin bordes que devora todo, incluso los lugares que antes eran espejos. Ya no veo el mundo, solo su reflejo: belleza con rostro de ruina, ruina con forma de oración. Ella era todo lo que tenía para amar, porque en su vacío, por fin, algo tomaba forma. Oscuridad. Eso era. Oscuridad que habla con la voz antigua de un códice rescatado de un incendio, con palabras que sangran de la boca de los exiliados del cielo. En su garganta, el tiempo no fluía: giraba eternamente como una hoja que nunca cae. En ella todo era oración y venganza, como si el universo se hubiera convertido en un altar inamovible donde el alma se ofrece sin palabras, como quien presta su sombra al silencio. Yo era sed. El hambre de saber que no hay salvación. Y sin embargo, en sus brazos encontré el mismo diseño del fin: una caricia sin nombre, una paz que no sana, el vestigio de alguien que ha sido borrado de la tierra. Ella no era mía. Nunca lo fue. Pero al tocarla, dejé de ser.